Archivo de Público
Martes, 13 de Noviembre de 2007

Graffiti de altura

Como toros anunciando coñac, en plena carretera. Así de flamencos se muestran los graffitis que desde la semana pasada decoran tres de los más altos y horrorosos depósitos de agua concebidos por una mente ingeniera, situados en una de las carreteras de acceso a Sevilla, la S-30.

MAGDA BANDERA ·13/11/2007 - 10:14h

Los graffitis de la Torre Algaba son obra de Mugre, Belín y Uno (izquierda) y de Den, Cade y Fuck (derecha). FOTOS: LAURA LEÓN

Su propietaria, la empresa metropolitana de Aguas de Sevilla (EMASEMA), era consciente de tamaño agravio para los 50.000 conductores diarios que durante años han tenido como paisaje tres moles grises de hormigón de 20, 40 y 60 metros de altura. Para embellecerlas, decidió convocar el concurso de graffitis Wall Art. Así, de paso, fomentaba la creación artística y paliaba el déficit de muros libres que sufren los escritores callejeros.

Visto de otro modo, ¿quién, sino un graffitero, estaría dispuesto a encaramarse a una grúa a 40 metros de altura durante cuatro días seguidos apretando el botoncito de un bote de spray tras otro?

Quince pisos de altura

El esfuerzo ha sido monumental. Para pintar las tres torres se han usado 2.300 botes de spray, explica Juan José Laguna, uno de los organizadores. En total, 600 kilos de pintura. Asimismo, han participado 18 personas y se han necesitado seis plataformas. “Nunca se había pintado una estructura tan grande. Lo máximo suele ser una superficie de seis metros de altura y para ello sólo se necesita un andamio o una plataforma hidráulica. Pero en esta ocasión estamos hablando de alturas que equivalen a un bloque de quince pisos”, añade Laguna.

Semejante empresa hizo imprescindible todo un trabajo previo, que empezó con la distribución de la superficie de los depósitos. Una de las torres, la más baja –20 metros de altura–, se reservó para el jurado, compuesto por artistas tan reconocidos como Bonim (Vitoria), Ome (Girona), Logan (Sevilla), Sagüe (Barcelona), Maclaim (Alemania) y Reso (Francia). Su trabajo, sobre fondo morado, intenta crear un ambiente y sobrepasar el límite del muro. Por ello, sus pinturas se extienden por el suelo hasta la caseta contigua.

Las otras dos torres se dividieron en sendas mitades ficticias. Los cuatro grupos seleccionados se las repartieron y no sólo compartieron cilindro, sino también impresiones en un ambiente de camaradería que no suele darse en el mundo del graffiti.

En ello ha influido que “se cuidara a los creadores”, asegura Bonim. Hay quien cree que un graffitero lo aguanta todo, pero este artista lucha para desterrar esa idea. “Hemos mimado a los artistas”. Es decir, por una vez se les ha pagado buenos hoteles, comida caliente y esas cosas.

“Por suerte, los ayuntamientos están cada vez más sensibilizados con el tema. Pero también hay otros, como el de Madrid, que se dedican a prohibir”, denuncia Bonim. Y aprovecha la ocasión para criticar la “hipocresía” de Ana Botella, la concejal madrileña que “por un lado prohíbe el trabajo de los artistas, pero luego los apadrina cuando exponen en galerías”.