Sábado, 11 de Octubre de 2008

"Ante la crisis gritaría: ¡Viva el mal, viva el capital"

Lolo Rico. Guionista y realizadora de televisión. La creadora del mítico programa 'La bola de cristal' presenta sus memorias.

JESÚS ROCAMORA ·11/10/2008 - 08:00h

DANI POZO - Dolores Rico evocando su priopia imagen de infancia.

No le llames Dolores, llámale Lolo: después de sincerarse ante la prensa, Lolo Rico (Madrid, 1935) pide más agua caliente y algo de leche para tomarse el té. Está rodeada de hijos y nietos, que han venido a acompañarla en la presentación de ¿Cómo es posible que el tiempo pase tan deprisa y yo no me dé cuenta? (Plaza & Janés), un libro de memorias donde la creadora de La cometa blanca y La bola de cristal recuerda cómo pasó de ser una niña rica (e infeliz) a una adolescente pobre, y de una casada rica (e infeliz) a una divorciada pobre. Madre de siete hijos, concilió con éxito vida familiar y laboral, se lo pasó en grande en la Barcelona de la gauche divine, conoció a García Márquez y Ernesto Sábato, y marcó un antes y después en la tele pública. Y todo ello sin perder una imaginación que los adultos no suelen cultivar.

Fernando Savater dice que su infancia es la época más feliz de la vida. No parece su caso: considera que fue una niña infeliz, a la que incluso no dejaban casi ni leer...

Qué suerte la suya. Yo de niña me sentí un rara avis, no me entendía nadie y estaba muy sola. Eso me ha dejado una herencia, pequeñas huellas: la sensación de no estar donde debo estar o no saber estar donde debo. Yo era tímida e insegura, y sigo siéndolo. Me muevo con seguridad en el trabajo, pero en mi relación con otros siento que me comporto como no debo. De hecho, creo que no he terminado de aceptarme del todo [risas].

Pero siempre ha tenido mucha imaginación. Hasta que conoció el marxismo. Entonces, dice, "cambié la fantasía por la plusvalía". Eso recuerda al grito de la Bruja Avería: "¡Viva el mal, viva el capital!". ¿Qué cree que diría ella ante la crisis?

Imagínate: "¡Rayos, truenos, la que está cayendo!". Creo que esa frase no tiene réplica ni contestación, y que hoy se puede gritar con más fuerza que antes. Yo no cambiaría nada: sencillamente la gritaría más fuerte y pediría, como un grupo de música ante el público: ¡gritad todos conmigo!

¿Es la madurez tal y como la imaginaba?

Sí, sí. La infancia prolongada a perpetuidad es una perversión. El ser humano está hecho para crecer y para administrarse a sí mismo. Yo he crecido, no permanezco en la infancia, pero no vivo la madurez con tranquilidad: soy muy vital, me gusta tener ideas y proyectos y ponerlos en marcha. No hago calceta todo el día, vamos... pero leo mucho.

¿Ve la tele? ¿Qué le gusta y que no soporta?

Veo poca televisión. En realidad, nunca me ha gustado la televisión como tal. Me gustan las películas, alguna serie, y sobre todo los informativos. Creo tres cosas respecto de la tele. Primero: hacer televisión no es difícil. Segundo: hacer buena televisión no es imposible. Tercero: no hace falta mucho dinero, ni medios, ni efectos, sólo talento e ingenio. Y creo que la cultura no tiene porque ser aburrida ni lo divertido tiene que ser imbécil.

Algunas anécdotas de su libro son sorprendentes. ¡Confundió a García Márquez con el hombre que venía a arreglarle la estufa!

Sí, cuando yo era editora de Bruguera. Fue muy divertido. Él iba vestido como con un mono, la calefacción estaba rota, yo le dije que pasara y se colocara junto a la ventana, donde estaba el radiador. Y él se quedó allí mirando por la ventana. Así que le dije: "Pero, ¿no va a arreglar esto? Tengo frío". Creo que en ese momento él sintió ser García Márquez y no saber arreglar radiadores Me miró con culpabilidad y se presentó. Entonces su imagen no era conocida, aunque Cien años de soledad estaba en pleno boom. Charlamos y luego tuve ocasión de cenar otras veces con él.

Otra muy buena: también cuando era editora, rechazó el primer manuscrito de Javier Marías...

Sí, no me gustó nada. Pobrecito. Y luego nos hicimos muy amigos en la Barcelona de la gauche divine. Me consoló saber que el propio Carlos Barral había rechazado en su momento editar Cien años de soledad de García Márquez

La última: llegó a seguir a Alaska por la calle la primera vez que la vio.

Sí, sí, en la esquina de la calle Alcalá. Pero como soy despistada, se me escapó. Cuando llegué a casa y lo conté, mi hija mayor me dijo quién era y nombró La Movida. ¿La Movida? ¿Dónde estaba eso? En el Rockola. Y empecé a ir allí, donde también conocí a Pablo Carbonell y Pedro Reyes. Luego, conocí Santiago Auserón y los demás músicos.

Es decir: entró en la Movida por su propio pie.

Nunca fui parte, pero yo di salida a la Movida en La Bola de Cristal. La Bola... tenía tres elementos: la imagen de la Movida, el elemento marxista (que estaba ahí porque todos éramos marxistas) y el sentido del humor. A la Movida le reprocho que habiendo podido tomar un camino político, participar en el cambio cultural y social y hacer una gran labor, no lo hiciera.

Trabaja en otro libro, titulado Contra el público. ¿Arremete usted contra el intocable?

No será juicio benévolo porque creo que así hago un favor al público. Estamos viviendo tiempos difíciles, donde todo se está definiendo. El capitalismo está desmoronándose, no sirve, no tiene doctrina. Es un fraude. Y sólo el público tiene la voz y la palabra. El mundo es nuestro. Yo creo en la revolución todavía (aunque no cruenta). Lo que tenemos no vale nada y va a caer felizmente.