Sábado, 17 de Noviembre de 2007

El Pinochet africano

Por primera vez, un grupo de víctimas logra llevar a juicio a un ex dictador africano.

ISABEL COELLO, enviada especial ·17/11/2007 - 00:01h

I.C. - Abakar Ousman.

Clément Abaifuta reza todos los días para que el ex dictador chadiano Hissène Habré viva. "Me digo que sería una gran injusticia si Dios permite que Habré muera antes de ser juzgado". Clément Abaifuta recuerda perfectamente la fecha de su detención y la de su liberación: "El 12 de julio de 1985, me arrestaron. Mi crimen era haber obtenido una beca para estudiar en el extranjero. Salí libre el 3 de marzo de 1989". Y recuerda cada detalle de su cautiverio. "Vivíamos 50 personas en 16 metros cuadrados y a 50 grados de temperatura, y hacíamos nuestras necesidades allí dentro. Yo estaba encargado de enterrar a mis compañeros presos muertos bajo custodia. Enterré a miles en fosas comunes, entre siete y diez cada día". Hoy, Clément Abaifuta lidera la Asociación de Víctimas de la Represión Política en Chad, una organización que agrupa a 2.000 víctimas de la dictadura de Hissène Habré y que ha logrado algo insólito en África: conseguir que se prepare un juicio contra el ex presidente chadiano.

 Habré gobernó Chad por la fuerza entre 1982 y 1990, cuando fue derrocado por el actual presidente Iddris Déby. El dictador huyó a Senegal, donde vive exiliado desde entonces. Una Comisión de la Verdad creada tras su marcha acusó a Habré de 40.000 asesinatos políticos y de practicar la tortura de forma sistemática. Probablemente, Habré contaba con disfrutar en Senegal de la misma existencia plácida que muchos tiranos africanos han vivido tras su huida al extranjero: al ugandés Idi Amin no le faltó de nada en su exilio en Arabia Saudí, donde murió en 2003 o el etíope Mengistu Haile Mariam todavía vive tranquilamente en Zimbabue.

El caso es que, sin saberlo, el juez Garzón, pidiendo la extradición del chileno Augusto Pinochet desde el Reino Unido en 1998, estropeó los planes del dictador chadiano."Cuando el juez Garzón solicitó la extradición de Pinochet, las organizaciones de derechos humanos lo calificamos como una llamada de atención para muchos tiranos del mundo, que podían ver lo que un día podía llegar a pasarles. En realidad, el caso Pinochet supuso más bien todo un despertar para las asociaciones de víctimas, que se dieron cuenta de que podían usar la ley internacional para procesar a gente que parecía fuera del alcance de la Justicia", explica Reed Brody, de la organización Human Rights Watch (HRW)."Nuestra demanda se inspiró en el caso Pinochet", admite con orgullo Jacqueline Moudeina, la abogada de las víctimas chadianas. Con apoyo de HRW y la Federación Internacional de Derechos Humanos, 17 víctimas presentaron una demanda en enero de 2000 en un juzgado de Senegal. Se basaban en la Convención contra la Tortura, ratificada por el país, que obliga a los signatarios a perseguir a cualquier torturador en su territorio.


Así comenzó el largo via crucis para llevar a juicio a uno de los tiranos menos conocidos de África, pero cuyo régimen mató al menos a 1.208 personas en las cárceles y abusó de otras 12.000, según mostraron en 2000 los recién descubiertos archivos de la Dirección de Documentación y Seguridad, la policía secreta creada por Habré.

Senegal se lava las manos

La Justicia senegalesa se quitó de en medio y en marzo de 2001 el Tribunal de Apelaciones confirmó que las cortes de ese país no tenían competencia sobre los crímenes de que se acusaba a Habré porque no se había incorporado a la legislación doméstica la Convención contra la Tortura. Las víctimas no se rindieron. "Nos fuimos a Bélgica y utilizando la ley de jurisdicción universal, que entonces estaba vigente en el país, planteamos la demada allí". Eran ya 20 los demandantes y tres de ellos nacionales belgas de origen chadiano.
El juez belga Francois Fransen investigó el asunto durante cinco años, viajó a Chad, visitó fosas comunes y se entrevistó con víctimas de todo tipo. En 2005, acusó a Habré de crímenes de lesa humanidad y otros abusos a los derechos humanos, y pidió a Senegal que lo extraditara a Bélgica para juzgarlo.

Senegal lo arrestó, pero su Justicia falló de nuevo que no era "competente" para decidir sobre la petición de extradición, y esta vez le pasó la pelota a la Unión Africana (UA), pidiéndole a ésta que decidiera qué jurisdicción debía tratar el caso.

Tras nombrar un comité de expertos para analizar el asunto, la Asamblea General de la UA ordenó a Senegal que juzgue a Habré en su territorio, después de hacer las modificaciones oportunas a sus leyes nacionales.

"Esa decisión ya fue un hito: que una asamblea en la que se sientan notorios tiranos como el presidente de Zimbabue o el de Sudán ordenara que se juzgue a Habré, sabiendo muy bien que un día les puede llegar el turno a ellos", comenta Brody.

Desde entonces, Senegal anda preparándose para el juicio. Ha cambiado su ley, ha eliminado el jurado, ha introducido los delitos de lesa humanidad y la posibilidad de apelar, para garantizar que Habré tenga un juicio justo. Una misión de la Unión Europea debe viajar próximamente al país para estudiar lo que costará el juicio y qué ayuda financiera puede dar.

El ministro de Asuntos Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, ha mostrado en una carta "el pleno apoyo del Gobierno español al juicio a Habré", un proceso que considera "de gran importancia para el fortalecimiento del Estado de Derecho, la lucha contra la impunidad y la defensa de los derechos humanos en África".

Si Habré llega a sentarse en el banquillo, será la primera vez que los tribunales nacionales de un país en vías de desarrollo juzgan abusos masivos contra los derechos humanos. Y a diferencia del caso de otros dictadores africanos, como el ex presidente liberiano Charles Taylor, que está siendo juzgado por el Tribunal Internacional de Sierra Leona, habrán sido las propias víctimas las que lo hayan llevado a responder de sus actos. "A las víctimas, el régimen las consideró infrahumanas. Para que recuperen su dignidad, se tiene que hacer justicia", opina la abogada Jacqueline Moudeina. Ella sabe muy bien que hay muchas personas que no quieren ver a Habré juzgado: en 2001, sufrió un atentado que la hirió gravemente una pierna. "Mucha gente que estaba en puestos de responsabilidad con Habré, sigue hoy en día en el poder", señala Moudeina.

Pero desde que se hizo abogada, quiso liderar este caso y no piensa abandonar el barco. "La impunidad hace desaparecer el Estado. Juzgar a Habré sería mostrar que no se puede violar y matar como si nada", insiste.

Antes de que el juicio empiece, Senegal tendrá que hacer su propia investigación, por lo que el proceso podría fácilmente demorarse otro año.

"El problema es que el tiempo pasa y muchas víctimas se están muriendo. Si esperamos mucho más, me pregunto cuántas víctimas quedarán vivas cuando empiece el juicio", se lamenta Abaifuta.

Para muchos como él, las heridas de la tortura están lejos de haber cicatrizado. "Volví a ver a Habré en Senegal durante las sesiones de su extradición. Lloré como un niño", recuerda. "Sólo el día en que le vea en el estrado me curaré por completo".


EN PRIMERA PERSONA

«Me violaron cuando estaba inconsciente»

Ginette Ndjarbaye, 43 años

 Detenida cuando estaba embarazada de dos meses, fue torturada y dio a luz en prisión

En 1985 estaba prometida. Fue mi novio quien me convenció de que estudiara formación profesional y me vine a la capital a hacer secretariado.

El 16 de enero me detuvieron. Estaba en casa descansando cuando vinieron a buscarme. Estaba embarazada de dos meses. Yo no tenía ningún vínculo con la política. Me dijeron que me llevaban a la Dirección de Documentación y Seguridad para hacerme un par de preguntas, que no era "nada grave". Cuando llegué entré en una habitación en la que había un señor. Tenía la camisa llena de manchas de sangre. Le pregunté qué se me reprochaba. Me dijo que me acusaba de haberme reunido con miembros de la oposición en Camerún. Yo sólo había ido una vez en mi vida a Camerún, y había sido al mercado.

Me llevaron a una habitación llena de instrumentos de tortura. Durante ocho noches me torturaron. Sobre todo con descargas eléctricas. Todavía tengo las marcas, como ésta sobre mi pecho. También me violaron. Creo que tres veces pero no estoy segura porque perdía el conocimiento, pero cuando despertaba había esperma en mi ropa interior.

Luego me trasladaron a la prisión. Allí nació mi hija Annie, en septiembre del 86. Di a luz en el suelo, ayudada por una mujer. Me liberaron el 10 de febrero de 1987. Cuando se enteró de mi liberación, mi prometido vino a verme. Me contó que me había buscado por todos sitios y pensó que había muerto. Se había casado con otra mujer. Yo me casé con otro hombre, con el que tuve otros dos hijos.

Hasta hoy, nadie, nunca, me ha dicho por qué me detuvieron. Han pasado 20 años pero no olvido. Es inolvidable. No es normal arrestar a la gente a discreción, en este país no hay justicia. Nuestra lucha es conseguir que Habré responda de sus actos. Lo que hizo es inhumano. Todavía me cruzo con el que vino a detenerme por el barrio, él mira a otro lado. El torturador no, ese murió hace años. Queremos justicia. Sin justicia no hay perdón. No puedo perdonar hasta que me expliquen por qué me detuvieron. Mi esperanza es verle juzgado.

 

«Siempre creí que debía resistir»

Younous Mahadjir, 55 años

Acusado de pertenecer a un grupo rebelde, pasó cuatro meses en prisión, donde perdió 30 kilos

Me arrestaron el 17 de agosto de 1990. Tenía 30 años, estaba casado y tenía tres hijos. Era técnico de radiología. Dos policías vinieron a buscarme al hospital.

 Yo era sindicalista, originario del centro del país, donde había una rebelión contra el poder. Me acusaron de connivencia con la rebelión y de preparar un complot. Fui a prisión. Allí me torturaron. De noche me ataban para preguntarme quiénes eran mis cómplices. Me ponían una rueda de coche sobre el estómago y me hacían beber agua hasta que perdía la consciencia, mientras me hacía pis por toda la habitación. Cuando despertabas, volvían a empezar. Así hasta que confesaras ser miembro de la rebelión. Yo nunca lo hice porque no lo era. Me torturaron así dos veces.

La vida en la celda era muy dura, había mucha gente y hacía mucho calor. No tuve ningún contacto con mi familia. Y estábamos muertos de hambre. Mis sueños en la cárcel eran imágenes en las que me veía a mí mismo comiendo. Al salir, el 1 de diciembre de 1990, cuando Habré huyó, pesaba 45 kilos, había perdido 30. Siempre creí que debía resistir. Estaba convencido de que el horror acabaría un día. El sufrimiento físico se va pero el daño moral... nunca lo perdono.

El proceso para juzgar a Habré está siendo muy largo y se pierde la esperanza. Creemos que el sistema actual chadiano no quiere que se le juzgue. Es duro ver a los responsables de entonces todavía en puestos de mando hoy. Los cómplices de Habré siguen en Chad. Son útiles para el sistema. Mientras, nadie se ocupa de las víctimas. El año pasado murió uno de los presos a quienes ordenaban hacer agujeros donde tiraban a la gente que mataban. Murió de una leve dolencia de hígado, que se cura, pero él no tenía medios. En este proceso, creo que con nuestra determinación ganaremos. Para la salud de Chad, para que como país sea más grande, hay que lograrlo. Yo estoy convencido de que ocurrirá. Pero hay que hacerlo mientras Habré viva. Cuanto más tiempo pase, más posible será decir que está enfermo o mentalmente incapaz.

 

«Si juzgan a Habré, nos daría alivio»

Kongarde Hawa, 40 años

Perdió a su padre y hermano. Eran de la etnia Hadjarai, de las más perseguidas por el régimen

Los militares vinieron por la noche. En la puerta de casa aparcaron varios vehículos. Debió de ser en 1985, no lo recuerdo bien. Un hombre de civil entró en casa. Dijo que quería ver a Mamat, mi hermano pequeño. No nos dio ninguna explicación de por qué lo buscaban. Mi hermano era estudiante, tenía veintipocos años. Ese día había ido al hospital a ver a unos enfermos, y fue a su regreso del hospital cuando vinieron a por él. Se lo llevaron. Jamás le volví a ver.

 Por esa época, cuando vinieron a buscar a mi hermano, mi padre ya estaba arrestado. Era militar y murió en prisión. Lo sabemos porque cuando Hissène Habré fue derrocado y huyó del país, a todos los que estaban en la cárcel y no volvían a casa se les daba por muertos, y mi padre no volvió. Había sido detenido durante las masacres de la etnia Hadjarai, había detenciones colectivas. Durante la época de Habré hubo muchos muertos de esa etnia, y muchos miembros de la asociación de víctimas de la represión son Hadjarai.

No tengo la más mínima esperanza de encontrar los cuerpos de mi padre y de mi hermano. Más tarde, la Dirección de Documentación y Seguridad (DDS, policía secreta de la dictadura) publicó unas listas de personas que habían muerto, y mi hermano estaba en ellas, pero nunca nos dijeron dónde estaba su cadáver. Para nosotros es difícil no haberles podido encontrar y darles sepultura. Todos los días pensamos en ellos. Cuando como, cuando camino, pienso en ellos.

Si juzgan a Habré, nos proporcionará un cierto alivio. Quiero que sufra como él ha hecho sufrir a nuestros seres queridos. Querría mirarle a los ojos y torturarle. Querría que le crucificaran del mismo modo que crucificaron a Jesucristo. Estoy muy contenta con el proceso que se está preparándose en Senegal. Es lo que quiero. Que le juzguen.

Chad hoy es distinto. Mis hijos se mueven por la ciudad y nadie les molesta. Creo que hoy en día no podría repetirse algo parecido a lo que pasó en la época de Habré.

«Comíamos las hojas de los árboles»

Abakar Ousman, 37 años

Reclutado a la fuerza por un grupo armado opuesto a Habré, fue prisionero de guerra

 Yo fui arrestado en 1983 como prisionero de guerra, ya que era combatiente del FAP, uno de los grupos armados que desde 1979 luchaba contra Habré en el norte del país. Nos habían reclutado por la fuerza. Yo no quería luchar porque soy creyente y sé que matar no está bien, pero nos obligaron. Éramos más de 1.000 prisioneros de guerra, y más de 150 fueron ejecutados. Venían un día y se llevaban a dos o tres que no volvíamos a ver.

Las condiciones de reclusión eran muy duras. Eramos golpeados, interrogados y torturados, pero lo peor era el hambre. Cincuenta y dos presos murieron de hambre delante de todos. Nos comíamos las hojas de los árboles. El Comité Internacional de la Cruz Roja vino a inspeccionar la prisión. Después de esa visita la situación mejoró. Es gracias a ellos y a Dios que hoy estoy vivo.

Fui liberado por un acuerdo que Habré firmó con el FAP en 1989. Muchos se integraron en su ejército, yo volví a casa y sobrevivo con algo de comercio. Cuando salí estaba muy mal, había perdido visión y me habían aplicado tortura en los testículos. No sé ni cuánto duraban los interrogatorios, cuando sufres no cuentas el tiempo. Si estaban contentos con tus respuestas, te dejaban; si no, seguían.

Hoy vivo con normalidad, pero tengo amigos que sufren y que mentalmente están mal. Aun así, pienso todos los días en lo que ocurrió. Quiero que llegue el juicio. No me importa declarar como testigo. No tengo miedo. ¿Miedo de qué? Si Dios nos salvó de aquello, no hay nada que temer. Quiero estar delante de Habré y oír lo que dice. Quiero oír sus razones de por qué hizo lo que hizo. Eso nos aliviará. Me gustaría que lo condenaran a muerte como a Sadam Husein, pero si eso no ocurre, con que lo juzguen me conformo. Continuaremos con este proceso hasta el final. La justicia es la paz. Donde hay justicia hay paz. Desafortunadamente, en Chad hoy todavía hay impunidad, aunque sea de forma más escondida.


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