Martes, 7 de Octubre de 2008

Retorno a las islas Aran

Recorrido por el archipiélago irlandés ‘descubierto' por el cine hace 74 años

ÓSCAR LÓPEZ-FONSECA ·07/10/2008 - 20:56h

tourism of Ireland - Vista aérea de Inis Mór, la mayor de las islas Aran.

En 1934, el cineasta norteamericano Robert Flaherty ponía a las islas Aran en los mapas. Su documental Man of Aran, estrenado aquel año, retrataba en blanco y negro -y con cierta dosis de ficción- la dura superviviencia de los habitantes de este archipiélago irlandés hasta convertirlo en un lugar casi mítico. Hoy, 74 años después, ese aura se mantiene y, con ella, gran parte de la esencia de una tierra cuyos principales ingredientes son la dura roca, el inmisericorde viento y el enfurecido océano Atlántico.

De las tres islas que lo componen, Inis Mór -la mayor- es el destino de centenares de turistas que cada año toman el ferry desde las vecinas costas de Galway para ver ese purgatorio en la tierra que retrató Fla-herty. Sin embargo, muchos de ellos se desilusionan nada más poner el pie en el puerto de la principal población del archipiélago, Cill Rónáin.

Allí ya no quedan aquellos esforzados pescadores que, enfundados en sus gruesos jerseys de lana, se lanzaban a capturar tiburones a bordo de sus frágiles barcas, los curragh. En su lugar, los araneses de hoy prefieren ganarse la vida ofertando a los recién llegados bucólicos paseos en carretas tiradas por caballo y fugaces excursiones en furgoneta.

Un puzle de piedra

Sin embargo, basta sortear esta primera impresión para adentrarse en las auténticas Aran. Aparece entonces un paisaje sin bosques ni montañas, cuyo horizonte sólo es roto por diseminadas casas que se encajan como pueden en el puzle dibujado por centenares de humildes muros. Son estos, de hecho, una de las principales señas de identidad de este archipiélago únicamente habitado por 1.300 personas. Tras ellos, los araneses han cobijado minúsculos huertos en los que sembrar patatas.Un triunfo en una tierra que es, en realidad, pura piedra, y en la que conseguir una fina capa de fertilidad exige moler aquella y mezclarla con arena y algas.

Entre estos diminutos sembrados surgen las ruinas de monasterios, iglesias y cruces, recuerdos maltrechos de que aquí encontraron refugio hace siglos anacoretas y monjes. Y milenarias fortalezas celtas, cuyo ejemplo más espectacular, Dún Aonghasa, asoma sus petreos muros semicirculares a un acantilado de vértigo.

Tras los pasos de Synge

A las otras dos islas del archipiélago, Inis Meáin e Inis Oírr, los ferries llevan poco más de media docena de turistas cada día. Y su tranquilidad lo agradece. La primera también tiene fortalezas celtas de las que presumir, y caminos dibujados en la niebla por muros de piedra en los que perderse.

Precisamente en busca de esta tranquilidad llegó hasta aquí a finales del siglo XIX el escritor irlandés John M. Synge. Hoy se conserva la casa que ocupó y, en la costa norte, un sencillo cartel marca dónde se sentaba durante horas a mirar el Atlántico e inspirarse. Fue precisamente su única obra narrativa, Las Islas Aran, la que empujó a Flaherty a rodar la película que convirtió en mítico este archipiélago.