Martes, 7 de Octubre de 2008

El último baño de Marat

En 1793, la girondina Charlotte Corday apuñaló al político revolucionario en el pecho mientras elaboraba una de sus 'listas negras' .

SERGIO G. MARTÍN ·07/10/2008 - 20:53h

El pintor Paul-Jacques Baudry retrató el momento en el que Corday asesinó a Marat.

Los baños con agua tibia le calman los inmensos dolores. Pese a ellos, su disciplina revolucionaria le impide interrumpir el trabajo, por lo que ha mandado construir un escritorio en la bañera. Arrastra esta enfermedad cutánea desde 1790, cuando, ante la avalancha de amenazas, tiene que esconderse en las catacumbas de París. En los últimos años, Jean-Paul Marat no había hecho más que incrementar el número de enemigos que desean verlo muerto. El 13 de julio de 1793, una joven menuda y rodeada de un aura de inocencia se acercó lo suficiente a él como para acabar con su vida. Su nombre, Charlotte Corday. Pero mientras el dolor de Marat se diluía, el mito del popular activista político comenzó a gestarse.

Nacido el 24 de mayo de 1743 en el cantón suizo de Neuchâtel, Marat pasó diez años ejerciendo de médico y veterinario en Newcastle. Impresionado por la Inglaterra mercantil y parlamentaria del siglo XVIII, surgió en él la conciencia política y contestataria que lo convirtió en un símbolo de la Revolución.

Una voz combativa

A su regreso a Francia y tras pasar años al servicio del conde Artois, Marat se erigió como la voz combativa del Tercer Estado. Usó como arma arrojadiza sus artículos publicados en El Amigo del Pueblo y cuestionó todas las instancias del poder. Las masas lo veneraban y le pusieron el sobrenombre de La Ira del Pueblo. En 1790, Marat se vio obligado a refugiarse en Londres por su agresiva campaña contra el marqués de La Fayette. Sin embargo, el triunfo de los radicales lo devolvió a París dos años después para colaborar con los Cordeliers, núcleo de los jacobinos.

Pese a la desconfianza que generaban sus ataques, Marat ingresó en el Comité de Vigilancia. Allí fue el encargado de acabar con los contrarrevolucionarios. Con la disciplina forjada durante sus años de agitador en la sombra, elaboró decenas de listas negras. Los ciudadanos que aparecían eran asesinados inmediatamente, guillotinados.

La venganza de una joven

En los primeros meses de 1793, el político comenzó a ganarse los enemigos que acabaron con su vida. Ante la condena a muerte de la pareja real (era ferviente partidario de la abolición de la monarquía), Marat se enfrentó violentamente a los girondinos moderados, de los que aseguró que eran "enemigos encubiertos del republicanismo".

La caída de los girondinos, el 31 de mayo, fue uno de sus últimos logros. Sin embargo, la venganza le esperaba de la mano de una joven que había abrazado los ideales moderados. Educada en Caen por su tía, Charlotte Corday se había sumado a los girondinos y los apoyó en sus luchas intestinas con Marat. Cuando perdieron la batalla en la Convención y se inició la persecución, varios se escondieron en la región de Calvados.ç

La joven Charlotte asistía a sus reuniones clandestinas, donde pudo conocer a los principales dirigentes girondinos. Eran los mártires de la verdad y la revolución traicionada. Eran las víctimas de Marat. No pasó mucho tiempo hasta que Corday asumió que debía acabar con uno de los principales protagonistas de la Revolución. Para ella, Marat era un "monstruo vil que debía morir". Los nervios no la hicieron temblar. Sus convicciones eran fuertes y estaba completamente segura de algo: la Historia la entendería.

El 13 de julio de 1793, Corday se presentó, refugiándose bajo su aparente inocencia, en casa del agitador como una leal jacobina que venía a denunciar a los girondinos huidos. Fácil: a un perro sediento de sangre sólo hace falta ofrecerle carne fresca para que se confíe. Cuando estuvo a su lado, Marat apuntó, apoyado en su peculiar escritorio, los nombres uno detrás de otro. "Serán todos guillotinados", afirmó. Pero apenas dichas estas palabras, Charlotte sacó un cuchillo oculto bajo su vestido y se lo clavó en el pecho. Marat gritó: "A moi, ma chère amie!" (¡A mí, mi querida amiga!), y murió.

La asesina de La Ira del Pueblo fue guillotinada pocos días después, el 17 de julio, y la vorágine de sangre iniciada no cesó. Cientos de adversarios de los jacobinos fueron ejecutados por traición. La sombra de Jean-Paul Marat, convertido en mártir, cubrió la Francia revolucionaria.