Martes, 7 de Octubre de 2008

La pequeña Rusia en tierra de Israel

El ruso es la lengua que más se oye en la ciudad de Ashkelón, feudo de los emigrantes judíos de la extinta URSS.

EUGENIO GARCÍA GASCÓN ·07/10/2008 - 17:50h

Una mujer rusa vota en Ashkelón el pasado 2 de diciembre.

Ashkelón es la ciudad israelí donde se consume más carne de cerdo, un manjar que el Levítico prohíbe rigurosamente a los judíos. Muchos israelíes consideran que esta villa es un inmenso gueto ruso dentro del país ya que casi la mitad de sus 120.000 habitantes provienen de las repúblicas de la antigua Unión Soviética.

Simplemente paseando por las calles uno se da cuenta de que el ruso es la lengua que más se oye y por doquier dominan los carteles en caracteres cirílicos, a veces con traducción al hebreo y otras no.

Evgenia Komissarchik emigró a Israel desde Lituania en 1991, en plena perestroika. Tenía dieciséis años. Su familia se estableció cerca de Ashkelón y estudió en el instituto hasta que la llamaron a filas. Luego cursó magisterio en la Universidad y ejerce como maestra en Kiryat Ono.

"En mi caso, la integración en Israel no ha sido un problema. Tal vez todo habría sido diferente si hubiera llegado más tarde, pero en el instituto, en la mili y en la universidad aprendí bien hebreo", comenta con un fuerte acento ruso.

"En la mili me destinaron a un departamento de Psicología. Estuve en varias ciudades palestinas de Cisjordania y en Gaza durante la primera intifada. Tenía que estudiar la salud mental de los soldados y ayudar a los que tenían problemas".

Evgenia ha venido hoy a Ashkelón con su esposo, Nahum, y su hija Aliza, de nueve años, y con ellos deambula por el amplio vestíbulo del coqueto centro de congresos, donde durante dos días se celebran decenas de actividades sobre el judaísmo. Casi todas las ponencias son en ruso.

Organiza el congreso Limmud (que significa estudio en hebreo), una organización que se fundó en el Reino Unido en 1981 y ahora cuenta con secciones en Israel y en varios países donde hay importantes comunidades judías. Su misión consiste en atraer a los judíos al judaísmo pero sin hacer hincapié en la religión.

Extranjeros en su país

"Nosotros nos sentimos bien en Israel y nunca hemos pensado en marcharnos", continúa Evgenia.

"Mi familia vino sin ser sionista, pero en 1991 en Lituania y en Rusia no nos sentíamos de allí, éramos judíos y todo el mundo consideraba que los judíos tenían que emigrar a Israel. Era una idea que flotaba en el ambiente. Por eso emigramos".

Diecisiete años después, Evgenia dice que sus amigos son rusos e israelíes a partes iguales. En su casa no se come cerdo aunque tampoco se extrañan de verla cuando visitan a ciertos amigos rusos.

"Mi hermano pequeño se ha integrado mejor que yo y la mayoría de sus amigos son israelíes". Alex Kreindlin, director del congreso, estima que en Israel viven 1,2 millones de rusos y que cien mil más probaron la experiencia pero decidieron volver a Rusia o emigrar a otros países occidentales. Todos ellos llegaron a Israel a partir de 1989, cuando la URSS abrió sus fronteras.

Según ciertas estimaciones, algunos de cientos de miles no son propiamente judíos de acuerdo con la rigurosa ley judía, puesto que sus madres tampoco lo son. Esto les causa ciertos perjuicios, que son visibles en el DNI. En estos casos, al lado de "nacionalidad" o "religión" figura simplemente un guión que los delata.

La familia de Nahum, originaria de Ucrania, emigró en 1991, el mismo año que Evgenia, aunque ambos no se conocieron hasta más tarde.

"Para mis padres la integración fue un proceso muy complicado, como para todos los rusos de su generación. Mi padre era ingeniero en Rusia pero aquí no encontró trabajo y al final se empleó como portero y limpiador en un edificio", explica.

"Lo que más me gusta de Israel es que es un país pequeño", interviene Evgenia. "Un país donde todo está a mano y resulta más cómodo que los países grandes como la Unión Soviética o Rusia. Lo que menos me gusta es la mala educación de la gente".

El peculiar carácter israelí, bastante hosco, choca con la amabilidad de los rusos, así como con su sociabilidad. En los últimos tiempos se está observando la proliferación de colegios en los que todos los maestros son rusos y algunos estudios han verificado que los alumnos israelíes en general -no sólo los rusos- rinden mejor en esos colegios, aunque los maestros tengan que combatir con el hebreo para dar clase.

"Ciertamente hay muchos rusos que no se han integrado, especialmente los que llegaron con cierta edad, pero no creo que sea un problema de ellos. Más bien es responsabilidad del Estado, que no ha invertido lo suficiente en los inmigrantes. Puede decirse que la absorción sólo ha sido un éxito parcial", comenta Nahum.

En opinión de Kreindlin, los que regresan a Rusia son inmigrantes "que no se han adaptado a Israel y no están muy ligados al judaísmo, aunque otros se van simplemente porque creen que Rusia ofrece más oportunidades para los negocios. Hay muchos rusos que viven en auténticos guetos. Creo que a los jóvenes les resulta más fácil integrarse que a sus padres. Lo decisivo es que no vivan apartados de la sociedad que les rodea".

En Ashkelón es fácil encontrar el mejor caviar ruso y proliferan casi medio centenar de tiendas que venden carne de cerdo, algo que a sus propietarios les ha creado muchos disgustos con las autoridades y con los sectores religiosos de la población.

Alexander Bogin, de 52 años, procede también de la antigua Unión Soviética y ha tenido éxito. Emigró en 1990. En su Lituania natal había estudiado matemáticas y se especializó en computación. "Me costó más de un año hallar un empleo en mi especialidad y antes hice toda clase de trabajos", comenta.

"Cuando Lituania consiguió la independencia en 1990, la gente lo festejó por todo lo alto, pero yo no me sentía lituano, me sentía judío, así que decidí emigrar a Israel. Mi esposa me insistió mucho para que nos fuéramos de Lituania. Allí nos sentíamos extranjeros", explica Alexander, que tiene dos hijos.

"Desde pequeño sabía que era judío. Mis padres hablaban yidish en casa y no tenía ninguna duda de que me acabaría casando con una judía", continúa. "La aclimatación fue difícil pero al menos conseguimos nuestro objetivo. Hay muchos rusos que no pueden decir lo mismo".

"Lo mejor de haber venido a Israel es que aquí no me siento extranjero y lo peor es ver que muchos rusos han perdido el estatus que tenían en Rusia, y eso con frecuencia les ha creado problemas personales. Es una lástima que gente muy capaz esté infravalorada en Israel", concluye Alexander.