Domingo, 5 de Octubre de 2008

Pocos rumanos piensan en regresar pese a la crisis

La comunidad rumana, la más numerosa entre los inmigrantes, se siente muy a gusto en España.

CARLOS FUENTES ·05/10/2008 - 19:19h

Rely Popescu y Anca Chereches aprovecharon sus vacaciones para casarse en Targu Jiu, una ciudad en el centro rural de Rumanía.

Primero vino él, Relu Popescu. Hace 15 años llegó en autobús a España después de una salida, fugaz y fracasada, a Austria. Más tarde aterrizó ella, Anca Florentina Chereches, al terreno familiar abonado por su tío, obrero de la construcción en la empresa de su amigo rumano en Madrid. Relu y Anca se conocieron, se enamoraron y, al tiempo, decidieron casarse. Lo han hecho este verano en Targu Jiu, una ciudad mediana en el corazón rural de Rumanía. Allí volvieron tras dos días de viaje en coche. A 4.000 kilómetros de casa; o en casa, según se mire. La historia de amor de Relu y Anca, con final feliz y boda en agosto, es la mejor cara de otra relación que va viento en popa. El encaje de la diáspora rumana en la sociedad española. Con 686.733 personas con permiso de residencia, el colectivo emigrante rumano representa ya el grupo más numeroso entre los 4.169.086 personas extranjeras que residen en situación regular en España.

La mayoría de los emigrantes rumanos se ha integrado rápido, quizá favorecidos por una lengua propia de raíz latina que aproxima el dominio del castellano. "Desde que empecé a hablar el idioma español pude conseguir un trabajo mejor", admite Elena Cornila, dependienta de 26 años, los siete últimos residiendo en Madrid.

En Rumanía, con tasas de crecimiento del 8%, ahora hay más trabajo

Como ella, el grupo de emigrantes rumanos vive entre dos realidades. En casa hablan rumano e incluso ven la televisión de su país a través del satélite, y en la calle y el trabajo dominan con soltura el castellano. Conviven con españoles y hablan de lo que se habla en las calles y en los bares españoles. De la crisis, de lo duro que se ha puesto pagar el alquiler, la comida y llegar a final de mes. "Me preocupan más las noticias de aquí, que es donde vivo ahora y pago los impuestos", coinciden dos jóvenes rumanos. Prefieren no dar nombres. "Vivo y trabajo en España. No es que no me interese por cómo evoluciona Rumanía sino que los problemas españoles me tocan más de cerca. Si la crisis económica se pone difícil y falla el trabajo seremos también perjudicados". Con el final de la aventura española como amenaza, los trabajadores rumanos prefieren apretar los dientes y mirar hacia adelante. Al menos mientras en Rumanía se necesiten tres lei y medio para comprar un euro.

Miguel Fonda, español hijo de un matrimonio de exiliados rumanos, es el presidente de la Federación de Rumanos de España, que agrupa a 25 colectivos regionales y provinciales de emigrantes. Ayuda en la tramitación de regresos voluntarios, en un programa en el que también participan el Gobierno y representantes de empresarios y sindicatos. "En Rumanía, la construcción ha crecido un 30% en el último año y el Producto Interior Bruto volverá a subir en torno al 8%. Allí ahora hay más trabajo, así que algunos emigrantes se están planteando volver a Rumanía pese a que en su país natal la diferencia salarial es todavía bastante importante", explica Fonda. De la experiencia vivida en los últimos años, este representante de los colectivos de trabajadores rumanos destaca la "seriedad" en el trato y la "motivación" en el trabajo como factores clave para la buena integración de los emigrantes en España. "Los rumanos tienen buena imagen porque es gente responsable y aprenden muy rápido".

Adiós a las penurias

La mayoría de los emigrantes rumanos está pendiente de España, donde los vientos de crisis anuncian menos empleo, salarios más cortos y precios al alza, pero miran de reojo hacia Rumanía. A año y medio de la entrada efectiva en la Unión Europea (UE), el país parece que arranca. Esta vez sí. Con la fuerte inyección financiera de la UE, que aportará 19.670 millones de euros en fondos estructurales de cohesión hasta 2013, el país balcánico olvida a paso ligero las penurias sufridas con el dictador Nicolás Ceaucescu y contempla el auge de la construcción pública y de la iniciativa privada, y el rápido desarrollo de grandes infraestructuras.

Sin embargo, entre la colonia española de emigrantes rumanos no hay muchos que piensen en volver. Al menos por ahora. "Hay muchas familias que ya están arraigadas en España, con sus pisos y sus trabajos. La mayoría lleva seis o siete años aquí y no está pensando en volver", explica Jan Hirseu, propietario de la carnicería Transilvania en el mercado central de Coslada. En este municipio del este de Madrid reside la colonia más grande de emigrantes rumanos, que dispone de comercios adaptados a sus costumbres y productos de consumo. Del vino a la carne especiada para cocinar mici. "Yo no volveré", confiesa Hirseu, "tengo mi vida aquí, mis dos hijas estudian aquí". De 21 y 19 años, sus hijas entienden y hablan rumano, pero no saben escribir el idioma de Brancusi y Enescu. "Primero pasamos seis años trabajando en Francia y ya llevamos diez viviendo en Alcalá de Henares". ¿Por qué eligieron España? "Tenía dos amigos en Madrid y buscaba una vida mejor, porque en Rumanía todo era muy caro y la nómina, pequeña", recuerda el carnicero de Coslada, originario de la ciudad de Brasov. "Ahora voy de visita cada dos años; a Rumanía aún le faltan al menos diez años de desarrollo", opina Hirseu, que asegura sentirse ya "más español que rumano". "Ahora", concluye entre risas el carnicero, "vendo a los rumanos en rumano y a los españoles en español".

El Gobierno contempla con optimismo el encaje social y laboral que la comunidad rumana tiene en España

El Gobierno contempla con optimismo el encaje social y laboral que la comunidad rumana tiene en España. Consuelo Rumí, secretaria de Estado de Inmigración y Emigración, comparte valoración positiva del caso rumano y relativiza la incidencia de la salvaguarda que España puso a la entrada de rumanos después del ingreso efectivo del país en la UE. "El periodo transitorio de dos años decidido por España solo cabe ser interpretado en clave positiva y, en modo alguno, como un agravio", asegura Rumí, "porque la transición tampoco afecta a la integración de la población inmigrante rumana en la realidad social española que, al igual que otros colectivos, se viene realizando en términos de normalidad".

En Targu Jiu pocos hablan de política. No se ha puesto el sol de agosto, pero la gente ya está de fiesta. La boda de Relu y Anca se desarrolla bajo tradición rumana, primero con una ceremonia civil en el Ayuntamiento y luego con un enlace religioso por el rito cristiano ortodoxo. En la iglesia, un cura joven guía la ceremonia con pan ácimo y vino, tres vueltas al altar "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", besos al crucifijo y a la Biblia y promesas varias de fidelidad y amor eterno. No hay en Rumanía muchas diferencias respecto a la tradición nupcial de las ceremonias católicas, salvo la coronación efímera de los novios en un gesto que data de los tiempos del rey David. "Que el amor sea para siempre", desea el sacerdote ortodoxo, que encomienda a San Esteban el futuro del nuevo matrimonio.

Antes, entre el acto civil y el religioso, Relu y Anca han convocado a familiares y amigos más cercanos en una casa de las afueras de Targu Jiu, propiedad de Mirza, otro rumano que hizo fortuna con la construcción en España. Entre los primeros brindis, la pareja se somete, por separado, a un rito para pedir buena suerte.

Como los españoles de los sesenta

Esta herencia romaní consiste en una bendición, avalada por parientes y amigos, sobre una silla de madera. En ella se sienta primero el novio, al que acompaña su padrino como testigo. Luego llegará el turno de la novia, avalada también por su madrina. La ceremonia tradicional se celebra entre risas y alegría contagiosa. Regada por palinka, el poderoso licor de orujo típico de los países balcánicos, y ambientada a lo Kusturica por la música gitana del violinista Costica Bobirci y el acordeonista Calin Remus.

"Son unos fenómenos", dirá más tarde otro invitado madrileño, exhausto después de diez horas de celebraciones. En el friso de la jubilación, Ángel es constructor y visita por vez primera Rumanía. Sale satisfecho de la experiencia y del trato cordial recibido. "Los rumanos son una gente muy noble y trabajadora. Me recuerdan a como éramos los españoles en los años sesenta, cuando la emigración a Alemania y Suiza". Quizá sea ese el factor de su buena acogida en España.

Noticias Relacionadas