Domingo, 5 de Octubre de 2008

Un estudioso revela el valor de la magia y las brujas en la historia de Andalucía

EFE ·05/10/2008 - 11:40h

EFE - El historiador Rafael Martín Soto (Málaga, 1954), autor del libro "Magia y vida cotidiana en Andalucía, siglos XVI-XVIII", ha asegurado a Efe que la magia, las brujas y los hechiceros estuvieron muy presentes en Andalucía, donde hubo escuelas de magia culta o talismánica en la época musulmana. Para dar una idea del peso de la magia y de las brujas en la historia de Andalucía, Martín Soto señaló que sólo por "delitos mágicos" en la documentación del Tribunal de la Inquisición de Granada se conservan referenciados 681 casos relativos a algo más de dos siglos, mientras que en el de Toledo existen sólo 370 casos.

El historiador Rafael Martín Soto (Málaga, 1954), autor del libro "Magia y vida cotidiana en Andalucía, siglos XVI-XVIII", ha asegurado a Efe que la magia, las brujas y los hechiceros estuvieron muy presentes en Andalucía, donde hubo escuelas de magia culta o talismánica en la época musulmana.

Para dar una idea del peso de la magia y de las brujas en la historia de Andalucía, Martín Soto señaló que sólo por "delitos mágicos" en la documentación del Tribunal de la Inquisición de Granada se conservan referenciados 681 casos relativos a algo más de dos siglos, mientras que en el de Toledo existen sólo 370 casos.

A los de Granada habría que sumar, según el historiador los 120 casos del Tribunal de la Inquisición de Sevilla y los 180 del de Córdoba, si bien estos últimos archivos han sufrido muchas mermas documentales a lo largo de la historia.

Por estos archivos se conoce que eran numerosos los viajes que se hacían a Andalucía en busca de brujas o magos por la fama que alcanzaban los establecidos en la región, donde en el periodo previo al estudiado por Martín Soto, bajo dominio musulmán, "existió un importante foco de magia y venían a estudiarla desde toda Europa", en coincidencia con el auge de la astrología.

"No se trataba de una magia popular, sino de una magia culta que se estudiaba en los libros, con ceremonias y rituales complejos", señaló Martín Soto, quien aseguró que parte de esa sabiduría pervivió con los moriscos y caló entre los cristianos.

Como señala en su libro, "el gran triunfo de la magia" se debe al amor y al sexo, ya que buena parte de la demanda de conjuros y remedios se debía a problemas sentimentales, que solían esconder "un caudal de egoísmo tremendo" por tratar de enamorar a la vez que eludir la presencia del marido o de la esposa rival, en ocasiones sin reparar en consecuencias fatales.

Entre los casos más crueles, Martín Soto ha documentado el de un aristócrata que en 1750 encargó el secuestro, tortura y asesinato de un niño de dos años, ya que con las lágrimas, la saliva y la sangre del niño uno de los hechiceros que tenía a sueldo debía prepararle un filtro que le garantizara prolongar su vida.

Este caso se saldó con la ejecución de una de las gitanas de Baza (Granada) a las que pagó para que secuestraran al niño, mientras que el aristócrata y sus ayudantes más próximos escaparon a la justicia.

En una época "en la que se demonizó todo, desde el sexo a la cultura", según comenta con ironía Martín Soto, "Satanás, sin comerlo ni beberlo, estaba en todos los berenjenales", como es el caso de otro de los hechos históricos más curiosos reseñados en "Magia y vida cotidiana..." (editado por el Centro de Estudios Andaluces), el de las monjas del Convento de Santa Clara de Antequera (Málaga), en el XVII.

El expediente de este proceso habla de orgías y sacrificios de niños en el convento, en el que notables de Antequera "entraban y salían como Pedro por su casa", hasta el punto de que el testimonio de la monja portera, la mayor del convento, señalaba que por aquellas puertas "salían más niños que cestos", a cuya elaboración debían dedicarse las monjas.

Martín Soto también ha reseñado numerosos conjuros contra la violencia doméstica, que había que pronunciar mientras el marido dormía, si bien otros --para sorpresa de Martín Soto y del propio sentido común-- exigían pronunciarlos mientras se introducían los dedos con fuerza por los agujeros de la nariz del marido violento.