Domingo, 5 de Octubre de 2008

El sucio negocio del turismo sexual

Impunidad. El Gobierno tolera la prostitución y solo muy recientemente por la presión internacional ha comenzado a perseguir la explotación de menores de edad

 

JESÚS GARCÍA PASTOR ·05/10/2008 - 08:00h

jesús garcía pastor - En las calles de Bangkok es muy habitual ver a jóvenes prostitutas acompañando a turistas.

Bienvenidos a Pat Pong, uno de los distritos rojos de Bangkok, capital de Tailandia, donde falsificaciones de primeras marcas y cuerpos de mujeres se venden por igual a los turistas occidentales y asiáticos que abarrotan sus calles. Los puestos del mercadillo se agolpan en el centro de la calle principal, flanqueados por restaurantes, karaokes, discotecas y bares musicales que, algunos con la puerta abierta, exhiben a decenas de mujeres en biquini numeradas con chapas que cuelgan de sus sujetadores.

"Esto es como un restaurante, chico. Entras, eliges el número de plato combinado que te apetece y por 30 euros te comes lo que quieras", se ríe Juanjo, un turista español cerveza Singha en mano. Las tarifas oscilan de 10 a 15 euros para el dueño del local y de 20 a 50 euros para la prostituta, dependiendo del tiempo y el capricho del cliente. En el precio de la bebida está incluido el show de las chicas, que con sus genitales disparan dardos y pelotas de ping pong, apagan velas, fuman un cigarrillo y demás números circenses.

La policía no interviene: «Prostitución? Y dónde dice que la vio exactamente?»

Durante el día, el panorama de Bangkok cambia radicalmente. Desa-parece, a simple vista, la prostitución de barra americana a puerta abierta pero es muy fácil topar con occidentales de todo tipo, desde jóvenes mochileros hasta maduros hombres de negocios, que pasean de la mano de tailandesas.

Estas, como las jineteras cubanas, acompañan a sus novios durante varios días a cambio de cenas, regalos y, sobre todo, la posibilidad de un noviazgo real que las lleve muy lejos de Tailandia, un sueño americano que empezó durante la guerra de Vietnam y todavía dura.

En gran parte, zonas como Pat Pong en la capital y otras similares en destinos turísticos como Phuket, Pattaya o Chang Mai aglutinan el negocio del turismo sexual extranjero y legitiman a nivel económico la tolerancia del Gobierno con la industria del sexo en Tailandia.

Las trabajadoras del sexo creen que la legalización es la única solución posible

Tan ilegal como extendida

En ese país, sorprendentemente, la prostitución es ilegal desde 1960. Al menos, sobre el papel. Esta ilegalidad es uno de los problemas fundamentales de la cuestión para Surang Janyan, una de las portavoces de Empower, la mayor organización de trabajadoras del sexo del país: "Legalizar nuestro trabajo es prioritario. Tal vez no sea la solución a todos los problemas del colectivo, pero sería un gran paso adelante para reducir el estigma social que padecemos y aumentar nuestros derechos. Los de todas nosotras, las que lo hacemos libremente, una minoría privilegiada en la industria de la noche y el entretenimiento, y las víctimas de trata y explotación, que son la gran mayoría de nuestras compañeras".

La ilegalización de la prostitución no provocó en su momento la desaparición del fenómeno sino, simplemente, un cambio en la nomenclatura. Donde antes se podía anunciar un prostíbulo, ahora lo hace un karaoke, un restaurante o un salón de masaje. Y sí, en todos ellos se puede cantar, comer o recibir un masaje, pero la realidad que ocultan sus cristales tintados es un secreto a voces a lo largo y ancho del país.

El país importa para estos negocios a jóvenes de las regiones pobres y de otros países

No es sólo un asunto de turistas extranjeros sin escrúpulos. Tailandia también es un paraíso de la explotación sexual para los hombres tailandeses que son los clientes habituales de los prostíbulos más discretos, baratos y extendidos por todo el país que las zonas frecuentadas por turistas extranjeros. El precio a pagar al dueño es de dos euros por unas horas con la masajista-cantante-camarera y de ocho a diez por noche.

Si el turismo sexual es heredero de los soldados estadounidenses, el consumo local lo es de la tradición y los valores actuales de un país en el que hablar en la misma conversación de la esposa, o "mia yai", y de la querida, o "mia noi", no escandaliza a nadie y cuyo Código Penal tipifica como delito, desde hace sólo un año, la violación dentro del matrimonio.

Evasivas oficiales

«Todavía soy joven. Si en el pueblo nadie sabe mi pasado tal vez pueda volver a empezar»

Preguntar sobre la prostitución a altos cargos del Ministerio del Interior es obtener respuestas tan evasivas como hilarantes: "Prostitución? Y dónde dice que la vio exactamente? Ah, karaokes, salones de masajes, bares de go-gos... Sí, a veces tenemos indicios, ¿pero cómo saber si la masajista mantiene relaciones sexuales libremente? Si no les encontramos con los billetes en la mano, no podemos demostrar que hay delito", me explica Anucha Sutthayadilok, un alto mando de la policía tailandesa, mientras me da una palmada en la espalda. "¿Eres español? Buen fútbol, ¿eh?"

En los últimos años algunos cambios legislativos demuestran la voluntad gubernamental, en parte gracias a la presión internacional, de erradicar la explotación sexual de menores de edad, especialmente de menores de 15 años, y el tráfico de personas. Los portavoces policiales alardean, gráfico en mano, de la cantidad de cursos que realizan sobre violencia de género y trata de personas.

Pero, mientras tanto, las licencias de apertura de los locales de ocio las otorgan los agentes de la zona, los mismos que patrullan por los barrios rojos para la seguridad de los turistas. Sus máximos responsables bromean sobre el rol de Tailandia: "Nuestro país es único, aquí lo hacemos todo, producimos, importamos y exportamos", comenta irónico Sutthayadilok.

Tráfico de personas

Las piezas de producción local de esta sangrante cadena de montaje llegan en su mayoría del norte del país, más pobre que el sur. La exportación tiene como destino principal países más ricos, como Australia, Japón, Bahrein o Arabia Saudí. La importación se realiza de países más pobres de la región, fundamentalmente, Birmania, Laos, Camboya y Vietnam.

Esas mujeres son sin duda el último eslabón del negocio del sexo en Tailandia, que explota hoy a más de 300.000 mujeres, cifras que aumentan sensiblemente durante la temporada alta de turismo occidental y asiático, y se mantienen el resto del año gracias al consumo interno.

Mai Chao dejó su pueblo, cerca de Fang, al norte del país, cuando tenía 13 años. Un conocido le animó: "En Bangkok, de camarera, ganarás tres veces más trabajando menos, me dijo. En los arrozales trabajaba con la familia todo el día y, aún así, el dinero no llegaba. Después de pensarlo un tiempo, acepté la oferta. Y acabé prisionera en centros de masaje en Singapur, Bahrein y Japón. Sí, a los pocos años ganaba tres veces más que en los arrozales, pero pasé tanto miedo, tantas veces...". Hoy, retirada, trabaja en un centro de acogida estatal y aconseja a jóvenes como Kim Li, una jovencísima vietnamita que la policía, en una de sus escasas actuaciones anuales, rescató de un burdel en Bangkok.

Kim pagó con su cuerpo, durante dos años, que la pasaran a Camboya y de allí a Tailandia, donde pretendía encontrar un buen trabajo.

"Pero la deuda nunca acababa. Venían hombres, más hombres, tantos hombres... Y yo no entendía el idioma, no tenía papeles, no conocía a nadie". Ahora, a la espera de la expulsión, duda sobre su futuro: "Todavía soy joven. Si en el pueblo nadie sabe mi pasado tal vez pueda volver a empezar".

Las ONG coinciden en que, a excepción del "fenómeno jinetero" y de algunos de los locales dirigidos a turistas, la mayoría de los prostíbulos se nutre de mujeres pobres y sin estudios que, en muchos casos, acuden a las grandes ciudades engañadas por falsas promesas laborales o, directamente, secuestradas.

Thanavadee Thajeen, directora de la fundación Amigas de las Mujeres, zanja el tema con decisión: "Podemos hablar de la prostitución, de la trata, de los secuestros, de las inmigrantes, de la inacción policial... Pero quien tiene que cambiar es el hombre, el turista sin escrúpulos y el tailandés que ve pagar por sexo como algo normal. Si no hay clientes, no hay negocio ni violaciones de derechos humanos. Tan fácil y tan enormemente complicado".