Viernes, 3 de Octubre de 2008

Obispo, militar y ladrón

En el siglo XVI, Antonio de Acuña, obispo de Zamora, esquilmó los templos de Castilla para sufragar la rebelión comunera

BEATRIZ LABRADOR ·03/10/2008 - 11:03h

FONDOS DEL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS - 'Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo', del pintor valenciano Antonio Gisbert (1835-1902).

Obispo de Zamora por la gracia de Dios... y militar saqueador por la causa comunera. Antonio de Acuña pasó de hombre de fe a saquear templos y fortalezas nobiliarias para financiar a un ejército con el que combatir el sistema feudal, el vasallaje y las ansias absolutistas y recaudatorias del rey Carlos I. A su lado lucharon 300 sacerdotes que, como él, cambiaron los hábitos por el traje de campaña y los cilicios por el arcabuz.

Acuña no fue el primero ni el último de los obispos españoles que, a lo largo de la Historia, han financiado sus actividades con bienes de la Iglesia. En los últimos años hemos conocido algunas de estas operaciones en las que los prelados se valían de dudosos intermediarios. Un ejemplo claro es el de Eric El Belga, especialista en desvalijar iglesias de media Europa que, al llegar a España, se dio cuenta de que no necesitaba robar: los sacerdotes vendían. "Fueron los sacerdotes quienes inventaron la venta de arte sacro. ¿Por qué no me iba yo a aprovechar?", confesaba en una entrevista tras su detención en Burgo de Osma.

Muchos años antes, esta práctica era utilizada por otros, como Antonio de Acuña, obispo de Zamora, en el siglo XVI. Acuña empuñó las armas para apoyar la causa comunera y encontró la manera de sufragar a todo un ejército vendiendo todo lo que saqueaba de las iglesias. El escenario de estas operaciones fue la Castilla del siglo XVI, un pujante imperio que se alimentaba del raudal de oro y plata que llegaba de América, pero que sufría de una gran inestabilidad política. Exprimida por Carlos I, que necesitaba riquezas para pagar su ascenso al trono del Sacro Imperio Romano Germánico, Castilla se sentía despreciada por un "rey extranjero" que ni siquiera aprendió castellano.

Así, en 1520, explotó una revuelta comunera que reclamaba que el poder ejecutivo volviese a las Cortes y se impusiese un nuevo modelo constitucional. Reivindicaban la identidad castellana, se negaban a plegarse a intereses extranjeros e incluían un fuerte discurso de carácter social, con gritos en combate que pedían "Libertad".

Acuña, el obispo radical

Uno de los principales cabecillas del movimiento fue Antonio de Acuña, el controvertido obispo zamorano, que abandonó el púlpito para unirse a los rebeldes. Acuña llegó a representar al sector más radical del bando. Levantó en armas a los campesinos sometidos feudalmente y arrasó fortalezas, prometiendo el acceso a la propiedad a todos aquellos que estaban sometidos a vasallaje.

Su primer objetivo fue tomar la fortaleza de Fermoselle, en Zamora, y después pasó a saquear bienes nobiliarios para luego venderlos y financiar a su ejército. Luego se centró en iglesias, conventos y monasterios. Primero los de su propio obispado y, más tarde, de toda la Tierra de Campos (Zamora, Valladolid, León y Palencia). Algunos historiadores sostienen que era una práctica que el obispo ya realizaba antes de su interés militar.

El saqueo de las iglesias de Frómista (Palencia) fue una de sus hazañas más ilustres. Camino de León, arrampló con cálices, patenas y crucifijos de gran valor. Su venta le permitió mantener al batallón de sacerdotes que le acompañaba, en su gran mayoría frailes dominicos y franciscanos del bajo clero, quienes compusieron parte del ideario comunero que propagarían masivamente entre las clases populares.

El auge del movimiento comunero

La protesta comunera estalló en Toledo en el verano de 1519 y se extendió por toda la meseta castellana. El levantamiento se produjo en una situación de inestabilidad política en la corona de Castilla, que se arrastraba desde la muerte de Isabel la Católica (1504), a la que hay que sumar las malas cosechas, el hambre y las epidemias.

La campaña comunera alcanzó su clímax en 1520, con motivo del llamamiento a Cortes. Desde Salamanca, un documento enviado a todas las ciudades con voz y voto en las Cortes resumió sus reivindicaciones: "Castilla no tiene por qué sufragar los gastos del Imperio y sus recursos deben emplearse en la defensa exclusiva de Castilla. Si el rey se niega a atender las justas quejas de su pueblo, las Comunidades tendrán que tomar la defensa del reino".

Tras dos años de motines y sedición, la aristocracia castellana se alió con Carlos I y las tropas comuneras sufrieron una derrota total en Villalar. Unos cien comuneros fueron ejecutados. Entre ellos se encontraba Acuña, ajusticiado a garrote vil en 1526.