Archivo de Público
Martes, 9 de Septiembre de 2008

El negocio de la autorrealización

La revolución del libro de bolsillo empujó al éxito a la narrativa de autoayuda a principios del siglo XX

BEATRIZ LABRADOR ·09/09/2008 - 18:51h

Getty Images - Samuel Smiles fue el pionero de la narrativa de autoayuda actual, al poner al alcance de cualquiera los secretos de uno mismo

Cuando en 1859 Samuel Smiles publicó Self-Help! (¡Ayúdate!), abrió, probablemente sin saberlo, un universo de infinitas posibilidades. Inauguró el género de la narrativa de autoayuda contemporánea y, en cómodos fascículos, puso teóricamente al alcance de cualquiera las claves básicas del éxito y la felicidad.

Sin embargo, Smiles aún se encontraba inmerso en una concepción victoriana en la que mostrar las emociones abiertamente era considerado descortés y el yo seguía siendo un desconocido.

Faltaban todavía varias décadas para que se asentase el concepto de autorrealización y los libros de autoayuda se convirtiesen en el santo grial para millones de personas. Además, quedaba pendiente que la psicología se convirtiese en ciencia y, sobre todo, que Freud, Maslow y compañía entrasen en escena. Y ambas cosas, en el caso del psicoanalista, ocurrieron casi de forma paralela en el último tramo del siglo XIX.

Antes de esas fechas, los trastornos mentales se habían tratado de una manera heterodoxa, en la que se entremezclaban filosofía y superstición. Pero, a partir de las aportaciones de Wilhem Wundt, fundador del primer laboratorio psicológico en 1879, surge la idea de las enfermedades mentales como enfermedades del cerebro. Es decir, con base fisiológica. Se trata de la época de Pavlov y sus perros, de los primeros titubeantes pasos del conductismo, estructuralismo, funcionalismo... de todas las teorías que determinaron el rumbo de la psicología en el siglo XX.

En busca del yo

Pero, sin duda, la revolución que marcó el futuro de la psicología se fraguó en Viena, en el diván de Sigmund Freud. El precursor del psicoanálisis ejerció una influencia determinante sobre todas las teorías posteriores, al convertir los trastornos psicológicos en enfermedades tratables y a los enfermos, en sujetos recuperables. Paralelamente, democratizó las fobias, filias y complejos... Cualquiera podía ser ahora sujeto de atención y no sólo aquellos que mostrasen una conducta anómala. En cierto sentido, normalizó las patologías, pero, a la vez, también problematizó
la normalidad.

Sobre todo a partir del viaje de Freud a Estados Unidos en 1909, sus teorías corrieron como la pólvora y su éxito popular propició que en el lenguaje común comenzasen a aparecer cada vez con mayor frecuencia palabras como lapsus linguae, subconsciente, líbido, ego o superyo. Se trataba de las primeras aportaciones al lenguaje terapéutico que serviría de base para la futura narrativa de autoayuda. Sin embargo, por ahora, sólo se podía hablar de una literatura de consejos, aún minoritaria, pero que preludiaba el nacimiento de la psicología popular.

Psicología de bolsillo

Según cuenta la socióloga Eva Illouz en su libro Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo (Katz), fue en el periodo de entreguerras y tras la Segunda Guerra Mundial cuando la literatura centrada en la psique humana y cómo entenderla dio el salto definitivo a las masas. Todo gracias, fundamentalmente, a la revolución del libro de bolsillo.

En 1930, el editor alemán Kurt Enoch funda Albatross. En 1935, surge en Inglaterra Penguin y, en 1939, el empresario Robert de Gral crea en Estados Unidos la editorial Pocket Books. El formato, barato y accesible, arrasó en el mercado. Los libros de bolsillo comenzaron a comercializarse en quioscos, farmacias, gasolineras o estaciones de tren acercando la cultura a las clases media y media-baja.

Sobre todo en Norteamérica, uno de los géneros que mejor encajó con el nuevo formato fue la narrativa de consejos. La psicología se convirtió en una industria cultural emergente de pingües beneficios, saltó a las calles y se incorporó al saber popular.

Junto a las tesis psicoanalíticas, comenzaron a difundirse masivamente otras menos deterministas. La teoría de la autorrealización, de Abraham Maslow,  fue protagonista indiscutible a partir de los cincuenta. Maslow mantenía que, según se satisfacen las necesidades básicas, los seres humanos desarrollamos necesidades y deseos cada vez más elevados hasta llegar a la autorrealización, el alcanzable estado mental ideal al que, teóricamente, se debe aspirar.

La atractiva idea de que la felicidad es posible tuvo un éxito inmediato. Surgieron cientos de escritores que recogieron el testigo y propusieron vías para llegar a ese bienestar espiritual: aprender a amarse uno mismo, no juzgar si no se quiere ser juzgado, que toda culpa es mala, encontrar tu diosa interior, plantar un árbol... y cientos de consejos más, expresados como verdades pseudocientíficas lo suficientemente genéricas como para satisfacer a todos los públicos y utilizando un lenguaje pretendidamente
terapéutico y neutral.

Los dorados años sesenta

Fue el comienzo de los libros de autoayuda que vivieron su mayor esplendor en los sesenta, época dorada del viaje interior. Los no realizados se convirtieron en sujetos incompletos que había que arreglar. Las emociones pasaron del ámbito privado a objetos que debían ser pensados, expresados, discutidos, debatidos, negociados e, incluso, justificados. Se expulsó el dolor psíquico de la experiencia humana gracias a la bioquímica.

Ahí estaba. Era el nacimiento de un nuevo tipo de ser humano, centrado en el propio yo e integrado en un modelo emocional capitalista e individualista, que aún continúa en plena vigencia. Lo llamó Homo Sentimentalis... al que cualquiera puede ponerle cara de Woody Allen.