Archivo de Público
Viernes, 5 de Septiembre de 2008

Evangelios, sangre y locura en el Ártico

Dos sacerdotes católicos fueron asesinados en el invierno de 1913 por esquimales del río Coppermine

SERGIO G. MARTÍN ·05/09/2008 - 08:56h

"En los oscuros días de noviembre en el Ártico, cuando apenas se ve el sol, dos sacerdotes católicos exhaustos, helados de frío y casi muertos de hambre arrastraban sus pertenencias hacia el sur, lejos del extremo norte del continente". Mckay Jenkins describe así en Las cataratas del
Coppermine (Océano) uno de los sucesos más controvertidos en los que Occidente se haya visto inmerso. Los sacerdotes católicos Jean-Baptiste Rouviére y J. Yves Marie LeRoux habían sido asesinados por dos esquimales del grupo con los que pensaban pasar el invierno.

Todo empezó en julio de 1911, cuando el eremita J. Hornby se topó con un grupo de esquimales al norte del Lago Great Beat. Eran los últimos pobladores de Norteamérica que no habían sido contaminados por "los males del hombre blanco", pues las extremas condiciones de su hábitat los habían protegido de todo contacto. Eran ideales para iniciar "el experimento de la evangelización". La información llegó a Gabriel Breynat, apasionado de las misiones y perteneciente a la Orden de los Oblatos. El interior de Canadá se encontraba inmerso en una nueva guerra religiosa, donde la Iglesia católica y la anglicana luchaban por sumar territorios y adhesiones. Llegar hasta los esquimales Copper era imprescindible. "Las almas tienen que ganarse una a una" y Breynat tenía al hombre adecuado: el padre Rouviére.

Este sacerdote, acompañado de Hornby, se adentró en las Barren Lands. El contacto con los esquimales parecía bueno. Pasaron su primer invierno en la cabaña del Lago Imaerinik, uno de los lugares más inhóspitos de la tierra. En julio de 1912, acudió a recogerles su compañero de desdicha, el padre LeRoux.

Un mes después, ambos regresaron para comprobar la particular interpretación del cristianismo que habían realizado los esquimales. No habían entendido nada -los nativos utilizan 10.000 palabras diarias, cuatro veces más que los europeos-. Con rabia, LeRoux afirmó: "algún día sabrán rendir verdadero tributo a Dios".

Muerte y "justicia blanca"

El 13 de octubre de 1913, los dos sacerdotes iniciaron el camino hacia su fin. Frustrados, viajaron al norte con "su rebaño". La perspectiva de los esquimales, lógicamente, era otra. Para ellos, los clérigos eran dos bocas completamente improductivas. Aconsejados del peligro por un anciano, trataron de huir. Pero dos miembros de la tribu, Sinniasiak y Uluksuk, les siguieron. Regresaron el 2 de noviembre y, avergonzados, no tardaron en confesar: "Hemos matado a los hombres blancos". Los rumores de sus muertes recorrieron el Ártico y, en verano, un explorador informó al obispo Breynat de que había visto a dos esquimales con sotanas.

Con toda la presión de la Iglesia, la Real Policía Montada encargó la captura de los asesinos. Tras dos años de dramática búsqueda, los llevaron a Edmonton para ser juzgados. La confesión de los dos esquimales espantó a la abarrotada sala del Tribunal. Tras matarlos, se comieron parte de los hígados de los sacerdotes "para evitar que los espíritus los revivieran". Pero el juicio fue más allá del simple asesinato: se estaba juzgando la actuación de la civilización europea en contraposición a la última cultura indígena norteamericana. Los esquimales fueron declarados culpables, pero acabarían siendo liberados en 1919. Sin embargo, el reducto de libertad de los esquimales Copper nunca más sería posible.