Domingo, 24 de Agosto de 2008

Bélgica decide si expulsa a un joven estudiante ecuatoriano

Rothman Salazar tiene un brillante expediente académico pero carece de permiso de residencia

DANIEL BASTEIRO ·24/08/2008 - 21:14h

Familiares y amigos del joven ecuatoriano realizaron ayer una protesta ante el centro donde permanece detenido. Daniel Basteiro

En una habitación de un centro de reclusión de Bruselas, Rothman Salazar pasa las que podrían ser sus últimas horas en Bélgica. El joven ecuatoriano, de 19 años, lleva encarcelado 11 días, desde la noche en que fue sorprendido por la Policía cuando regresaba a casa tras una fiesta.

Al ver que no tenía permiso de residencia, pasó a disposición de la Justicia, que ratificó días después su situación irregular. Un tribunal de primera instancia decidirá hoy si Salazar embarcará el miércoles en un avión con destino a Quito o continúa en Bélgica, donde vive desde hace seis años con su madre y sus tres hermanas. Hasta aquí, su historia se parece a la de tantos inmigrantes anónimos que buscan una vida mejor lejos de casa. Lo que ha conmocionado a la sociedad belga es la integración del chico, uno de los primeros de su clase, que este año iba a comenzar estudios de electromecánica en el Instituto Superior de Industria en Bruselas.

“Mi casa está aquí”, reclama desde su celda Salazar en el rotativo belga Le Soir, al tiempo que se pregunta si podrá cumplir su sueño: “Quiero ser ingeniero industrial, trabajar y fundar una familia con mi novia –desde hace tres años– , Christiane”.

Asegura que las condiciones en el centro de reclusión no son buenas, pero mantiene la ilusión por recuperar su libertad para empezar en septiembre el nuevo curso. Mientras tanto, su abogado intenta con un nuevo recurso que una familia belga se haga cargo del joven, en condición de estudiante con un permiso limitado.

Salazar es parte de una generación de jóvenes inmigrantes que se sienten extraños en el país en el que han crecido. Proceden de Latinoamérica y África y se han instalado en la capital, sobre todo en el barrio de Saint-Gilles, el más multicultural de Bruselas.

Hablan francés

Estos inmigrantes hablan bien francés y, en muchos casos, también flamenco, la otra lengua de Bélgica. Se esfuerzan en la escuela, el único método de escapar de los trabajos mal remunerados y en ocasiones muy duros de sus padres. Hacen una vida normal aunque siempre están pendientes de la Policía. Un simple control puede acabar con sus esperanzas de continuar en un país que ven como propio.

Ayer, sus amigos se manifestaron delante del centro de reclusión. Al acto también acudieron ciudadanos belgas, como Paul Vandenberghe. “Hace diez años apenas había inmigrantes ecuatorianos. La crisis expulsó a muchos de ellos a Europa”, relata.

“Muchos entendemos la inmigración como un enriquecimiento cultural y como la salida desesperada de personas que no pueden prosperar en su país”. Pero no todos lo ven de la misma manera. “Muchos de mis paisanos tienen miedo a la delincuencia, pero sobre todo a la diferencia”.

Extraños en su propio país

En Bélgica residen entre 100.000 y 150.000 inmigrantes en situación irregular. El consulado de Ecuador estima que un 80% de ellos no tiene papeles. Muchos, como los Salazar, esperan desde hace años la resolución de sus expedientes, amontonados en los tribunales de justicia. Mientras tanto, los inmigrantes hacen su vida.

Es el caso de Jaime Achig Pillajo, que dirige una empresa con siete empleados, “todos ellos europeos” a pesar de no tener papeles. “¿Por qué si trabajamos, si nuestros hijos han crecido aquí, nos niegan cualquier derecho?”, se cuestiona.