Sábado, 23 de Agosto de 2008

El libro de firmas de la Alhambra, una idea de Irving contra los grafiti

Ni siquiera los muros de la Alhambra se libraron de la obsesión de los viajeros de dejar constancia de su paso por un lugar plasmando su firma 

PILAR SALAS (EFE) ·23/08/2008 - 14:43h

EFE - Los responsables de la Sección de Archivo y Biblioteca del Patronato de la Alhambra y Generalife.

Ni siquiera los muros de la Alhambra se libraron de la obsesión de los viajeros de dejar constancia de su paso por un lugar plasmando su firma en él; turistas ilustrados como Richard Ford o Víctor Hugo lo hicieron antes de que a Washington Irving se le ocurriera en 1829 implantar un libro de firmas.

Tras recorrer el recinto monumental con el príncipe ruso Dolgorouki, a ambos les indignó la "injuria" de los grafiti, por lo que Irving propuso instaurar el libro de firmas y el noble regaló a la Alhambra un precioso ejemplar encuadernado en piel verde que se guarda con celo en sus archivos.

A salvo entonces del turismo de masas, el primero de los diez tomos completados hasta ahora, de 351 folios, se rellenó en 43 años y once días, "y eso que entonces firmaban todos los visitantes; ahora sólo los más ilustres", ha explicado Luisa Rodado, del Departamento de Archivo y Biblioteca.

Inaugurado por el autor de Cuentos de la Alhambra y el príncipe ruso el 9 de mayo de 1829, las firmas que les sucedieron muestran el interés que el recinto monumental ha despertado en viajeros de todo el mundo desde el siglo XIX.

Visitantes de más abolengo 

Juan Quirós, encargado de la custodia del primer libro, marcó con una cruz a los visitantes de más abolengo o fama, les corrigió los errores de sus mensajes y se propuso recopilar los más interesantes y los poemas más hermosos en una obra que nunca llegó a ver la luz.

Entonces había que dejar, además de la firma, la fecha, el lugar de procedencia y la profesión, por lo que figuran muchos "propietarios" y "rentistas" junto a reyes y príncipes, políticos, escritores, músicos, pintores, toreros, militares o eclesiásticos.

Posteriormente se dio más libertad a los escribientes, de forma que plasmaron sus sensaciones de admiración ante la belleza de la Alhambra y el Generalife o regalaron poemas -como hicieron, entre otros, Amador de los Ríos o Pedro Antonio de Alarcón- o dibujos como el colorista de Rafael Alberti en mayo de 1982 o uno del sexo femenino de un turista desconocido.

Mucho antes que ellos dejaron constancia de su paseo y reconocimiento al monumento miembros de la Familia Real española como Isabel II, el príncipe Alfonso o Doña Sofía, quien ha acompañado en sus visitas a las infantas, al Aga Khan, la reina Noor de Jordania o Bill y Hillary Clinton.

Otros monarcas extranjeros también se dejaron seducir por el arte nazarí, como Albert Edward, Príncipe de Gales en 1859, la reina Fabiola o los príncipes de Japón, aunque los más devotos fueron los miembros de la realeza árabe, algunos de los cuales firmaban con el sello de su anillo.

Duque de Rivas 

La Alhambra también fue testigo de la coronación como poeta nacional laureado de José Zorrilla en 1889 por el duque de Rivas, ya que los asistentes escribieron una página de la historia literaria española en su libro de firmas.

Otros escritores como Lepoldo Alas o Prosper Merimé dejaron sus autógrafos, algo que, sin embargo, nunca hizo Federico García Lorca, pese a su amor confeso por las murallas y los rincones de "La Roja".

Momentos históricos para el monumento, como la creación de su Patronato en 1986, que quedó reflejado con la firma "con orgullo" del entonces presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla.

Otros políticos fueron más poéticos, como José Borrell, quien expresó su fascinación con la frase: "Ahora comprendo lo del ciego y Granada", en alusión al hoy popular aserto del poeta Francisco Alarcón de Icaza: "Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada".

Esa docena de libros forma parte de la historia, y no sólo de la Alhambra, que gracias a la iniciativa de Irwing y Dolgorouki ha preservado sus muros de nombres grabados a punta de navaja con ínfulas de eternidad.