Jueves, 7 de Agosto de 2008

Teatro total

El Festival de Montemor O Velho, en Portugal, se confirma como alternativa a la ‘festivalitis’ que recorre Europa. Centrado en el teatro de investigación y vanguardia, cuenta con tres creaciones españolas

PABLO CARUANA ·07/08/2008 - 08:02h

 Por lo menos se puede decir que la Península no es un páramo. Queda Portugal. Con el Festival de teatro de Sitges desaparecido, los antiguos festivales nacidos de la solidaridad posfranquista agotados o reconvertidos y una visión sin imaginación -que depende en todo momento del rédito político- por parte de los gestores públicos, España sufre una alarmante falta de apoyo a la creación, y al tiempo, paradójicamente, padece festivalitis.

Sin embargo, en un pequeño pueblo portugués, Montemor O Velho, localidad que gravita en torno a un castillo medieval, durante el mes de agosto tiene lugar Citemor, un festival que con una ética y una visión muy particular está sabiendo dar sentido a palabras tan gastadas como "encuentro", "creación" y "coherencia".

Los rasgos que hacen diferente a este encuentro, que dura cuatro semanas y programa de jueves a domingo, son simples pero claros: se trabaja a través de residencias de creación y en contacto cercano y continuo con el creador, no se busca el resultado, y se intentan ofrecer todas las facilidades de tiempo y dedicación posibles.

Armando Valente, codirector del festival junto a Vasco Neves, explica: "Para nosotros es un lugar de encuentro, de descubrimiento. Me es muy dificil separar las ediciones; para mi Citemor es como un cuerpo que va creciendo.

A veces, en la buena dirección, otras no, luego reacciona, se vuelven a coger las riendas... Es un festival rodeado de un ambiente y un entorno relajado, centrado en la creación y siempre abierto a otros intereses no exclusivamente teatrales".

Valente no habla por hablar cuando se refiere su espíritu ecléctico: el festival se ha implicado en el pasado en el proyecto de una televisión independiente junto al colectivo Neokino, que fue acompañado de encuentros entre periodistas portugueses y profesores de universidad sobre la libertad de prensa, la concentración de poder mediático y los derechos de autor.

Y este mismo año, Citemor acoge la filmación de una película dirigida por Ignasi Duarte sobre las gentes de la región.

La revolución de abril

Montemor parece estos días estar poblado por vampiros. Un pueblo de pequeñas calles blancas y tranquilas, casi vacío durante el día, en el que las compañías de teatro parecen haberse perdido.

Cuando cae el sol, se repuebla de gente de teatro que va saliendo de los diferentes espacios repartidos por el lugar (una nave agrícola, un edificio en ruinas, un pequeño teatro del siglo XIX, una iglesia abandonada y sin techo, las mismas murallas del castillo).

Todos se juntan para comer algo y continuar trabajando por la noche, probando luces, definiendo espacios o lo que se pueda.

La dedicación es plena, algo que los creadores, acostumbrados a encontrarse con horarios o limitaciones de todo tipo, no dejan de alabar en cuanto pueden. Saben que sus trabajos pueden por fin tomar forma, que pueden investigar y avanzar.No obstante, el Festival viene de largo.

Si bien ahora es uno de los referentes en Europa de un teatro de investigación y vanguardia, Citemor nace en 1974, tras la Revolución de Abril, de manos de una asociación de teatro aficionado, CITEC, que durante las décadas de 1970 y 1980 cumple una función de fuerte empuje al teatro de espacios no convencionales y de buscar la recuperación de autores prohibidos durante la dictadura de Salazar; portugueses y no portugueses -entre ellos, Samuel Beckett-.

Citemor, que cuenta con ayuda del Ministerio de Cultura de Portugal, ha sabido reinventarse. Desde que Armando Valente y Vaco Neves cogieron la dirección, en la década de 1990, por esta pequeña localidad de 2.800 habitantes han pasado el músico francés Pascal Contet, Jean Pierre Larroche, Martine Pisani, la compañía tg Stan de Frank Vercruyssen...

Una vocación abierta a Europa que no ha dado la espalda a su país: Teatro O Bando en la década de 1980, el Teatro da Garagem y el coreógrafo Francisco Camacho en la década de1990, etcétera.

En la relación de Citemor con España, destaca la línea visionaria y certera que tiene el Festival: Olga Mesa y La Ribot en la pasada década, Rodrigo García a principios del siglo XXI -con La Historia de Ronald... que acabó triunfando en el Festival de Avignon-, Carlos Marquerie, Roger Bernat, Angélica Liddell...

Presencia española

Este año la presencia española sigue siendo fuerte: Liddell llegó con Boxeo para células y planetas; la compañía Lengua Blanca con En la pistas de hielo (una bomba de teatro basado en la acción que se estrenó este fin de semana y supone un avance en la estética y el lenguaje de esta compañía madrileña); y Carlos Fernández, que presenta mañana 10.000 años, una obra que tendrá lugar en las murallas del castillo de Montemor y en la que llevan trabajando 12 personas más de dos meses.

El director del Festival aclara por qué tanto español: "El problema de las banderas nunca nos ha interesado. Me acuerdo que a principios de los 90 la presencia inglesa y holandesa era muy fuerte. Ahora, lo es la española, y no me preocupa. Y la relación con España es más cercana, tanto geográfica como culturalmente".

Angélica Liddell: "No sé si me apetece desaparecer"

Angélica Liddell llegaba a Montemor después de un año frenético y complicado, en el que se ha visto premiada, apremiada y vilipendiada por ciertos medios por “incoherente, repetitiva y provocadora”; y en el cual, sobre todo, ha visto como la pacatería del Centro Dramático Nacional dejaba morir la producción que realizó en el Teatro Valle-Inclán esta temporada, Perro muerto en tintorería, uno de los espectáculos más interesantes del teatro español de los últimos 10 años.

“Yo sigo en lo mismo. Sigo trabajando, intentando que desde una inmoralidad en escena el público llegue a plantearse cuestiones morales”, explica Liddell. Sobre Citemor lo tiene claro: “Dan un apoyo incondicional a las propuestas, vengas de donde vengas, sin cuestionar. Si quieres planta de ruda, pues es el propio director del Festival el que
sale al campo a buscarla. No tiene que ver nada con lo institucional.

Desarrollan un vínculo afectivo que se ha perdido totalmente en otros certámenes”.Para Liddell es realmente sorprendente que en un lugar tan pequeño tengan todas las infraestructuras técnicas cubiertas. Algo en lo que la fe tiene mucho que ver. “Ellos se lo creen. Hay sitios en los que sales limpio porque no te ha querido nadie o sales lleno de mierda. En Citemor sales llena de sentido, son ellos con sus ganas los que dan sentido a tu trabajo. Ellos y un público que tiene interés. En España esto no existe. Tan solo en Radicals [festival del Teatre Lliure de Barcelona], aunque es más institucional. El empeño es similar, hay entusiasmo”.

Cuando se le pregunta por su próximo proyecto, reacciona de frente: “No sé si quiero desaparecer después de todo lo que ha pasado. Necesito olvidarme de todos. Además necesito necesitar decir cosas. Me gustaría hacer algo hermoso, de verdad, de una vez por todas… La ira y el odio me han consumido y me gustaría hacer algo bello, trabajar con niños, soldados y un bloque de plastilina rosa”, explica, un proyecto para 2009 que podría producir el propio Festival Citemor.

Hasta entonces, Liddell viajará a Brasilia con El año de Ricardo (en septiembre), a Burdeos con La desobediencia (en noviembre) y estará presente en el Festival de Otoño de París con una lectura dramatizada de Cuando los peces…, en el Teatro de L’Odéon. En el camino queda el proyecto de este último Festival, que le ofreció intervenir un cuadro del Louvre. “Yo escogí Napoleón entre los leprosos y quería llevar explosivos y un indigente para leer un texto. Pero me dicen que no, así que no voy a hacer nada”, confiesa.