Viernes, 1 de Agosto de 2008

Atxaga vuelve

"En Nevada encontré los paisajes que necesitaba"

PEIO H. RIAÑO ·01/08/2008 - 21:43h

Una nube de polvo rojo corre detrás del todoterreno. El vehículo avanza entre arbustos, arena, promontorios caprichosos y un cielo azul reventón. Los navajos de Monument Valley ya no van a caballo (si no es para conducir la visita guiada por el parque), pero todavía sigue pasando por allí La diligencia de John Wayne. El coche para y la ventanilla baja, ¿qué pinta Bernardo Atxaga en medio de toda esa leyenda, dentro de una película? El escritor vasco más traducido dejó hace un año su pueblo en Zalduendo (Álava), aparcó por unos meses la dimensión mágica de Obaba, marchó esperando encontrarse a la vuelta “un país mejor” y llegó con su mujer y sus hijas a la Universidad de Nevada (en Reno, EEUU), gracias a la beca William A. Douglass, para arrancar su siguiente libro. Saldrá la próxima primavera, como es habitual lo publicará Alfaguara y se titulará Siete casas en Francia. Estos días la ultima en Zarautz.

No es la primera vez que Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951) abandona sus hábitos para dedicarse a escribir, ya lo hizo con Obabakoak, del que escribió buena parte en Escocia y también con El hombre solo, cerca de Montpellier (Francia). Se marchó en plena promoción internacional de El hijo del acordeonista, su última novela, y allí vivió las buenas críticas de Inglaterra, el lanzamiento en Rusia, Alemania e Italia; allí recibió la noticia de la concesión del Premio Mondello a la mejor obra extranjera en mayo y el Grinzane Cavour en la misma categoría por el mismo libro. Cuatro años después sigue corriendo detrás del libro por medio mundo. Y eso que el libro tuvo un parto complicado gracias a la crítica literaria de Ignacio Echevarría, que después del escrito prefirió abandonar el suplemento cultural del periódico para el que trabajaba.

Vuelve impresionado por el sorprendente encuentro con la cultura vasca en pleno oeste norteamericano

“Fue extremadamente duro para mí. La versión publicada en Babelia fue una agresión como nunca había vivido. Pensé que ese croché en frío iba a tumbar el libro y ha resultado todo lo contrario. Con el tiempo esa crítica ha quedado completamente aislada. Ha sido la única crítica negativa, bueno, ultranegativa, que ha tenido”. A pesar de la gravedad que le da a los recuerdos lo cuenta con una buena digestión. Creo que se debe a una euforia que atraviesa por la buena marcha del libro, que en los próximos meses se publicará en EEUU, y por disfrutar del final del proceso creativo de Siete casas en Francia. Aún así continúa su relato de los hechos y recuerda cómo su hermano le dijo que aquello fue como si le hubiesen sacado al Nou Camp, con los focos cegándole y en medio del campo le hubiesen golpeado en toda la cara.

La calma le llegó en Nevada cuando se publicaron las críticas del Times y la del The Independent. “Eran buenísimas y me quedé tranquilo, porque incluso el peor enemigo, como es éste el caso, puede llegar a tener razón. He salido bien del combate”, reconoce aliviado. Croché, combate… o Atxaga ha vuelto maravillado con el boxeo o tiene ganas de pelea. “Cada vez aprecio más en mi oficio la sensación de estar peleando. Pero la pelea tiene sus reglas, no puedes pegarle a nadie un golpe bajo. Eso no es fair play”. Por eso reconoce que quisiera que el combate siguiera durante mucho tiempo, porque así es como “llegaría a escribir un texto que mereciese la pena algún día”, y la conversación se aleja de la crítica literaria para llegar a sus creencias literarias.

El riesgo manda

La conversación se produce en una terraza de un bar rodeado de torres residenciales, que alimentan la playa todo el verano con las vacaciones de la gente más maqueada de la costa vasca. Es un buen contexto para que reconozca que desconfía de los escritores que se blindan a su seguridad, que buscan protección en sus fórmulas y calma en “jardines recoletos” que conocen de memoria. “Yo prefiero el riesgo y estar expuesto”. Por lo que cuenta, esa es la intención de la nueva novela e imaginamos que su tan alabado realismo mágico de los bosques de Euskadi pierde protagonismo. Y deja paso al humor negro. “Me resulta difícil decir qué es, aparte de que tiene un tono siniestro”, está contento. “En un momento se habla de que al rey de Bélgica le lleven un león del zoo de Bruselas al Congo para que lo pueda cazar bien… Ya veremos qué pasa con lo que la gente pueda entender al leer esto”, y se ríe porque sólo se puede entender una cosa. “Ya veo el final, me falta un mes. No tendrá más de 200 páginas”.

Y qué hay de Reno, de Nevada, de toda esa arena roja, de todos esos personajes con los que se ha encontrado, dónde están. “Cuando fui por todos esos desiertos… se me quedaron dentro metidos. Ahora no sólo tengo el deseo de cambiar, además tengo el paisaje, la metáfora, la imagen dentro. Es como si en vez de haberme puesto un marcapasos en el corazón, me lo hubiese puesto en la cabeza y no parase de bombearme las imágenes de Nevada, una y otra vez. Ahora estoy escribiendo desde ese paisaje, y estoy pasando por una etapa eufórica”, nos cuenta.

Ya anunció que la nueva novela sería diferente porque se alejaría del territorio que había utilizado hasta ahora, el de Obaba, que abandonaría la historia de sus compañeros de escuela, que se acercaría a otros terrenos mentales, muy diferentes a los que ha transitado hasta el momento. “Será la novela más alejada de mi historia personal y de la historia de este país”. “La gran apuesta formal es que en vez de contar algo crudo como si estuviera en contra, me pongo en la piel del mal y lo hago encantado. El autor permanece indiferente a todo lo que pasa”, adelanta. Está juguetón, peleón, como dice él.

En ese combate el papel de la escucha es la fuente de la materia prima del escritor, “la permeabilidad es fundamental para estar alerta”. Por eso dice que cuando uno escribe tiene la sensación de que todo le habla. “Fíjate: el punto de partida de la novela es una historia que escuché contar a un tipo que hizo el servicio militar en la Guinea española. Relataba que la función de su superior era lavar bien, con agua y jabón, a la adolescente virgen semanal que los soldados traían hasta el comandante para que él se aprovechara de ella. Y lo que peor llevaba aquel señor que lo contaba era que ese comandante al tiempo era capaz de escribir cartas de amor a su mujer”. Le va a hacer falta recobrar el humor. “He ido hacia ese terreno y ahora intento renacer”.

Reno, te llevo dentro

En eso ha tenido mucho que ver su viaje. “Ha sido una experiencia maravillosa”. Un viaje contra los tópicos y por cómo lo cuenta, de allí se lleva algo más importante que el nuevo escrito. “Nunca en mi vida me había pasado algo así: necesitar un paisaje y encontrarlo. Recuerdo que Paul Bowles cuando llegó a Tánger dijo: ‘Ésta es la ciudad que llevaba buscando hace mucho tiempo’. Siempre comentaba con mis amigos que aquello me daba mucha envidia. Nunca me había pasado hasta llegar a Nevada y allí encontré los paisajes que necesitaba en ese momento”. Lo dice alguien al que es fácil imaginar sentado en el porche de su casa de piedra deleitándose con las montañas y los bosques cercanos a su casa.

Atxaga siempre ha defendido que cuantas más formas diferentes de sentir Euskadi, mejor

Atxaga siempre ha defendido que cuantas más formas diferentes de sentir Euskadi, mejor. Precisamente por eso reconoce no haber sentido jamás contradicción entre lo que llama “mundo” y lo que llama “país”. Esa opinión se ha ido formando a lo largo de sus viajes, de los que ha entendido: “Sería tristísimo ver contradicción entre tu cocina y el mundo”. Se pregunta: “¿Quién puede querer ver todo el día el frigorífico de su cocina?”. “Tampoco me gustan los falsos cosmopolitas que rechazan el lugar donde viven. Recuerdo la primera montaña que me gustó en mi vida, pero luego fui a Montserrat y me pareció también maravillosa. En nuestra cuadrilla detestábamos a ese amigo que se iba a Madrid y al volver decía: ‘Cuánto llueve aquí, ¿no?’… claro, como siempre. Tampoco creo en ese cosmopolita”. Lo dice quien vivió muchos años en Extremadura y tiene en la Vera otro de sus paisajes.

Por el momento, tiene presentes el cielo azul y la tierra roja. Vuelve impresionado por el sorprendente encuentro con la cultura vasca en pleno oeste norteamericano. “Hay una comunidad de vascos y te tratan maravillosamente porque vienes del Old Country”. Y cuenta cómo en Jordan Valley, en pleno desierto de Oregon, vio a un hombre de las películas, de los de seis pies de alto, anchas espaldas, ojos azules, sombrero vaquero… Y les habló en euskera. Joe Eiguren, de Eiguren Ranch, nació en esas tierras, igual que su padre, pero su abuelo era vasco. Por la mañana su euskera no era tan bueno como el de por la tarde. “Todo eso junto… qué extraño”, en ningún momento se apea de la ironía. La extrañeza fue apuntándola en el blog que abrió en su web (www.atxaga.org), en la que cuenta en euskera cómo vivió como público la campaña de Obama y Hillary.

A pesar de llegar cargado, tal como dice, con todas esas escenas de películas del western, la reserva navajo en Utah, con fondos de John Ford, no pasó desapercibida. Le sorprendió cómo en esos paisajes realidad y ficción se funden y generan una experiencia distinta a la de otra parte de los EEUU. Ni los vecinos de estos pueblos pueden escapar a esta inquietante sensación, en la que uno vive como un pistolero de leyenda. Atxaga encontró en el rancho de uno de estos vecinos una foto a tamaño real y recortada sobre cartón de John Wayne. “Ha sido un año maravilloso”, reconoce.

Literatura de mínimos

Escribiendo en euskera se puede llegar a todo el mundo, está claro, incluso al corazón de la lengua global. Cuando recogió el pasado junio el premio Grinzane Cavour dijo que “lo más importante es existir, minoritariamente, pero existir”. Toda una declaración de intenciones, para muchos irreal en medio de la marea que se vive en las librerías cada vez que llega un nuevo best seller. El agobio económico acompaña al escritor en sus representaciones más ocurrentes, “y eso no es nada romántico”. “Hemos tragado ideología literaria a jarras y sin saberlo”, señala el escritor. “Hay que tener un sitio modesto, pero tenerlo. 1.500 lectores. Sí, ya, Borges hablaba de 100 o de cuatro amigos… esas cosas que se dicen cuando uno recibe el Premio Nobel y te han leído más de 10.000.000 de lectores. Se puede hacer una carrera digna con 1.000 lectores y eso los escritores en euskera lo sabemos”, dice para aclarar que escribir pensando en llegar a millones de lectores es algo ficticio. “Con 1.000 lectores puedes llegar muy lejos”.

En este momento, ya está atardeciendo, recuerda una conversación en la que el pintor Lucio Muñoz aseguraba cómo la presión del mercado influía en la obra de arte de una manera evidente. “Hay una ley que siempre se ha cumplido: nadie perdura en la dificultad. El escritor resiste un tiempo ante la adversidad, pero no mucho tiempo. A la larga eso desespera y acaba con cualquiera”. Se ha terminado su café con leche y el agua con gas y se despacha con Oteiza y Chillida para apuntalar su teoría: “Eran ricos y por eso soportaron el empuje”, y Atxaga habla de todos esos pintores que conoció en Bilbao de joven, que pintaban en las cajas de zapatos y no resistieron. “He conocido tanta gente que ha abandonado”.

Cree que la supervivencia de las minorías es un éxito y eso le enfrenta, aunque no quiera, con la propuesta del manifiesto en defensa del castellano, promovido por UPD y un grupo de intelectuales. De repente le crece la ironía y recurre al germen de su sarcasmo: los aforismos de Lichtenberg: “En uno de ellos dice que no hay que hacer caso de la crítica de quienes nunca nos harían un elogio. Y no me ha parecido que ninguno de los firmantes hayan dicho nada a favor de los catalanes, los vascos o los gallegos”. Es el momento para hacer memoria y explica que con 14 años no podía hablar euskera porque era un problema, un desprecio. “Estas lenguas han pasado por una edad de la angustia y han tenido 30 años y jamás se ha oído una buena palabra sobre el euskera”.

Todo es política. Incluso el desgaste. Por eso Atxaga cree que la líder de UPD acabará derrotada antes de que pueda poner en marcha lo que según ella es “la reivindicación de mayor calado desde la Transición”: “Rosa Díez ha calculado mal porque se va a agotar en el calentamiento y no va a llegar a jugar el partido. Piensa que hay unos votos que puede recabar de la antigua Unidad Vizcaína, Alavesa, es decir, los votos de la extrema derecha, para qué vamos a andar con eufemismos”. Y él que creía que a su vuelta se iba a encontrar con un país nuevo.