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Miércoles, 30 de Julio de 2008

'Wall-E': La venganza se sirve en 3-D

No se dejen engañar: tras su apariencia afable, el nuevo producto surgido en la factoría Pixar esconde toneladas de rencor contra sus socios de Disney. Hacemos la ‘robotopsia’ al fenómeno del verano

RUBÉN ROMERO ·30/07/2008 - 23:05h

Al final de los espectaculares créditos finales de Wall-E, como viene siendo habitual, aparecen los nombres de los niños de los que han trabajado en el filme.

Bonito detalle, más aún teniendo en cuenta que Wall-E, dirigida por Andrew Stanton (codirector de Buscando a Nemo), es probablemente incomprensible para sus retoños. Una película prácticamente muda y que se desarrolla en un paisaje apocalíptico parece más propia del manga japonés que de la animación infantil.

Cierto, esto no es Akira (Katsuhiro Ôtomo, 1988) y las peleas son medio de broma... si nos atenemos exclusivamente a lo que vemos en las imágenes. Porque el subtexto de Wall-E, que se estrena el próximo 6 de agosto en nuestras pantallas, parece ir mucho más allá de la mera diversión. Es el anuncio del todopoderoso Steve Jobs, propietario de Apple y Pixar, de que con su negocio no se juega.

Rebobine, por favor

Hagamos un poco de memoria. La historia de amor y odio de Pixar y Disney empieza en 1991. Hasta entonces, sus colaboraciones eran puntuales, pero ese año, Pixar se comprometía a producir tres películas por un total de 26 millones de dólares. La primera de ellas, Toy Story (John Lasseter, 1995), ganó más de 350 millones de dólares. El trato no parecía, pues, equitativo.

Jobs empezó a pedir su trozo del pastel en la distribución y el marketing. La guerra fue cruenta y en 2004 Disney y Pixar habían roto relaciones. Steve Jobs pidió la cabeza del director general de Disney, Michael Eisner, como muestra de buena voluntad para volver a sentarse sobre la mesa de negociaciones.

Se la dieron bien cortadita en 2005 y se acordó colaborar en el estreno de la ya planificada Ratatouille (Brad Bird, 2007). El 24 de enero de 2006, Disney compraba Pixar por unos mareantes 7.400 millones de dólares y un 7% de las acciones de la compañía del tío Walt para Jobs, con lo que éste pasaba a ser el máximo accionista de la empresa.

Ajustando cuentas

Wall-E es, pues, la primera película desde el nuevo statu quo entre ambas compañías, y Jobs y sus muchachos se han asegurado de que quede bien clarito desde el principio. La otra compañía de Jobs tiene una presencia ubicua. El robot basurero descubre que tiene un corazoncito mirando

Hello Dolly en un iPod; cuando se recarga, hace el mismo sonido de inicio que un iMac; su amada EVA está diseñada por Johnny Ive, el hombre detrás del diseño de iPod; e incluso la voz del piloto automático pertenece a MacinTalk, un programa de la casa.


Por supuesto que entre la cacharrería que recoge Wall-E hay otros fetiches para los geeks: una Atari 2600 con el mítico juego Pong o el satélite Sputnik… pero ni rastro de Disney. Nada de memorable queda para los nuevos propietarios… O sí.

Sus creadores no dudan en afirmar que el mundo en ruinas en el que habita el personaje es algo así como los restos del parque temático Tomorowland, que creó Disney en los años sesenta. Los más osados afirman que, en una de las montañas de basura que debe recoger Wall-E hay un Mickey Mouse descoyuntado. El poder de la máquina, del 3D, de Pixar, ha dejado para el desguace al viejo gigante de la animación.