Archivo de Público
Lunes, 28 de Julio de 2008

Pop, serpientes y play-back

Recién llegado de una minigira por Guinea Ecuatorial, Pepo Márquez, batería de Grande-Marlaska y único miembro de The Secret Society, nos cuenta su viaje musical por la antigua colonia española

PEPO MÁRQUEZ ·28/07/2008 - 08:00h

Pepo Márquez - Los superjueces también dicen "patata": en el centro, Malena, Pepo, Eloísa y Roberto, en Radio Asonga.

Si las situaciones se miden por cómo empiezan, todo apunta a que este viaje va a ser una catástrofe: falta media hora para irnos al aeropuerto y todavía no tenemos los visados. Estoy al borde de un ataque cardiaco en la puerta de la Embajada de Guinea en Madrid. No le digo nada al resto del grupo para que no se tensen. No se lo pierdan: cuatro madrileños amistosamente disfuncionales tocando pop rápido (se pueden imaginar cuánta tradición pop hay en aquel país), en una ciudad a medio hacer y en un país que todavía vive bajo la dictadura (enmascarada bajo una ficción de legalidad democrática) de Teodoro Obiang.

A las 19 vamos los cuatro repantingados en el avión y a las 3 (hora local) llegamos a Malabo. Retrocedemos muchos años en un par de minutos. Nos reciben Ricardo y Eloísa. Eloísa es madrileña y la culpable de que estemos allí. Ricardo será nuestro chófer. Habla español y pronto es nuestra persona preferida en la isla.

Estoy convencido de que este público canta canciones que nunca ha oído

Viernes: ay, qué susto

Las calles de Malabo son una mezcla de barro, charcos, coches destartalados y casas bajas. Por la mañana, vamos a Radio Asonga, que resulta ser una de las dos radios más escuchadas de Malabo. Nos hace una entrevista Carlos, un locutor que nos presenta como la compañía Grande-Marlaska, en plan un grupo de teatro. Por la tarde, prueba de sonido en el Centro Cultural Español. El sitio es magnífico. El Centro Cultural organiza cientos de actividades y sirve de punto de encuentro a muchos jóvenes en Malabo. Alguien trae una serpiente que ha cazado en una botella de agua mineral. Estoy a punto de desmayarme del susto.

En mi cabeza resuenan las palabras de mi hermana: Como toques tus canciones deprimentes en África te van a echar a patadas. Ella vivió en Tanzania. El caso es que compruebo que si canto en inglés la gente se dispersa. Si lo hago en español, dan palmas. Con la versión de La leyenda del tiempo de Camarón se ponen a bailar y corear unas canciones que estoy convencido de que nunca han escuchado.

El rap, las boy band y los cantautores son los estilos que más pegan

Sábado: Fight the power

Nos levantamos pronto y el procedimiento siempre es el mismo: estamos repartidos en dos habitaciones y nos duchamos bajo un chorro microscópico, nos lavamos los dientes con agua mineral y nos embadurnamos de loción antiparásitos. Los cuatro olemos fatal.

Esa tarde tocamos en la plaza del Ayuntamiento, en una especie de festival. Llegamos a las 19 y ya hay un pollo importante: unas mil personas. Tocamos como 15 grupos. Pongo comillas porque la mayoría hace play-back. El público aplaude igual, así que todo bien. Los estilos que más pegan son: el hip hop cliché; los grupos de chicos que riman palabras como body con party con mami con lali; la música autóctona con cantantes equivalentes a un Francisco en España; y la canción protesta: un abuelo ciego que se marca un tema de 9 minutos absolutamente panfletario y pro-Obiang que nos deja helados.

El Centro Cultural de Malabo sirve de punto de encuentro para los jóvenes

A todo esto se le une el tema del patrocinio: una chica sube al escenario en medio de cada actuación y va colocando a los músicos una gorra donde se lee Orange, la empresa de telecomunicaciones que se está haciendo de oro en Guinea Ecuatorial y que ha pagado la producción del Festival del Día de la Música en Malabo. Roberto se pone su camiseta de Fight the Power y yo pienso en los soldados con ametralladoras de la plaza.

Domingo... de vuelta

Nos levantamos y todo va mal: no hay luz ni agua en el hotel. El calor húmedo de Malabo no acompaña. Pero estamos en África, pienso. Vamos a casa de Eloísa, me ducho y noto que me descompongo por dentro. Se acaba el día para mí, que me lo paso tirado viendo películas y yendo al baño cada cuarto de hora. Por la tarde nos vamos al Pizza Place, un sitio de blancos, y nos despedimos de Eloísa y de Ricardo. En la sala de espera del aeropuerto hay una pantalla plana que ya la quisiera yo para mi casa.