Archivo de Público
Domingo, 27 de Julio de 2008

Los Kirchner se quedan solos

La dimisión del jefe de Gabinete y la deserción del vicepresidente y otros parlamentarios en una votación clave agudizan el declive de la administración de Cristina Fernández de Kirchner y su marido Néstor 

RICARDO KIRSCHBAUM, Director del diario 'Clarín' ·27/07/2008 - 19:19h

Cristina Fernández de Kirchner. (AP)

El poder en Argentina se sigue concentrando en las manos del matrimonio Kirchner. La renuncia del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, después de más de cinco años de pertenecer al círculo áulico del Gobierno, ha confirmado que la sociedad política que integran Cristina Fernández, la actual presidenta, y su esposo, Néstor Kirchner, ex presidente, rechaza cada vez más la participación crítica de otros funcionarios.

El sucesor de Fernández, un joven e inexperto Sergio Massa, muestra que el verdadero hacedor de la política en la Argentina seguirá siendo Néstor Kirchner, que maneja el poder y los ritmos del Gobierno, aunque formalmente sólo sea el marido de la presidenta. Kirchner es el jefe del partido Justicialista, la única formación política que tiene un aparato político y una dimensión nacional apreciable.

El Gobierno viene de sufrir una gran derrota: el Senado rechazó un impuesto a las exportaciones de soja, lo que había provocado un largo y duro conflicto con organizaciones gremiales del campo, uno de los sectores económicos más poderosos de este país. La puja provocó un fuerte enfrentamiento durante cuatro meses que incluyó cortes de caminos y autovías, por parte de los productores, actos masivos a favor y en contra del Gobierno, y tuvo una fuerte repercusión sobre la economía, que viene creciendo sin pausa durante cinco años consecutivos a tasas altas.

Fue el voto del vicepresidente Julio Cobos, jefe constitucional del Senado, el que inclinó el balance en contra del Gobierno de Cristina Fernández. Cobos es un militante del partido radical, captado por Kirchner para una alianza política-electoral que ganó los comicios de octubre pasado.

Traición en el Senado

De aliado, Cobos pasó a ser un “traidor” para el Gobierno. El jefe de la bancada oficialista lo comparó con Judas Iscariote, antes de la crucial votación, en esa exageración tan italiana que tiene la política argentina. Para el campo y para vastos sectores de la población, sin embargo, Cobos se convirtió en un “héroe” que desafió el poder de los Kirchner y con su voto le infligió la más seria derrota política desde que Néstor asumió el Gobierno el 25 de mayo de 2003.

Enfurecido por la derrota, Kirchner había planteado a la presidenta, su esposa, que renuncie. “Gobierna el que gana. Nosotros acabamos de perder. Tenemos que irnos”, dicen fuentes fiables que Kirchner vociferó en esos días en los que sentían que el poder se les escapaba de las manos.

“Todo o nada”

En ese cuadro, Alberto Fernández, un hombre de la íntima confianza del matrimonio, debía tratar de equilibrar una administración que estaba paralizada por el conflicto con el campo y por la decisión política de Kirchner de jugar a todo o nada la suerte del Gobierno. Dicen que en medio de esa tormenta política, Fernández intentó gestiones para que otros presidentes de la región, básicamente el brasileño Lula da Silva, intervinieran para disuadir a Cristina de su renuncia. Lula no llegó a intervenir porque el arrebato de Kirchner se calmó.

Fernández venía de sufrir desplantes y derrotas internas del ala más dura de la Administración, integrada por el ministro de Planificación Julio De Vido, el secretario Legal y Técnico, Carlos Zannini y los secretarios de Transporte, Ricardo Jaime, y de Comercio Interior, Guillermo Moreno, todos vinculados fuertemente a Kirchner.

La disputa con el campo, aunque Fernández compartió sus fundamentos, terminó por dejarlo fuera del Gobierno. El ex jefe de Gabinete pensaba que el enfrentamiento sin matices con los productores era una batalla que, aún ganándola, iba a dejar fuertes consecuencias negativas para la administración. Los intentos de negociar fueron abortados y, en paralelo, los productores se endurecieron en una disputa en la que la política, como herramienta de negociación, estuvo casi siempre ausente.

“Fue todo una locura”. Esa frase se la atribuyen a Alberto Fernández y estaba referida al último esfuerzo de Kirchner de torcer el rumbo de la votación en el Senado con una concentración de 100.000 seguidores frente al Congreso, en pleno centro de Buenos Aires, al mismo tiempo que 300.000 personas se manifestaban a favor de los productores unas veinte calles más allá, frente a los bosques de Palermo, una copia fiel del Bois de Boulogne parisino.

Contraofensiva fuerte

El Gobierno está diseñando una contraofensiva fuerte. En primer lugar, salvo el ingreso de Massa como jefe del Gabinete ministerial, no habrá otros cambios espectaculares, ni siquiera obligará a renunciar a Moreno, un funcionario que actúa como un matón, acompañado por una guardia de expertos en artes marciales. En segundo lugar, renacionalizó Aerolíneas Argentinas, la empresa aérea que estaba gestionada por el grupo español Marsans, y está presentando este hecho como un acto nacionalista, en momentos en que el negocio aéreo es ruinoso aún para las mejores líneas aéreas del mundo. Aerolíneas, ya se sabe, no forma parte de ese selecto grupo.

Fue resultado de una ofensiva pertinaz de la línea más dura del Gobierno, en combinación con los siete gremios existentes en la empresa aérea, para forzar la salida de Marsans y hacerse de nuevo con la compañía, debiendo absorber 890 millones de dólares de deuda, la misma cantidad que existía cuando, bajo el Gobierno de Carlos Menem, en la década de los noventa, la compañia fue adquirida por Iberia.

La toma de control de Aerolíneas fue otro golpe a la relación con el Gobierno de España, el único que tenía una relación de diálogo y cooperación con la Administración Kirchner.

El Gobierno argentino, en síntesis, se ha concentrado aún más, se ha ensimismado, y las apuestas por una mayor apertura y diálogo parecen esfumarse una vez más.