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Martes, 22 de Julio de 2008

Desheredados

Un cuarto de millón de refugiados palestinos viven hacinados en campamentos repartidos por Líbano

ANTONIO PAMPLIEGA ·22/07/2008 - 21:29h

R.HAIDAR/AFP - Niñas palestinas que huyeron con sus familias de Nahar al Bared, sobre los colchones en los que duermen en la escuela de Beddawi.

Dos carros blindados del Ejército libanés custodian la entrada al asentamiento de Nahar al Bared, situado en la ciudad de Trípoli a 85 kilómetros al norte de Beirut. Los días de esplendor de este campo de refugiados palestinos (fue el segundo en importancia de todo el Líbano) son cosa del pasado. Hoy, la tristeza y la desolación son las únicas a las que no se les veta la entrada a esta ciudad fantasma. Lo que fue uno de los centros neurálgicos de los refugiados palestinos (daba cobijo a más de 30.000 personas) está arrasado. Sólo los escombros y las casas derruidas dan una idea de lo que fue este asentamiento.

"Los milicianos de Fatah al Islam atacaron varios puestos del Ejército libanés en Trípoli, causando varios muertos e importantes destrozos. Los guerrilleros se refugiaron en el interior del campamento de Nahar al Bared y se hicieron fuertes", explica a Público un oficial del ejército libanés que nos acompaña en el recorrido por el perímetro exterior de esta urbe devastada. "Depués de tres días de intensos combates, el 23 de mayo de 2007 se firmó un alto el fuego para que la ONU entrara al campo de Nahar al Bared a suministrar ayuda humanitaria y agua a los refugiados. Cuando se disponía a abandonar el asentamiento, francotiradores de Fatah al Islam abrieron fuego contra ellos", relata el sargento Ahmad Talal.

"Visto que la situación no mejoraba, nos vimos obligados a utilizar medidas más drásticas para acabar con los milicianos y usamos fuego de mortero sobre la ciudad para hacerlos salir. Fue una dura batalla que duró casi tres meses y donde murió mucha gente; entre ellos soldados libaneses, guerrilleros y civiles. Nosotros intentamos causar el menor daño posible a los civiles, pero los milicianos se mezclaban entre la población y era imposible distinguir quién era el terrorista", trata de justificarse el sargento.

Cerrado a cal y canto

Nahar al Bared, un año después de la tragedia, permanece cerrado a cal y canto. No se puede acceder al interior del campamento a no ser que se tenga un permiso especial que tarda dos meses en tramitarse. "Sí, por supuesto, los trabajos de reconstrucción han comenzado y van a buen ritmo", afirma el oficial mientras se atusa el bigote. Pero desde el exterior no se ven máquinas trabajando en el desescombro de las casas para comenzar con la reconstrucción, sólo soldados, fuertemente armados, custodiando todo el perímetro. Junto al antiguo campo de refugiados se ha levantado el nuevo Nahar al Bared pero no es ni una ínfima parte de lo que fue el anterior. La mayoría de los habitantes ha preferido emprender su vida lejos de lo que fue durante décadas su hogar.

La Agencia de Naciones Unidas para la Ayuda de los Refugiados Palestinos (UNRWA) ha estimado que el coste de la reconstrucción de este campamento superaría los 300 millones de dólares. Hasta el momento, nadie ha puesto ni un euro y las ruinas permanecen inmutables al paso del tiempo.
A unos cinco kilómetros de Nahar al Bared se levanta el campo de refugiados de Beddawi. Este enorme asentamiento acogió a la práctica totalidad de la población civil que huía de los combates.

"Nosotros acogimos al 70% de los refugiados", explica a Público el líder palestino Abu Smara, responsable del campamento. "Como no teníamos medios para alojarlos a todos tuvimos que habilitar la escuela para que pudieran dormir los primeros meses", continúa Smara.

Calor insoportable

"La UNRWA comenzó a levantar viviendas prefabricadas, pero al ser de metal, en verano el calor era tan intenso que era imposible vivir dentro, por lo que nosotros tuvimos que sufragar los costes de nuevas viviendas y levantarlas nosotros mismos", relata Smara apurando una taza de té mientras habla sin cesar de la precaria situación de quienes huyeron de Nahar al Bared.

Smara viste con las ropas de camuflaje del Ejército palestino. Todo el mundo sabe quién es y le paran en la calle para saludarle. "Aquí soy como el primer ministro", se jacta. La gente le respeta y le quiere. Tras él, su guardia pretoriana, cinco milicianos fuertemente armados con Kalashanikov, vigilan todos los movimientos de su líder.

El asentamiento de Beddawi da una idea muy clara de la situación. Calles angostas y sin asfaltar, sucias, donde la basura se acumula en las aceras; las paredes están decoradas con cárteles que hacen referencia al "genocidio palestino" como lo califican ellos, con fotografías de Arafat o de mártires que han atentado contra Israel y a los que se venera con auténtica devoción. Algunas tímidas banderas amarillas de Hizbolá decoran las fachadas de los edificios pero aquí predominan cuatro colores: el negro, el rojo, blanco y el verde, los que forman la bandera palestina. Todos los que viven en Beddawi son palestinos, situación que se repite en todos los campamentos de refugiados del Líbano.

Smara nos invita a una humilde casa donde su propietaria, una anciana de avanzada edad y que tiene un sencillo bastón como compañero de viaje, habla sobre su desgracia. "Tenemos que dormir en colchones sobre el suelo y usar los zapatos como almohada. Nadie nos ayuda", relata Em Mahmoud. "¡No somos perros, somos palestinos!, pero no nos quieren en ningún lado. Somos los desheredados de Palestina", continúa la mujer, que no puede aguantar las lágrimas y se derrumba gritando que quiere morir en Palestina, en su casa. La imagen se repite. El lamento y las lágrimas. "Todos vivíamos mejor en Nahar al Bared pero nadie hace nada por reconstruirlo. Yo tenía una casa de dos plantas, donde vivía con toda mi familia. Ahora sólo tengo dos habitaciones donde dormimos 11 personas", se lamenta Rafe, un granjero que se vio obligado a abandonarlo todo para salvar a su familia. Rafe sufre de cataratas en el ojo derecho, del que casi ha perdido la visión completa, pero no recibe ninguna ayuda médica.

La extrema pobreza es el pan nuestro de cada día en Beddawi. Los más perjudicados son aquellos que se vieron obligados a huir al amparo de la noche de Nahar al Bared para salvar sus vidas. Lo han perdido todo y sobreviven en este nuevo asentamiento gracias a la caridad de Smara y sus hombres que tratan de abastecerles de todo lo que necesitan. Sólo las risas de los niños jugando por la calle son capaces de romper con la tristeza que se respira en Beddawi.

La misma estampa en Beirut

Un enorme cartel con el escudo de Al Fatah, organización fundada por Yasser Arafat entre 1957 y 1959, preside la entrada al campamento de Burj el-Barajneh, que con 45.000 personas tiene el dudoso honor de ser el más importante de Beirut.

"Este campamento se fundó en 1948 [el año en que se fundó el Estado de Israel] y vinimos para quedarnos sólo unos meses, porque pensábamos que era una situación pasajera, pero ya va para 60 años", explica a Público Abu Bader, máxima autoridad del campamento. Bader tiene más pinta de político que de miliciano. No lleva uniforme, sino pantalones de pinzas y camisa de cuadros.

Durante los primeros años, la UNRWA se volcó con ellos prestándoles toda la ayuda humanitaria. "Gracias a ellos conseguimos salir adelante", puntualiza Bader. Los refugiados palestinos de Burj el-Barajneh contaron con ayuda de otros países árabes que se solidarizaron con su causa y mensualmente entregaban 100 dólares a cada familia. Pero la situación cambió radicalmente tras la guerra civil. "Al Fatah utilizó el dinero y la ayuda humanitaria para sus fines y compró armas para usarlas contra los cristianos, causando un baño de sangre. Al final quienes sufrieron las consecuencias fueron los civiles que dejaron de recibir ayuda de los países árabes", dice mientras apura el tercer cigarrillo.

Actualmente, el asentamiento de Burj el-Barajneh sólo recibe la ayuda humanitaria de la UNRWA y muy puntualmente de Al Fatah y de Hamás, que entregan dinero a sus afines, lo que provoca graves enfrentamientos dentro del campamento; ya que las facciones tienden a luchar por el control de determinados barrios. "Todo el mundo va armado aquí. No para luchar contra el Ejército libanés, sino para defenderse de los propios palestinos", admite Bader. Burj el-Barajneh dispone de dos hospitales que no dan abasto y que sólo tienen capacidad para atender pequeñas intervenciones. Les faltan materiales y les sobra suciedad y ganas de ayudar. La última tecnología de la que disponen es una máquina de Rayos X con más de 20 años de servicio. Las urgencias son derivadas a los hospitales de Beirut. Pero el problema que esto supone es que deben hacerse cargo de las facturas. Es decir, que los palestinos deben correr con todos los gastos. "La gente pide dinero a la familia, a los vecinos e incluso a nosotros mismos, todos tratamos de colaborar porque en el futuro nosotros podemos necesitar ayuda", explica Bader.

La sanidad es utilizada por el Gobierno de Fuad Siniora para tratar de conceder la nacionalidad libanesa a los palestinos. "Israel y EEUU han prometido a Siniora 5.000 millones de dólares sin logra que los palestinos nos nacionalicemos. Así Israel nos impediría regresar a nuestras casas. [Siniora] nos promete sanidad gratis si accedemos, de lo contrario no nos ayuda en nada - desvela Bader-. Pero Hizbolá nos alienta a que sigamos siendo fieles a nuestra nación a Palestina".