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Miércoles, 16 de Julio de 2008

Springsteen, efectivo piloto automático

El cantante estadounidense tiró de grandes éxitos en el comienzo de su gira española en Donosti ante un público adormecido

JESÚS MIGUEL MARCOS ·16/07/2008 - 07:59h

 

Un concierto de Bruce Springsteen es, entre otras muchas cosas, una batalla entre él y el público. A ver quién da más. Los seguidores nunca son meros espectadores, sino que participan activamente en el devenir del recital, llegando incluso a cambiar su rumbo. Si Springsteen comprueba que la gente le echa un pulso, si percibe que la masa osa igualarle en energía y dedicación, plantará cara. Y ahí, el concierto penetrará en el territorio de lo mágico, una nueva dimensión donde artista y público saben lo que les está ocurriendo. Están conectados y se retroalimentan. Hay comunión.

Esta experiencia no sucede siempre. Es más, ocurre muy de vez en cuando. Milán y Barcelona, las dos ciudades europeas donde más pasión levanta Springsteen, son plazas donde ese efecto está casi asegurado.

El martes en el estadio de Anoeta, en Donosti, un inicio de concierto memorable hacía presagiar una de esas grandes noches. Springsteen salió como un auténtico huracán. Tras abrir con Tunnel of Love –una forma de dar la bienvenida a Patti Scialfa, su mujer, que se incorporaba al tour -, enlazó sin pausa y de forma frenética, ojo, cuatro pepinos del tamaño de Radio Nowhere, No Surrender, Out in the Street y The Promised Land. Pero quería más, y cuando terminó esta última, agarrado al público de las primeras filas, se saltó el guión y soltó un alarido dirigido a la E Street Band: ¡Hungry Heart!, canción que no figuraba en el ‘setlist’. Y bordaron una potente versión del tema de 1980, con Springsteen pasándoselo pipa, correteando como un crío de un lado a otro de las pasarelas del escenario.

Público mustio 

Lo que ocurrió es que el ‘jefe’ se encontró delante un público de lo más mustio. Dos horas tardó la gente de la grada en levantarse de sus asientos (‘Badlands’ fue el revulsivo). En el césped tampoco se veía excesivo movimiento. Como si vas a una discoteca y te encuentras a la gente parada en la pista. Así, tras ese explosivo inicio, el concierto marcó una progresión descendente, perdiendo vibración, garra y energía, y entrando en el terreno de lo obvio, que contenta a todos los públicos pero le quita locura y desmadre al show. La coincidencia de varios temas lentos y de algunas canciones prescindibles –¿por qué recuperar el plastazo de Mary’s Place?- terminó por apagar la chispa.

Springsteen, sobrado de energía, constató en Thunder Road que la noche no era para rizar el rizo. Como hace habitualmente, dejó cantar la segunda estrofa al público, pero sólo se oyó un ligero murmullo de fondo. Así que continuó con clásicos tan infalibles como previsibles: ‘Born to Run’ y dos de sus canciones más pop, ‘Bobby Jean’ y ‘Dancin’ in the Dark’.

Salvo contadas excepciones, fue un concierto de grandes éxitos, con Because the night, Tougher than the rest o Badlands en cabeza. Echó mano de temas menos conocidos gracias a los fans de las primeras filas. Durante ‘Summertime Blues’, Springsteen recogió unos cuantos carteles con peticiones que luego interpretó, como 4th of July, Asbury Park (Sandy) y Growin’ Up, canciones de hace 35 años. Además, dedicó a un tal “Javier” otra de las rarezas de la noche: Incident on 57th Street.

Pero claro, cuando un artista que lleva tres horas dejándose la vida en el escenario se da la vuelta, mira a los miembros de su banda, les ordena –el ‘jefe’ no pide, ordena- que vuelvan a sus puestos y ataca una incendiaria versión de diez minutos de Twist & Shout, a los 35.000 espectadores que llenaban Anoeta ya no les quedó más remedio que ponerse a bailar.