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Martes, 15 de Julio de 2008

Los islamistas preparan su fiesta

Ni el Ejército ni la Policía osan entrar en el sur de Beirut, donde el Partido de Dios tiene el control absoluto.

ANTONIO PAMPLIEGA ·15/07/2008 - 19:49h

Unos trabajadores preparan el recibimiento a los presos de Hizbulá que serán liberados por Israel.

Cientos de fotos engalanan una de las principales vías de acceso a los suburbios de Dahiya, en el sur de Beirut. Los retratos rinden tributo a aquellos mártires (shaheed, en árabe) que perdieron la vida durante la guerra del 2006 contra Israel.

Público se adentró en el bastión de Hizbolá (El Partido de Dios), un pequeño ‘país' en la capital del Líbano habitado por más de medio millón de personas, donde ni la policía, ni el ejército de Fuad Siniora, el primer ministro libanés, se atreven a entrar por miedo a ser secuestrados.

Aquí, Hasán Nasralá, líder de Hizbolá y descendiente del profeta Mahoma, como atestigua su turbante negro, es la máxima autoridad y el único capacitado para dictar las normas.

La primera impresión que se lleva el visitante es que Dahiya es una ‘ciudad' que no descansa nunca. Grandes camiones, que trabajan en las obras de desescombro de los edificios arrasados por la última contienda con Israel, colapsan las principales arterias mientras enormes máquinas mueven montañas de escombros. Nubes de polvo inundan calles y aceras.

La suciedad se agolpa en las calles mientras guardias de tráfico, miembros de Hizbolá (por supuesto), se afanan en desviar a los coches lo más rápido posible. A ambos lados de una de las principales avenidas de acceso se puede comprobar cómo obreros y pesadas máquinas trabajan sin descanso en las labores de reconstrucción.

Los suburbios de Dahiya fueron una de las zonas más castigadas por los bombardeos del Ejército israelí. Aún hoy se pueden ver las huellas provocadas por los proyectiles. Cientos de casas derruidas o a medio derruir dan una idea de lo que ocurrió aquí en el verano de 2006.

Un Estado dentro del Estado 

Cuanto más se adentra el visitante en el corazón de Dahiya más pobreza y desolación se encuentra el visitante. Los extranjeros no suelen ser bien recibidos entre la población local, que se muestra reacia a hablar abiertamente sobre su ideología política. Piensan que todos son espías de Israel que les llevarán las fotografías y la información que necesitan para bombardear la zona en caso de guerra.

La prensa extranjera debe acreditarse debidamente en la oficina de prensa que posee Hizbolá en el centro de su bastión, sin la acreditación está terminantemente prohibido hacer fotos y se corre el riesgo de que confisquen la cámara. Todo el mundo sabe dónde está y un sencillo cartel de color amarillo con el logo de la milicia pro-iraní y la leyenda "el Partido de Dios resultará vencedor" indica el lugar exacto.

En el interior, Rana, la encargada de relacionarse con los medios está última semana, da la bienvenida a Público. "Nuestros hombres están ultimando los preparativos para el intercambio de prisioneros con Israel", se disculpa mientras sostiene a una niña de pocos meses sobre los brazos.

Rana es una joven que no debe superar la treintena pero a pesar de su aparente juventud presenta un carácter aguerrido y unas fuertes convicciones políticas y religiosas, no obstante cubre todo su cuerpo con una túnica de color negro y su pelo lo oculta con un sencillo velo del mismo color con detalles en granate. Sólo muestra su rostro y saluda llevándose la mano al corazón para evitar el contacto con otros hombres que no sean su marido.

"Se acercan días felices para la gente de Hizbolá, después de más de treinta años preso en Israel, Samir Kontar regresa a casa y estamos preparando una gran fiesta para darle la bienvenida a él y a los otros cuatro liberados. Será un día histórico para el Líbano, a la altura de nuestra victoria en 2006 contra el ejército Israelita", comenta mientras sonríe furtivamente sin poder ocultar su alegría. 

En las calles de Dahiya el ambiente es como el de la víspera de un día festivo. Cerca de la oficina de prensa de la milicia chií unos operarios se afanan en tener listo un gran escenario donde recibirán a sus ‘héroes'.

Miles de sillas permanecen amontonadas a la espera de ser colocadas sobre una inmensa explanada. Tímidas banderas comienzan a ondear en algunas fachadas de las casas mientras un enorme mural con el rostro de Nasralá preside los suburbios.

"La gente está comprando muchas banderas para dar la bienvenida a Kontar", comenta Nawal, le encargada de la tienda oficial de Hizbolá, donde el visitante puede encontrar desde un ejemplar del Corán hasta un retrato al óleo del líder del Partido de Dios. "Hemos vuelto a vencer a Israel", se despide eufórica haciendo el signo de la victoria con la mano.

Pero a falta de que llegue el gran día, la gente continúa con su vida cotidiana. Los habitantes de Dahiya abarrotan las calles agolpándose frente a los escaparates que exhiben ropa de corte occidental, televisiones planas o teléfonos móviles.

Las mujeres son las más numerosas en las calles. A diferencia de las demás mujeres de Beirut aquí el 90% usan el velo islámico para cubrir su cabello, pero dejan el color negro para las de mayor edad. Las jóvenes usan tonalidades más llamativas y visten con pantalones vaqueros o con largos vestidos.

Aquí, no está bien visto enseñar más que la cara, normalmente maquillada. Lo de la mini falda queda reservado para las chicas que suelen dejarse ver por el centro de Beirut. Aunque hay chicas jóvenes que lucen espalda y camisetas ajustadas sin que nadie se inmute. Es la amalgama de contrastes que rigen a los libaneses.

Una milicia omnipresente 

La mayoría de los grandes comercios de Dahiya están regentados por partidarios a la milicia. Lucen banderas con el logotipo de la formación o fotografías de mártires y del propio Nasralá.

Hizbolá posee, además, varias gasolineras y restaurantes. Por no hablar del hospital Al Rassoul Al Aazam, regentado por la milicia pro-iraní y donde la población civil es atendida sin necesidad de sufragar ningún tipo de gasto. Todo corre a cuenta de Nasralá.

La calma es la principal característica que rige este bastión. Las armas brillan por su ausencia, a diferencia de otros lugares de la capital donde es fácil ver a soldados fuertemente armados.

"Aquí Hizbolá es la ley. Puedes dejar el coche abierto con la cartera llena de dinero en el asiento que cuando regreses la encontrarás en el mismo lugar. Puede que no se vea policía o milicianos por la calle, pero están y saben lo que ocurre en cada lugar y en cada momento", asegura Ibrahim, un anciano que vende café, té y tabaco en la parte de atrás de su furgoneta.

Uno de los restaurantes más populares entre los jóvenes de Dahiya es el ‘Buns and Guns' (Panecillos y armas). Este local recrea a la perfección un búnker de guerra, con sus sacos terreros a la entrada y su toldo de camuflaje impidiendo que el sol de directamente sobre los numerosos clientes que abarrotan el local.

El dueño de este peculiar lugar, donde te puedes comer una Magnum 357 (alitas de pollo, patatas fritas y un bocadillo de pollo) por menos de cinco euros, es Yossef un árabe que estudió empresariales en Estados Unidos.

"Hizbolá han sido los únicos que han invertido dinero en esta zona. Ellos han sufragado todos los costes. El gobierno de Siniora no ha puesto ni una libra para ayudarnos. Si no fuera por los milicianos tendríamos que haber dejado este lugar e irnos a otra parte. Cómo no va a poyar la gente los milicianos".

El sentimiento de Yossef se repite una y otra vez. Todos están agradecidos a Hizbolá por la ayuda que les ha prestado después de la guerra con Israel. Todos están en deuda con Nasralá, al que adora como si fuera la reencarnación del profeta Mahoma.

"Todo es obra suya. Donde antes había escombros y ruinas ahora hay edificios, él debería ser el primer ministro del Líbano y no Siniora", narra Nabih un obrero de la construcción que trabaja en las labores de desescombro de la que fue la casa del líder chií y que hoy está totalmente demolida por las bombas israelíes.

Dahiya vuelve a resurgir de sus cenizas después de los aciagos días de julio y agosto de 2006 que sembraron de polvo este suburbio del sur de Beirut, donde Hizbolá ha levantado su imperio a base de ayudar a los más necesitados a golpe de talonario.

Nasralá es venerado como un Dios mientras que Siniora y el gobierno que representa son repudiados y odiados. "Dahiya continuará siendo el bastión de Hizbolá por muchas bombas que lancen desde Israel", señala Nabih. El almuédano comienza la llamada a la oración, el suburbio del sur comienza a hervir nuevamente en su frenesí diario hasta que la próxima contienda saque del ostracismo a sus vecinos.