Archivo de Público
Domingo, 13 de Julio de 2008

El preso 61 de Guantánamo

Murat Kurnaz pasó cinco años en la base estadounidense pese a ser inocente

GUILLAUME FOURMONT ·13/07/2008 - 19:22h

En el libro ‘Un inocente en el infierno’, el ex preso narra cómo los norteamericanos torturaban incluso a niños de 9 y 12 años.

Ni rencor, ni ánimo de venganza. Murat Kurnaz nunca alza el tono cuando cuenta su historia. Sometido a electroshocks, a inmersiones en agua, colgado de cadenas boca abajo, insultado, amenazado de muerte, entre otras muchas torturas, Kurnaz fue detenido durante casi cinco años en la base de Guantánamo, en Cuba.

Era inocente. Libre, convertido en activista para la defensa de los Derechos Humanos, Kurnaz narra su experiencia en el limbo jurídico estadounidense en Un inocente en el infierno. Cinco años en Guantánamo (Star/RobinBook), que presentó el pasado jueves en Madrid.

Turco nacido en Alemania, Kurnaz tenía 19 años cuando decidió viajar a Pakistán el 30 de octubre de 2001. "Quería profundizar en mi religión, ayudar, y pensé que Pakistán era el mejor sitio para ello", afirma tras su liberación.

Vivía con sus padres en el barrio turco de Bremen, donde trabajaba de manera ocasional en la fábrica Mercedes, hasta que empezó a interesarse cada vez más en el islam y a acudir a las distintas mezquitas de la ciudad.

Se dejó crecer la barba; conoció a amigos que le llamaban la atención sobre la situación en Afganistán, entre ellos un tal Selcuk; pasaba cada vez más tiempo con miembros de la Jamaat Al Tablighi, organización misionera islámica relacionada con el extremismo; vendió su móvil y otros bienes para comprarse un billete de avión a Paquistán. Quería estudiar en una escuela coránica de la Jamaat en Lahore.

Después del 11-S, un historial así era suficiente para ser acusado de terrorista o miembro de Al Qaeda. Fue lo que pensó la policía paquistaní cuando detuvo a Kurnaz, el 1 de diciembre de 2001, en un control de carretera. ¿Turco, alemán, periodista, terrorista, simple estudiante?

Los paquistaníes no se lo pensaron dos veces para entregarlo al Ejército de Estados Unidos. "Me vendieron por 3.000 dólares", asegura. "En países como Pakistán o Afganistán, es normal que algunas personas delaten a otras a cambio de dinero. Con ello solucionan muchos problemas, son gente muy pobre", añade como si hubiera olvidado los violentos interrogatorios a los que fue sometido en las cárceles paquistaníes.

Una visión sosegada de Guantánamo 

El libro es sereno, retrata el sistema carcelario estadounidense, desde la base de Kandahar, en Afganistán, hasta los campamentos de Guantánamo. Kurnaz denuncia las torturas sin describirlas, todo se sobreentiende: "Una noche, los centinelas nos trajeron baklava de postre, un dulce típico turco-árabe. Yo no quise. No me fiaba. Después de esto, un preso de mi bloque no se despertó a la mañana siguiente. A otro le salía espuma blanca de la boca".

Es uno de los pocos ejemplos que da Kurnaz cuando se le pregunta sobre la tortura. Mide unos 1,70 metros y pesa unos 90 kilos de músculo. "El sistema en Guantánamo era "No reglas, no derechos"; todo lo que usted imagina, me lo hicieron".

Tras pasar casi dos meses en Kandahar, Kurnaz fue trasladado al campamento X-Ray de Guantánamo el 2 de febrero de 2002. Recuerda cómo le afeitaron la barba y la cabeza antes de vestirlo con un mono color naranja, una máscara y un casco para los oídos. "Era para protegerlos a ellos, para que no pudiéramos infectarlos".

Kurnaz era el preso 061, llevaba el número inscrito en una pulsera de plástico. Su celda medía 1,80 metros de ancho por 2 de largo. Al llegar, un militar le preguntó : "¿Sabes lo que hicieron los alemanes con los judíos? Es exactamente lo que ahora vamos a haceros a vosotros".

Siguieron interminables interrogatorios: "Eres de Al Qaeda. ¿Dónde está Bin Laden? ¿Conoces a Mohamed Atta? ¿Dónde está Bin Laden?...". Para aliviarse, sólo tenía que firmar unos papeles. "¡Nunca firmé!", afirma Kurnaz. ¿Cómo aguantó? ¿Cómo sobrevivió? "Es parte de mi religión ser paciente", responde sereno. "Podían matarme en cualquier momento y siempre pensé que cada día sería el último de mi vida", añade antes de denunciar las torturas a las que fue sometido con los demás presos: "Me encadenaron por las muñecas, los pies en el vacío. El preso que estaba en frente de mí no aguantó y murió. Entre los detenidos, había niños de 9 y 12 años, y los torturaron".

La inocencia de Kurnaz 

Las autoridades estadounidenses reconocieron a finales de 2002 que no tenían ninguna prueba contra él y podrían haberle liberado. Pero en Alemania, Kurnaz era "El talibán de Bremen", condenado como tal en la prensa y por las autoridades.

Se contó que no tenía billete de vuelta y que planeaba luchar en Afganistán, como aquel amigo Selcuk, supuestamente muerto en un atentado suicida. El entonces ministro de Asuntos Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, declaró que su gobierno tenía "motivos para suponer que Kurnaz viajó a Paquistán para luchar con los talibanes contra Estados Unidos".

"Miente". Kurnaz tampoco alza la voz para acusar a las autoridades. "La Jamaat Al Tablighi ayuda a mucha gente en Pakistán, a pobres y a jóvenes huérfanos. No tiene nada que ver con la violencia y nunca fueron procesados.

"Nunca quise ir Afganistán para la Yihad". Cuando fue detenido por la policía paquistaní, iba de camino a casa, tenía el billete de avión de regreso a Alemania en el bolso. Respaldado por un abogado alemán y otro estadounidense, y gracias a la campaña lanzada por su madre, Kurnaz fue liberado el 24 de agosto de 2006. Descubrió que Selcuk nunca había ido a Pakistán y que vivía con su familia en Alemania.

No puede olvidar lo que sucedió y continúa sucediendo cada día, no sólo en Guantánamo, sino en otras cárceles del mundo. "Quiero denunciar lo que ciertos políticos y autoridades consienten en nombre de la democracia", afirma.

"El 95% de los prisioneros que permanecen encarcelados son inocentes, el resto son pequeños delincuentes que no tienen nada que ver con el terrorismo". Kurnaz atribuye su detención con el afán de Estados Unidos de demostrar su potencia: "Necesitaba reafirmar su imagen de potencia mundial tras el 11-S, y buscaron a falsos culpables. Si EEUU estuviera convencido de su culpabilidad ya los habría juzgado".

Cuando llegó a Bremen, Kurnaz se encerró varias semanas antes de narrar su historia. Nunca habló de lo ocurrido a sus padres. "Pasé cinco años de mi vida aunque era inocente. Los culpables, sean quienes sean, deben pagar".

Los nombres de los militares que le torturaron están en el libro. Tiene 26 años y habla como si tuviera 20 más. "¿Me ha cambiado Guantánamo? No lo creo. Pero sí aprendí lo mucho que significa ser libre". Y cuando se le pregunta en qué piensa nada más pronunciar la palabra Guantánamo, Murat Kurnaz osa decir: "Es un sitio bonito del Caribe".