Archivo de Público
Domingo, 4 de Noviembre de 2007

La red de las maravillas y la cultura

En la ruta de la seda, la vía comercial que unió Asia con Europa, también fluyeron durante siglos las ideas y los credos

JESÚS CENTENO ·04/11/2007 - 11:30h

Dicen las crónicas antiguas que cuando, el general romano y gobernador de Siria Marco Licinio Craso cruzó el Éufrates para enfrentarse a los partos –año 53 a.C–, quedó fascinado ante las banderas de guerra de su rival, luminosas y resplandecientes, fabricadas en un delicado tejido que nunca había visto en su vida. Craso fue derrotado en su guerra, pero, décadas más tarde, las familias más acaudaladas de Roma se vestían con aquella tela preciosa, la seda, cuyo secreto “sólo los chinos conocían”.

Bastantes siglos después, Marco Polo recorrió aquellos reinos legendarios donde se traficaba con éste y otros tejidos, especies exóticas y piedras preciosas. El carbón, el papel moneda o la pólvora fueron importados a Europa gracias, en parte, a este viajero incansable que residió varios años en China. Ambicioso hombre de negocios, Marco Polo supo captar el pensamiento oriental y sus tradiciones con el fin de traerlas algún día a un Occidente aún sumido en las tinieblas medievales.

Cuna de mil leyendas

En realidad, la denominación Ruta de la Seda se la debemos al geógrafo alemán Barón von Richthofen, que bautizó así a las vías de comercio que existieron entre Asia y Europa durante centurias. Con la seda se importaban y exportaban oro, plata, marfil, vidrios, perfumes, tintes, pieles, porcelana, jade, ámbar, bronce e incluso laca. De China se trasladaron a Europa la naranja y el albaricoque, la mora y el melocotón, junto con las rosas, camelias y crisantemos. Y, desde Persia, echaron raíces en Oriente las granadas, el jazmín, los dátiles y un sinfín de hortalizas y hierbas medicinales.

La red estaba compuesta por un haz de caminos agrupados en torno a dos principales: la Ruta de las Estepas y la Ruta de las Montañas. Aunque el tráfico comenzó mucho antes de que se supiera de su existencia, se puede decir que afloró en China en el 138 a.C. por deseo del emperador Wu, de la Dinastía Han. Nacía en Chang’an y de ahí cruzaba al oeste, atravesando el país de los uigures hasta alcanzar la ciudad fronteriza de Kasghar. Después, un ramal seguía hasta la India y otro atravesaba las estepas de Asia Central, alcanzando el Mediterráneo por costas sirias y libanesas. Terminaba en Constantinopla, a 10.000 kilómetros de su origen.

En tiempos de paz, prosperaron ciudades cuyos nombres tienen aún resonancias míticas. Algunas ya no están en los mapas. Otras, como Samarkanda, se convirtieron en centros mundiales de la cultura y el comercio. En su camino quedaban accidentes geográficos insuperables, como el macizo del Pamir, con puertos de montaña de 5.000 metros de altitud, o los desiertos de Gobi, que en mongol significa “lugar sin agua”, y de Taklamakán, que quiere decir “lugar donde entras pero no sales”.

La ruta fue también cuna de la religión. Por ejemplo, del budismo: desde la India a Taxila y desde allí hasta el Tíbet, cientos de monjes, peregrinos, maestros y discípulos viajaban en busca del saber, que transportaban a los monasterios. Muchos de sus textos eran traducidos por los distintos reinos, que importaban sus conocimientos sobre filosofía, arte, medicina o astronomía.

Los peligros del camino

Las mercancías se intercambiaban en una compleja carrera de relevos, encareciéndose a medida que adquirían una pátina de rareza y lejanía. Los mercaderes tardaban años en regresar, aunque la media solía estar en ocho meses. Otros no volvían nunca y sus huesos sembraban la arena. Para salvaguardarse de asaltadores y ladrones, el recorrido estaba salpicado de caravansares, lugares fortificados de descanso para las caravanas, protegidas por guarniciones que garantizaban la seguridad de viajeros, correos, filósofos y negociantes, que buscaban el mejor precio en los mercados de su propio territorio o aventurándose en las fronteras de otros reinos.

Con el apogeo del Islam bajo la dinastía Omeya (661-770), la mitad occidental de la ruta de la seda comenzó su declive. Se ahogó el comercio con otros reinos y aumentaron los precios y tasas. Los intermediarios islámicos, conscientes del beneficio económico que dejaba este trasiego comercial, no permitían la entrada de comerciantes europeos o asiáticos en la ruta, haciéndose imprescindibles.

En el siglo XV, con el auge de la navegación y los nuevos imperios, la Ruta languideció. Muchas de las ciudades que habían crecido con ella se convirtieron en ruinas.