Archivo de Público
Miércoles, 9 de Julio de 2008

Niños esclavos de una lata

Cientos de miles de menores talibes mendigan en el África subsahariana obligados por sus padres y profesores

DANIEL AYLLÓN ·09/07/2008 - 22:52h

Daniel Ayllón - La mendicidad y la venta ambulante son una constante en las calles céntricas de Dakar (Senegal).

A sus cinco años, Alí ya ha recibido varias palizas de su marabout (líder religioso). Desde que se levanta de madrugada hasta que se acuesta, su obligación es estudiar el Corán y mendigar todo el día con su lata roja por las calles de Dakar (Senegal). El objetivo: conseguir dinero para su madraza, la escuela coránica en la que estudia.

A media mañana, Alí sólo ha conseguido un par de monedas, un puñado de azucarillos y una pequeña vela de cera. Si no reúne el suficiente, el marabout le volverá a pegar. Está aceptado socialmente en su país y en la mayoría del África subsahariana. En 2004, Unicef cifró en 100.000 los menores de edad (conocidos como talibes) que deambulaban por las calles de Senegal. Las cifras en Gambia, Burkina Faso, Níger, Mauritania, Nigeria o Malí también son altas.

«Con la mendicidad, se potencia la humildad; con los castigos físicos, se les hace más fuertes»

Con la mendicidad se pretende educar en la humildad, explica un marabout de Nouakchott (Mauritania). Además, el educador defiende el uso de la violencia contra los niños cuando es necesaria: Les hace más fuertes. No pueden aprender las cosas con facilidad. Vosotros [los europeos] veis las cosas diferentes. Sois distintos, argumenta.

En su madraza, el maestro imparte clase a 25 talibes de entre 5 y 22 años. Todos chicos. La educación de las niñas suele quedar al margen de estas escuelas. Los alumnos se despiertan a las 5:30 de la madrugada para hacer el primero de los cinco rezos diarios que dicta el Corán y dedican algunas horas al estudio de los escritos de Alá. El resto del día lo pasan mendigando. Sin tiempo de ocio.

Preocupación de las ONG

«El que mendiga no aprende a quitar la mano y se vuelve dependiente»

El Corán es la base de todo, es lo primero. Después vienen el resto de cosas, explica el marabout. Sin embargo, los métodos para impartir doctrina en las madrazas preocupan a las ONG presentes en estos países. Es complicado trabajar con los marabouts, partimos de concepciones muy diferentes y algunos rechazan nuestra colaboración, explica Paloma Martín, coordinadora de Save The Children en Mauritania.

Una de sus preocupaciones es que los niños no tengan tiempo para jugar y que la primera fase de su educación religiosa se centre en aprender de memoria el Corán en árabe (aunque muchos no hablen esta lengua, sino otras locales como elwoloff o el pular).

En los seis centros de Mauritania donde se les permite participar, Save The Children complementa esta educación con clases de matemáticas, árabe, talleres de pintura o fotografía, a elección de los niños. Es fundamental que elijan ellos mismos para que hagan cosas que les gustan, explica Paloma, sorprendida por la falta de interés en algunas materias: Le dan prioridad al Corán y creen que historia o ciencias no se pueden estudiar hasta los 12 o 14 años.

Además, a los maestros se les instruye en filosofía, pedagogía y la Convención de los Derechos del Niño de Naciones Unidas. Hay que enseñarles a mantener su cultura respetando los derechos humanos, señala.

Familias rotas

En Senegal es frecuente encontrar a niños de Malí o Gambia por las calles. Los padres ceden su educación a los marabouts de otros países durante años con el fin de evitar que se desconcentren. En algunas familias, el contacto queda suspendido durante más de diez años.

Hace unas semanas, un ministro de Mauritania criticó que los niños tengan que mendigar por las calles: El que mendiga no aprende a quitar la mano y se vuelve dependiente. El profesor defiende indignado que es una forma de hacerles más fuertes. Puedo hablarle de muchos niños talibes que se han vuelto comerciantes y han emigrado a Francia y Estados Unidos, declara orgullosa.

Después de mendigar durante todo el día por las calles de Dakar, Alí regresa a la madraza con Hassan, otro niño que desconoce su propia edad y con el que comparte mendicidad. Allí se reunen con sus compañeros, con los que dormirán hacinados en un aula para hacerse más fuertes. En algunas madrazas, llegan a descansar hasta 45 talibes en salas de 30 metros cuadrados. Mano de hierro sobre cuerpos de mimbre.