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Viernes, 4 de Julio de 2008

Mercurio: el fósil viviente

Los datos recogidos por la sonda ‘MESSENGER', que sobrevoló el planeta más cercano al Sol el pasado enero, revelan que bajo el rostro arrasado y calcinado de su superficie se esconde un núcleo de metal fundido muy dinámico

JAVIER YANES ·04/07/2008 - 09:50h

NASA - Mercurio.

En su tránsito sobre el disco solar, Mercurio parece una mota sobre la foto que podría rascarse con la uña. El más pequeño de los planetas del Sistema Solar -desde la degradación de Plutón-, con una superficie equivalente a la del Océano Índico, ha planteado a los científicos un aluvión de interrogantes cuyas respuestas esperaban extraer de su rostro plagado de cicatrices.

El pasado enero, la sonda de la NASA MESSENGER describió el primero de sus tres vuelos sobre Mercurio antes de su futuro anclaje a la órbita. Las 500 MB de datos y las 1.213 imágenes enviadas por la nave han tenido ocupado a un nutrido grupo de científicos durante meses, hasta traducirse en una batería de 11 estudios que hoy publica Science.

La primera lección en ciencias mercuriales viene a tirar por tierra la impresión más inmediata que el ojo se hace de este planeta: a pesar de su apariencia selenita, Mercurio guarda pocas semejanzas con el satélite terrestre.

El investigador principal de la misión, Sean Solomon, de la Carnegie Institution de Washington (EEUU), lo advertía en la presentación de las primeras imágenes, el pasado enero: "No es como la Luna, ni se parece a nada que hayamos podido ver antes".

En esta singularidad del primer planeta insiste Solomon, en entrevista concedida a la revista Science: "Estudiamos Mercurio porque se formó por los mismos procesos y al mismo tiempo que la Tierra, pero el resultado fue totalmente distinto".

Una primera diferencia fundamental con la orografía lunar es la identidad del principal responsable de su relieve. Los científicos han determinado que la faz de Mercurio no es sólo el resultado de las heridas provocadas por los meteoritos, sino que las cicatrices, grabadas por el intenso bombardeo cósmico que concluyó hace 3.800 millones de años, fueron remodeladas por una feroz actividad volcánica.

En el terreno son evidentes, apuntan los científicos, las huellas de flujos piroclásticos -avalanchas de roca y gas incandescentes, como la que arrasó Pompeya- y extensas coladas de lava que rellenaron cráteres de impacto como el Caloris, uno de los mayores del Sistema Solar, con una superficie que se tragaría dos veces a España.

Increíble planeta menguante

Otro fenómeno adicional contribuyó a tallar el aspecto actual de la calavera fósil de Mercurio. Tras su enfriamiento, el planeta encogió, lo que surcó de arrugas y fallas su superficie.

Este proceso de contracción, que Solomon bautiza con humor como "el increíble planeta menguante", fue al menos un tercio más intenso de lo que sugerían las imágenes de la Mariner 10, el único visitante anterior a esta antesala rocosa del Sol, a mediados de la década de 1970.

Con estos datos, los científicos han logrado reconstruir una buena parte de la historia de Mercurio. El responsable del analizador de plasma de la MESSENGER, Thomas Zurbuchen, de la Universidad de Michigan, sentencia: "Hemos hecho un análisis forense de Mercurio".

Pero aunque los volcanes ya no rugen allí, lo cierto es que el planeta no está, ni mucho menos, muerto. Los investigadores ya conocían una peculiar similitud entre la Tierra y Mercurio: al contrario que Venus y Marte, los dos poseen un campo magnético, característica que Mariner 10 ya descubrió en Mercurio.

La dinamo que genera el magnetismo terrestre reside en la capa externa del núcleo, compuesta de hierro y níquel fundidos que circulan en corrientes de convección.

En el caso de Mercurio, las estimaciones de densidad predecían una alta proporción de hierro en la composición del planeta, pero este metal apenas alcanza el 6% en la capa superficial. La explicación más probable era un enorme núcleo férreo, pero su gran tamaño -hasta el 60% de su masa, más del doble que en otros planetas- y su delgada corteza vaticinaban que el calor se habría disipado para dejar un núcleo sólido y paralizado.

Los científicos han logrado reconstruir una buena parte de la historia de Mercurio

No es así. La parte más interna, como en la Tierra, está solidificada, pero la capa exterior es líquida, lo que promueve un efecto dinamo semejante a su equivalente terráqueo que, sospechan los autores de los estudios, aún está activo.

"Una de las cosas más sorprendentes de Mercurio es lo extremadamente dinámico que es", dice Solomon. El director científico del proyecto describe un sistema voluble que relaciona estrechamente el campo magnético de Mercurio con su núcleo, su superficie, su atmósfera y el viento solar que lo envuelve.

La capacidad de Mercurio para albergar sorpresas no acaba aquí. El científico explica a Science: "Hace poco más de 15 años, un radar terrestre detectó que había depósitos en los polos que parecían de agua helada".

El secreto, señala Solomon, es que el movimiento del planeta oculta permanentemente zonas del fondo de los cráteres de la luz del Sol, manteniéndolas a 180ºC bajo cero y obrando así el milagro de que, incluso en esta roca calcinada a más de 400ºC, se escondan depósitos de hielo, quizá procedentes del antiguo bombardeo de asteroides y cometas.

Completando el puzle

Con esta primera oleada de fotografías y datos, los investigadores han cubierto la mitad de la superficie que escapó al escrutinio de la
Mariner 10. En sus tres pasadas sobre Mercurio, entre 1974 y 1975, aquella sonda barrió un 45% del planeta.

La primera operación de la MESSENGER, que la acercó a una altura de 200 kilómetros sobre el suelo, ha añadido otra porción del 21% al registro científico. Los dos sobrevuelos restantes, previstos para el 6 de octubre de este año y el 29 de septiembre de 2009, forman parte de una maniobra que concluirá anclando la nave a la órbita del planeta, lo que ocurrirá el 18 de marzo de 2011.

Para entonces, el puzle de Mercurio será considerablemente más nítido, una circunstancia que facilitará futuras misiones como la
BepiColombo, planificada por las agencias espaciales europea y japonesa para 2013.

Entre otros cometidos, al proyecto euronipón se le encomendará un delicado encargo: poner a prueba la validez de la teoría de la relatividad general de Einstein. Quién sabe si las sorpresas de Mercurio no han hecho más que comenzar.