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Viernes, 2 de Noviembre de 2007

La vida que surgió de la química ficción

El uso de la ciencia en la literatura ha permitido crear peculiares organismos

JESÚS HIDALGO ·02/11/2007 - 22:08h

George Clooney en un fotograma de 'Solaris'

Cuando en la serie Star Trek la tripulación del U.S.S. Enterprise acudió al planeta Janus IV para ayudar a unos mineros amenazados se topó con el Horta, una forma de vida inteligente basada en el silicio. No andaban descaminados sus guionistas a la hora de elegir a este elemento para sustituir al carbono como base para lo vivo; sus átomos también pueden llegar a configurar moléculas en forma de largas cadenas.

También Isaac Asimov creó seres vivos minerales, como la siliconia del relato La piedra viviente (1955). Incluso el temible monstruo de Alien, el octavo pasajero (1979) de Ridley Scott, poseía una piel a base de un polímero de silicona, que impedía que su sangre de ácido sulfúrico la traspasase.

El novelista y científico Fred Hoyle también creó vida inorgánica en su obra La nube negra (1957). En ella imagina una masa de materia interestelar dotada de vida e inteligencia. Su cuerpo gaseoso, capaz de cubrir la Tierra, tiene similitudes con la fisiología humana en su funcionamiento. Su sangre es una corriente de gas movida por bombas electromagnéticas. Algo parecido, pero esta vez una mente única a nivel planetario, es lo que propone Stanislaw Lem en su novela Solaris (1961). El libro dio lugar a dos versiones cinematográficas; una dirigida por Andrei Tarkovski en 1972 y otra protagonizada por George Clooney y realizada en 2002 por Steven Soderbergh. La obra plantea un planeta que contiene un océano-cerebro protoplasmático. La idea es anterior a la hipótesis de Gaia de James Lovelock, quien ve también a nuestro propio planeta como un organismo vivo.

Muchos autores de ciencia ficción son expertos en imaginar mundos e intentar hacerlo de forma respetuosa con la ciencia. Este es el caso de Hal Clement, quien en Misión de Gravedad (1953), narra la vida en las difíciles condiciones del planeta Mesklin, un mundo con una gravedad tan poderosa que sus habitantes se han adaptado a vivir en una realidad bidimensional. Pero para condiciones extremas, las sufridas por unos seres inventados por el astrónomo Robert L. Forward, en Huevo del dragón (1980). Los cheelas son habitantes de una estrella de neutrones que tienen que vivir adaptados a una realidad donde la materia se halla colapsada por una descomunal fuerza de gravedad.

La astroquímica se dedica a estudiar la composición de las nubes moleculares de gas y polvo que hay en el espacio, donde nacen las estrellas. En A Través del Mar de Soles (1984) de Gregory Benford, la nave Lancer se topa en su travesía con una de estas nubes de polvo estelar. En ella las reacciones químicas han creado las moléculas primitivas de la vida, demostrando, una vez más, que si hay un lugar donde ésta no conoce límites es en la imaginación humana.