Archivo de Público
Viernes, 20 de Junio de 2008

Nos queremos mucho

ISAAC ROSA ·20/06/2008 - 19:52h

Como esas parejas que, tras una mala racha que les pone al borde de la ruptura, deciden regalarse un viaje para celebrar la reconciliación, así el PP ha querido regalarse un congreso que en sus horas iniciales parecía un placentero crucero mediterráneo en vez de la batalla que hace sólo dos semanas se anunciaba. Como ese matrimonio que tras superar la crisis se dedica a cicatrizar heridas, y presume de felicidad, de fidelidad, de amor para siempre; así también el PP, que quiso convertir la sesión inaugural en una celebración, en un día de felicidad, de amor.

En los pasillos, ante los micrófonos, una y otra vez los dirigentes se decían unos a otros lo mucho que se quieren, lo bien que están juntos, los años de perdices que tienen por delante, y yo a ti más. Así, el congreso que se esperaba crispado aparentó ser en sus previos una fiesta de sonrisas y abrazos. La consigna era evidente: frente a la imagen de un PP fracturado, enfrentado, y con un líder moribundo, mostrar desde ahora un partido unido, fuerte, orgulloso y feliz.

Las palabras de los líderes abundaban en expresiones de unidad y alegría, pero además se esforzaron porque el envoltorio transmitiese los mismos sentimientos positivos. Así el atuendo de los principales protagonistas, cuyos asesores de imagen se pusieron de acuerdo para evitar el envarado estilo institucional, en favor de un look casual en el que seguramente influía el emplazamiento valenciano: sin corbatas ellos, con colores alegres ellas; sonrientes todos, guapos los que pueden. El ambiente estival lo acentuaban los anfitriones mediterráneos, Camps y Barberá, con sus bronceados carbonizados, como los de sus colegas murcianos y andaluces. La propuesta de vestuario informal había prendido también en muchos de los compromisarios, todo lo cual le daba a la inauguración del congreso un aire de crucero vacacional, como si el "trasatlántico", del que habló el presidente valenciano días atrás como metáfora de la solidez del partido, se hubiese convertido en un buque de recreo a punto de zarpar, al que iban llegando los viajeros, felices y nerviosos.

El recinto ferial valenciano parecía así, minutos antes de la inauguración, ese barco atracado en el puerto, engalanado, en el que los afortunados pasajeros tomaban café en las terrazas, relajados, o paseaban por las cubiertas, impacientes por el cercano momento de zarpar.

Y cuando llegó el momento de soltar amarras, estalló la fiesta: tras el recibimiento triunfal a la tripulación, y los saludos entusiastas que ésta devolvía a la afición, los primeros discursos fueron como una lluvia de confeti sobre la nave popular: "Llegó el día, y llegó con felicidad. Aquí estamos", gritó la alcaldesa valenciana. Con su pasión parecía invitar a los compromisarios a fundirse en un abrazo. Todos juntos, reunidos en torno a la mesa familiar, incluido Rato, llegado en el último momento como ese pariente díscolo que se presenta a la cena para dar una alegría a la madre sufridora. En plena celebración de la unidad parecía que en cualquier momento se iba a abrir la puerta e iba a entrar María San Gil para protagonizar una escena de reconciliación con Rajoy.

Pero ya sabemos que en las comidas navideñas siempre hay quien acaba empalagado de tanta felicidad impostada, y a los postres todo se viene abajo. Siempre hay una cuñada que mete la pata a posta y amenaza con echarlo todo a perder. Así, en mitad de la fiesta apareció la habitual cuñada antipática: Aznar, que dio la nota llegando tarde y saludando a Rajoy con frialdad, incluso con aparente desaire. A partir de ese momento el buen rollito fue desinflándose, y con las intervenciones de García Escudero y Acebes se acabó la fiesta. Volvimos a oír hablar del 11-M, de ETA, de las cesiones a Batasuna, de la ruptura del modelo autonómico, y de Zapatero, por supuesto, así como referencias directas a la reciente división del partido y a los principios irrenunciables. El tono más duro del secretario general saliente impidió a los presentes escuchar la sirena del crucero mediterráneo que se alejaba como un sueño. Comenzaba de verdad el congreso, y los compromisarios fueron perdiendo la sonrisa, y hasta el bronceado.