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Lunes, 16 de Junio de 2008

El desafío del sueño roto

Al menos una de cada cuatro personas tiene problemas para conciliar o mantener el sueño en los países desarrollados. El Congreso Anual de la Academia Estadounidense de Medicina del Sueño, que acaba de celebrarse en Baltimore, ha confirmado que  apenas hay novedades clínicas para prevenir y tratar el insomnio.

AINHOA IRIBERRI ·16/06/2008 - 21:26h

Más de 5.000 científicos y médicos acaban de reunirse en Baltimore (EEUU) para compartir las últimas novedades en medicina del sueño. El marco fue el congreso anual de la Academia Estadounidense de Medicina del Sueño (SLEEP 2008), el más importante del mundo de esta especialidad.

Se presentaron más de 1.000 estudios. Pero ninguno ha dado con la respuesta que aguarda al menos una cuarta parte de la población de los países industrializados, cómo solucionar un trastorno tan desesperante como el insomnio.

El coordinador de la clínica del sueño Estivill, Francisco Javier Segarra, afirmó recientemente en Madrid –donde impartió un seminario a farmacéuticos– que “la sociedad española está privada de sueño de forma crónica”. La causa principal, malos hábitos de vida, muy relacionados con los casos de insomnio transitorio, que afectan al 20% de los españoles.

Sufrir insomnio va mucho más allá de dormir mal. “Influye en la memoria, en el estado anímico, nos hace estar más irritables y puede conducir a la depresión”, resumió el experto. Dos trabajos presentados en Baltimore abundan en esa idea: uno reconoce el nexo entre el insomnio y la depresión en adultos jóvenes; el otro demuestra que la falta de sueño puede perpetuar los estados depresivos en las personas mayores.

El hecho de que no haya novedades espectaculares en el tratamiento del insomnio no quiere decir que éste sea un problema irresoluble. Las terapias –farmacológicas o no– son abundantes, pero la falta de consenso sobre lo que es realmente el insomnio lleva a muchos afectados a no consultar al especialista o a intentar todo tipo de tratamientos antes de buscar solución en la medicina.

Segarra sabe bien de qué habla, en su clínica ha atendido a padres de niños insomnes que ponían un microondas en la habitación de sus hijos porque habían descubierto casualmente que el sonido de este electrodoméstico hacía caer rendido al hasta entonces trasnochador niño.

El especialista explica que el mensaje más importante que hay que transmitir es que el insomnio es un síntoma, por lo que es fundamental buscar la causa. Las alteraciones físicas más asociadas son el síndrome de la apnea del sueño, el de las piernas inquietas y el del retraso de fases.

Para ellos, hay tratamientos específicos que ha de controlar un especialista en medicina del sueño. Pero ¿qué pasa con el cerca del 20% de españoles que no tiene estas alteraciones y no es capaz de dormir con normalidad?

El abanico de posibilidades terapéuticas incluye las técnicas cronobiológicas –enseñar a acoplarse a los cambios de horario, especialmente indicadas para trabajadores por turnos–, las cognitivo conductuales, las de relajación y las normas de higiene del sueño.

También hay medicamentos. Según explica el técnico del Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos de España Iván Espada, los fármacos actúan sobre todo sobre dos tipos de insomnio: “Aquel por el que te cuesta empezar a dormir y en el que te despiertas por la noche”. Se quedaría huérfano de medicamentos el tercer tipo, “en el que notas que no has tenido el descanso adecuado”.

Para los casos menos graves existen medicamentos que se pueden adquirir sin receta, por lo que el papel del farmacéutico es fundamental. Se trata de fármacos antihistamínicos –para el tratamiento de las alergias– que, como efecto secundario producen somnolencia. “Algunos laboratorios optan por comercializarlos como tratamiento del insomnio en lugar de para la alergia”, explica Espada.

El hecho de que estos fármacos sean de fácil adquisición pone sobre la mesa el problema de la automedicación. Explica Espada que los fármacos son menos tóxicos, pero no carecen de riesgos, por lo que lo ideal “es que esté pautado por un experto para evitar un efecto rebote”. Espada es partidario de recomendar antes las plantas medicinales, “como la valeriana o la parsiflora”.

El psicólogo del centro Activa (Madrid) José Antonio Tamayo apunta por su parte a la terapia cognitivo conductual, así como a las técnicas de relajación muscular progresiva y a las que ayudan a controlar las rutinas. “Puede parecer una tontería, pero en el dormitorio ha de haber un ambiente propicio para dormir; no se puede comer ni trabajar en la cama”.

El insomnio es, por lo tanto, un problema con muchas soluciones, pero poco protocolo. Acudir al especialista es, de nuevo, el mejor (quizás el único) consejo que hoy por hoy se pueda dar.

Mitos sobre la falta de sueño 

 

1. Cansarse para dormir

 La lógica podría decir que, para asegurarse un buen sueño, es importante estar cansado y que, para ello, nada mejor que hacer deporte. Sin embargo, la relación del deporte y el insomnio es paradójica. Por una parte, los expertos tienen claro que la práctica regular de ejercicio facilita el dormir bien pero, por otra, recomiendan no hacer deporte en las tres horas anteriores a irse a dormir. La razón: proporciona una energía inmediata incompatible con una buena conciliación del sueño.

2. Contar ovejitas

 Aunque es uno de los mitos más extendidos, contar ovejas cuando se ha perdido el sueño no ayuda a recuperarlo. El asunto ocupó incluso a científicos de la Universidad de Oxford que, en 2002, hicieron un estudio para demostrar la validez de este remedio tradicional. En el trabajo, publicado en la revista New Scientist, se demostró que era más efectivo imaginarse cualquier escenario relajante –como una cascada de agua– que contar ovejas. Los expertos recomiendan no quedarse en la cama.

3. Una copita de alcohol

 Sería difícil negar que el alcohol da sueño. Aún así, es una de las sustancias menos recomendables para los insomnes, porque la somnolencia que produce es de efecto limitado; es decir, hace que la persona duerma durante periodos cortos de tiempo, con despertares frecuentes, causados, entre otros motivos, por la deshidratación que provoca. Además, el alcohol combina mal con los fármacos para el insomnio, incluso con aquellos que no requieren de receta. La precaución es esencial.

4. Ocho horas al día

 El insomnio es un trastorno muy subjetivo. Por esta razón, a los insomnes no les viene bien sentir que tienen que cumplir con unas determinadas horas de sueño para rendir bien al día siguiente. No hay ningún estudio que diga que se haya de dormir ocho horas diarias. Aunque se reconoce que el tiempo ideal en un adulto debe oscilar entre las siete y las nueve horas, cada organismo tiene sus necesidades. Hay personas que duermen cinco horas y funcionan muy bien.

5. El sueño no se recupera

En contra de lo que mucha gente cree, el sueño no se recupera. Es decir, dormir mucho el fin de semana no compensa el cansancio acumulado durante una semana de sueño irregular. Es famoso el caso del adolescente estadounidense Randy Gardner, que en 1964 protagonizó un experimento que le llevó a estar 11 días seguidos sin dormir. Tras entrar en el libro Guinness de los Récords –y sufrir importantes trastornos psiquiátricos– durmió sólo 14 horas seguidas.

Un minuto de insomnio. Por Juan J. Gómez

 Quién no ha pasado alguna vez una noche sin dormir, a su pesar, quiero decir. Una muela picada (con el mundo), un vecino muy amigo de sus amigos, un mosquito virtuoso del free jazz. Algunas profesiones, de forma crónica o eventual, son incompatibles con el sueño nocturno: médicos, panaderos y militares de baja graduación tienen pesadillas, en lo poco que sueñan, con sus guardias.

Otra forma de velar la ejemplifica Eduardo Galeano: “No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta”. Bonito, ¿verdad?, aunque den ganas de decirle al protagonista que merece sus desvelos, por moña. Otro escritor, Alfredo Bryce Echenique, dedicó una novela, Reo de nocturnidad, a contar su experiencia con el insomnio. En ella escribió: “Un insomne se da cuenta de todo, siempre, y precisamente por eso no duerme nunca”.

Cierto amigo me dijo en una ocasión que si él pasara las noches sin dormir aprovecharía para leer y hacer “muchas cosas interesantes”; claro que otro me soltó una noche que le disgustaba del jazz que cada músico hiciera su particular solo después del estribillo...

Del insomnio, como de los cuernos, sólo debería hablar quien lo haya sufrido. Una vez se aprende, además, jamás se olvida, como montar en bicicleta, o sea, como todo. Los psicólogos lo atribuyen a un siniestro pepito grillo interno, un subconsciente que grita toda la noche porque se le desoye todo el día.

¿Y qué se hace? Una vez se fracasa con diluvios universales de duchas templadas, las cuatro mil esquinitas que tiene mi cama, ejércitos de inquietantes ansiolíticos flotando en los siete mares de leche tibia, una amazónica selva de valeriana y una atlética Dolly saltando vallados ad infinitum, se intenta acallar al incansable gritón a pastillazos (ahí las madres son buenas dealers), o se puede hacer más ruido que él, a golpe de güiscazos.

Pero son remedios pasajeros y, si se prolongan, contraproducentes. El enemigo vuelve siempre después de esas malas treguas, reforzado. Quizá sólo quepa negociar con él, pero ¿quién encuentra hoy día tiempo (o valor) para hacerlo?

Esta columna ya termina y su caótica sintaxis habrá provocado cierto desasosiego en el lector. Ha sido apenas un minuto. ¿Imagina tener que escuchar todas las largas horas de la noche un inexorable torrente de pensamientos del mismo estilo? ¿Insufrible, eh? Pues ese es el puto insomnio, amigo.