Archivo de Público
Sábado, 14 de Junio de 2008

La amenaza de los invasores terrícolas

Las sondas enviadas al espacio podrían contaminar otros planetas con microbios terrestres

JAVIER YANES ·14/06/2008 - 21:00h

Ilustración de la sonda Huygens, que aterrizó en Titán (una luna de Saturno) en 2005. NASA/JPL

Nada más típico en la ciencia-ficción que los marcianos invadiendo la Tierra. Y sin embargo, si de algo hay temores fundados, es de que podría ocurrir justo lo contrario. La perspectiva de los terrícolas como peligro para otros seres del cosmos habría parecido ridícula hace décadas. Pero cada vez hay más indicios de que las misiones a otros planetas podrían sembrar un germen de vida que, una vez plantado, no sería fácil erradicar. Con el agravante añadido de que sus componentes moleculares podrían tomarse como el primer signo de vida alienígena, siendo en realidad el rastro de un polizón 100% terrestre.

El vacío espacial, atmósferas extrañas, radiación cósmica y ultravioleta, o temperaturas extremas, se consideraban impedimentos suficientes para asegurar que nada de la Tierra crecería en los planetas cercanos. Pero además de las esporas resistentes, el descubrimiento de microbios extremófilos –adictos a condiciones al límite– cuestionó este dogma.

Los técnicos pugnan por conjurar el peligro. Las sondas se montan en salas estériles y los elementos de contacto con el suelo –como el brazo de la Phoenix, actualmente en misión en Marte– se cubren con una biobarrera aséptica. ¿Suficientes precauciones? Al parecer, no, según ha revelado el microbiólogo de la NASA Parag Vaishampayan en la reunión anual de la Sociedad Americana de Microbiología.

Promiscuidad bacteriana

El científico ha censado la población de microbios en la sala de ensamblaje de Phoenix. A pesar de los esfuerzos de limpieza, antes del lanzamiento el recinto aún acogía 100 tipos de bacterias a razón de 26.000 células por metro cuadrado. Una nadería en comparación con los billones presentes en el tubo digestivo de cada ser humano, pero el dato venía acompañado por otro más inquietante: algunos de los microbios rondaban la extremofilia. Uno de ellos, Bacillus pumilus, aguanta dosis de ultravioleta normalmente letales.

Para añadir más motivos de preocupación, científicos de la NASA descubrieron que las bacterias pueden protegerse de los fatales rayos ultravioleta de Marte con algo tan trivial como una sombrilla. Emulando las condiciones marcianas en el laboratorio, la exposición a los UV aniquilaba los microbios, pero una capa de suelo de apenas un milímetro prestaba la sombra necesaria para que algunas células vivieran.

El caso de Phoenix es problemático. En las próximas semanas, un instrumento de fabricación humana entrará en contacto directo con agua extraterrestre. Aunque Phoenix está posada en el hielo ártico y las bacterias requieren agua líquida para proliferar, el calentamiento del material para su análisis podría abrir la puerta a la contaminación. De hecho, según los científicos de la misión, los retrocohetes de la nave pudieron fundir el permafrost –tierra entreverada con hielo– durante el aterrizaje.

Ecología interplanetaria

¿Por qué tanta precaución? Según el astrónomo británico Charles Cockell, autor de un artículo sobre la cuestión en Advances in Space Research, por “el deseo utilitario de preservar otros ejemplos de vida de interés científico potencialmente enorme”. Basta recordar cómo ciertas especies introducidas en el pasado por colonos y exploradores arrasaron la fauna local en muchos lugares vírgenes.

No hay certeza de poder impedirlo; pese a las biobarreras y a que vuelo y reentrada son buenos métodos de esterilización, en los recovecos de los aparatos podrían anidar microbios que tendrían que batallar contra un ambiente hostil, gélido y pobre en nutrientes, pero los expertos no se atreven a descartar por completo una carambola que extienda la frontera de la vida terrestre.

Carambola que podría haber ocurrido ya: la antecesora de Phoenix, Mars Polar Lander, desapareció en ruta al polo sur del planeta vecino en 1999. Si se estrelló, sus entrañas pudieron liberar esporas al hielo marciano. Por no hablar de los futuros viajes que transportarán todo un zoológico microbiano ambulante: el ser humano. Y éste no se puede esterilizar. 

Signos de vida, ¿pero de dónde?

Es concebible que, algún día, una sonda posada en otro mundo –Marte y algunas lunas de Júpiter o Saturno son los mejores candidatos– detecte trazas de alguna molécula biológica, lo que aportaría la prueba irrefutable de que existe o existió vida extraterrestre... A menos, claro está, que la molécula procediera de la propia sonda, una objeción razonable. Un estudio publicado en la revista ‘Icarus’ por el científico de la Universidad de Florida Andrew Schuerger revela un dato desalentador: el ATP –una molécula que se considera la ‘moneda energética universal’ de los seres terrestres– puede permanecer intacto bajo una sombra en condiciones marcianas durante casi 50 años locales. Si ya es complicado eliminar en su totalidad la contaminación biológica de las sondas, dejarlas impolutas de todo material orgánico inerte parece sencillamente una fantasía. Aunque algún día se encuentren por fin los primeros signos de vida fuera de la Tierra, la cuestión entonces será: vida, sí, ¿pero de dónde?  

 ¿Primer signo de vida extraterrestre?

La primera demostración de moléculas biológicas de origen extraterrestre se publica hoy en la revista Earth and Planetary Science Letters. Científicos de Europa y EEUU han analizado el meteorito Murchison, un conjunto de fragmentos de roca que cayó en Australia en 1969. 

Durante décadas se ha discutido si los aminoácidos (eslabones de las proteínas) hallados en él proceden del espacio o son una contaminación posterior.  

El nuevo estudio confirma, según sus autores, que dos bases nitrogenadas (componentes del ADN y el ARN) llamadas xantina y uracilo, presentes en el Murchison, contienen  una variante pesada del carbono (carbono-13) que no pudo formarse en la Tierra.

 Los investigadores sostienen que moléculas como éstas, a bordo de meteoritos que bombardearon el planeta entre 3.800 y 4.500 millones de años atrás, prendieron el germen de la vida, una teoría conocida como panspermia. 

El origen alienígena de los seres vivos será, sin duda, el debate científico de los próximos meses.

Noticias Relacionadas