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Miércoles, 11 de Junio de 2008

Cristiano lleva a Portugal a cuartos

REPÚBLICA CHECA 1 - PORTUGAL 3. Los lusos se aprovecharon de su magia para dejar sentenciada su clasificación para cuartos.

LADISLAO JAVIER MOÑINO ·11/06/2008 - 19:35h

El jugador portugués Cristiano Ronaldo golpea el balón ante el checo Libor Sionko (dcha).

La pelota vino rasa y tensa del extremo, pero allí no estaba esta vez Cristiano Ronaldo. Entraba por el centro del área. Buscaba el gol y lo encontró, como tantas veces ha hecho esta temporada. Un golpe seco rotundo. Un remate de cazagoles. Puede que estemos ante una reconversión o una polifucionalidad histórica. Ha habido muchos delanteros que se retrasaron diez metros cuando perdieron velocidad y ganaron el poso que da la madurez para entender y repartir el juego. Centrales y laterales que pasaron a centrocampistas o viceversa. Sin embargo, nunca un extremo tan extremo había enseñado ser tan nueve, tan nueve.

Best, Gento, Garrincha, Eder, Juanito en sus inicios, todos mostraron una capacidad goleadora aceptable para vivir cerca de la raya, pero ninguno alcanzó las cuotas de Cristiano Ronaldo. Sus desapariciones de un lado empiezan a ser peligrosas en otro. Hay que sujetarle en el área y también cuando le da por mancharse las botas de cal. Él mismo ha reconocido que hace tiempo que trabaja para influir todo lo que pueda en el juego. Para convertirse en el jugador más determinante del mundo. El resultado de su trabajo es demoledor: circo y pan. Mezcla la virguería, cuando le da por quebrar cinturas, con la eficacia más fría. Caza un balón en el área y lo enchufa. Aunque no haya estado en todo el partido. La mistura que se proyecta, elevada a su máximo exponente, resultaría un jugador mitad Gerd Müller, mitad Garrincha. Uno de los goleadores más concretos de la historia y el regateador más festivalero que se recuerda.

Sujeto en banda

En la banda lo sujetó bien la República Checa con Jankulovski y Grygera, las ayudas de Polak y las faltitas tácticas. Aún así, intervino en los tres goles. Por cierto, Ujfalusi y Rozenhal salieron malparados en cada uno de los tantos de Portugal. En el primero, Cristiano Ronaldo y Nuno Gomes le desmontaron en una pared supersónica que luego remachó Deco. En el segundo, otra vez el jugador del United apareció y ni le vieron. Y en el tercero enseñó el turbo que le hace volar cuando se pega a la cal. Esta vez lo empleó para ganarle la espalda a la defensa checa, también más pendiente ya de atacar que de defender.

Sin camiseta, con ese torso cincelado con el que anuncia vaqueros y colecciona groupies por todo el mundo, fue despedido por la afición portuguesa, que jalea tanto o más su nombre que el de su propio país. Ahora mismo es dios. Un ícono que hace vibrar al mismísimo Eusebio, que saltó de alegría y cerró los puños con rabia para celebrar los dos últimos tantos, que enseñaron quién es el nuevo monarca del fútbol.

Muy distinto a los dos últimos, Zidane y Ronaldinho. Ambos también eran virgueros como este diablo de Madeira, pero no enseñaron nunca esa voracidad para el gol. Esa progresión que va camino de fusionar a Müller con Garrincha.