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Martes, 10 de Junio de 2008

Los irlandeses se rebelan

El Tratado de Reforma de la UE podría tropezar con un rechazo en el referéndum de mañana

LOURDES GÓMEZ ·10/06/2008 - 21:08h

El no gana posiciones.

En la Oficina General de Correos, en el centro de Dublín, se plantó el germen de la República de Irlanda. En su fachada, quedan marcas de bala del Alzamiento de Pascua, de 1916, cuando uno de los líderes de la insurgencia, Padraig Pearse, leyó el texto constitucional de una nueva Irlanda, independiente del Imperio Británico.

Esta semana, la misma sede de O’Connell Street es escenario de otra lucha menos sangrienta, pero cargada también de matices independentistas. El Tratado de Lisboa, que debe dotar a la Unión Europea de una nueva estructura, se somete mañana a referéndum.

La campaña del no lleva la delantera en los sondeos de opinión, empujada por mensajes que alertan al electorado irlandés sobre la pérdida de independencia implícita en el Tratado europeo. Son miedos y recelos que cuelan en la gente. “Votaré no porque no quiero entregar Irlanda en bandeja a la Unión Europea. Perdemos control en todos los aspectos de nuestras vidas, incluida la religión. De ser una unión económica en sus orígenes, la UE se está convirtiendo en un superestado no cristiano con Ejército propio”, explica Threse Veldon en O’Connell Street.

“No es un proyecto democrático”, le secunda Richard Wheelan. “Necesitamos una Europa cultural, social y de libre mercado, pero no queremos un supraestado con un Ejército enorme y un presidente no electo. La Unión Europea es una dictadura. La prueba está en que no tiene argumentos para defender el Tratado de Lisboa sometiéndolo a voto en el resto de los países”, añade Wheelan, cámara al hombro.

A su espalda, tres figuras en cartón del presidente de la Comisión Europea, Jose Manuel Barroso, y los jefes de Gobierno de Francia, Nicolas Sarkozy, y Alemania, Angela Merkel, con las manos tapándose los oídos, corroboran el sentimiento de injusticia que comparten muchos irlandeses. La Isla de la Esmeralda es el único país donde la ratificación del Tratado depende del voto popular. El resto lo hace en sus parlamentos nacionales.

“Cuatro millones de personas votando en representación de 400 millones de europeos. Esa mínima proporción de población determinará el resultado de años de negociación. ¿Es democrático? No lo creo”, denuncia Mary Smith, investigadora en un instituto público de embarazos juveniles. “El Tratado”, añade, “exige un aumento del gasto público en defensa para que cada país esté mejor preparado militarmente, pero no reclama mayores inversiones en salud o educación. Y aquí gastamos en ambas áreas por debajo de la media europea”.

En cuanto a la educación quizá esta irlandesa está equivocada, pero nadie puede discutirle la escasa prioridad que el Gobierno de Dublín otorga al capítulo de sanidad. La medicina aún no es gratuita para todos los irlandeses y la visita al médico cuesta entre 50 y 60 euros.

El aspecto militar es uno de los principales argumentos de los detractores del Tratado de Lisboa. También advierten de la pérdida de influencia de este pequeño país debido a la ampliación de la Unión. Con la reducción de la Comisión, prevista en el Tratado, Irlanda ya no tendría derecho a tener un comisario.

Sinn Fein, el único partido con representación parlamentaria a favor del no, asegura que la neutralidad del Estado corre peligro con la reformada Constitución europea que, en su versión original, rechazaron los franceses y holandeses en sendos referendos, en 2005. “Nuestro Gobierno ha infringido el principio de neutralidad permitiendo que vuelos ilegales de la CIA aterricen en el aeropuerto de Shannon, al oeste del país. Las alianzas militares no nos interesan”, advierte Smith.

Extraña alianza del no

La campaña del no consiste en una extraña alianza de ideologías radicales. Junto a Sinn Fein, están grupúsculos republicanos como Coir que ha empapelado Dublín con carteles reminiscentes de la rebelión irlandesa contra los británicos del siglo pasado. También pelean en este bando partidos de corte marxista, asociaciones fundamentalistas católicas y grupos provida. La causa neoliberal contraria al Tratado de Lisboa gira en torno a un empresario millonario, Declan Ganley, que suministra material al Ejército estadounidense. La prensa de Dublín ha sugerido que la CIA financia Libertas, el grupo de presión de Ganley.

“La EU está avanzando en la dirección errónea. Mejor echar el freno que convertirnos en un superpoder. No se está construyendo una Europa democrática, sino un espacio en el que el mercado es más importante que la gente”, denuncia Sian Muldowney, para añadir: “Era demasiado joven para votar en los referendos anteriores y, en cierta forma, da igual que gane el sí o el no. Los políticos se saldrán con la suya, como sucedió con el Tratado de Niza. Harán lo mismo esta vez. Volverán a someter el de Lisboa a voto hasta que logren su objetivo de ratificación”.

Es difícil encontrar a alguien en Dublín dispuesto a apoyar la propuesta del sí que defienden los grandes partidos, organizaciones empresariales, gremios de granjeros y sindicatos. Hay muchos indecisos que aguardan una buena razón para acceder a la ratificación.  

“Todo es muy confuso. Y, como no confío en los políticos, me cuesta decidirme”, dice Ann Burka. “Es obvio que tienen un programa oculto. Estaba indecisa pero ahora me inclino hacia el no. Me preocupa que mis hijos paguen las consecuencia de dar el visto bueno a un proceso de reforma irreversible”, señala Geraldine Fitzgerald, de la Asociación de Sordos, tras escuchar un debate cargado, dice, de “información contradictoria”.