Archivo de Público
Lunes, 9 de Junio de 2008

La mujer que quiso ser presidenta

La derrota en las primarias es un golpe duro para Hillary Clinton, que ha dedicado toda su vida a la política.

ISABEL PIQUER ·09/06/2008 - 13:16h

La ex primera dama no ha podido cumplir su sueño de volver a la Casa Blanca como presidenta, pero aún alberga esperanzas de ir de número dos en la lista de Obama.

Lo decía el domingo en su despedida en Washington. "Mirar hacia el pasado nos impide ver el futuro". No son sólo palabras, podría ser el lema vital de Hillary Clinton. La derrota en las primarias del Partido Demócrata es especialmente dura para una mujer que ha dedicado toda su vida a la política, primero a la de su marido y luego a la suya propia, y que ha aguantado tanto, primero en Arkansas luego en Washington.

Pero si Hillary ha traído los traumas de su legado a la campaña, también ha ganado mucho en esta contienda: ha demostrado ser una temible candidata y sobre todo se ha forjado una identidad propia, por primera vez, lejos de la sombra de Bill.
Cuando se empezó a hablar de la posible senaduría de Clinton a principios de 1999, muchos pensaron que era una maniobra para distraer a la opinión pública de los coletazos del impeachment y todo el espantoso asunto de la becaria.

El Partido Demócrata calentaba motores para las presidenciales de 2000. Al Gore esperaba recurrir al encanto y poder recaudatorio de la primera dama, pero el vicepresidente y candidato no veía con buenos ojos las tentaciones senatoriales de Clinton.

Quizás podría realizar sus ambiciones en 2004 en su estado natal de Illinois, o en Arkansas donde seguía teniendo una propiedad, pero desde luego no en Nueva York.Y sin embargo el partido empezaba a considerar seriamente la idea. El senador Daniel Patrick Moynihan había anunciado su intención de abandonar el escaño y retirarse de 30 años en la política neoyorquina. Rudolph Giuliani, todavía alcalde de la cuidad tanteaba presentarse.

Los demócratas necesitaban un candidato con perfil ¿Qué mayor perfil que el de Hillary?Pensaba en la ONU o una fundaciónClinton también empezó a pensárselo en serio. Tenía claro que había una vida después de la Casa Blanca pero pensaba en Naciones Unidas o en una fundación, algo que tuviera que ver con la sanidad o la educación. Algo práctico y efectivo, algo lejos de las legiones de Clinton haters (los ultraconservadores que no pueden ver al matrimonio demócrata ni en pintura), de las historias de faldas, de los escándalos.

El último año, desde que en enero de 1998 el Washington Post sacara en portada el nombre de Lewinsky, había sido un indescriptible infierno. Irónicamente, su papel de mujer ultrajada pero fiel la acercó a los estadounidenses. La primera dama, que nunca había conseguido conectar con la opinión pública, rompía barómetros de popularidad.

En diciembre posaba con un vestido rojo de Oscar de la Renta, en la portada de la revista Vogue. ¿Por qué no usar este inesperado idilio y sacarle partido?

Los Clinton se instalaron en Chappaqua, Moynihan dio su bendición, Giuliani se retiró, dejando la contienda en manos del inexperimentado pero voluntarioso Rick Lazio. En noviembre de 2000, Hillary Rodham Clinton se convirtió en la primera First Lady en llegar a senadora.

Enseguida empezaron los rumores sobre sus auténticas ambiciones: la Casa Blanca, pero esta vez, de jefa. Su recorrido por los pasillos de la Cámara Baja fue una oda a la reconciliación. Con un perfil bajo, asumió su papel de primeriza en la implacable jerarquía. A efectos de Capitol Hill era una recién llegada. Hizo incluso carantoñas a los republicanos: uno de sus amigos era Lindsey Graham, senador por Carolina del Sur, una de las voces más duras durante el proceso parlamentario de destituir a su marido, y ahora acólito inseparable de John McCain.

"Siempre bromeo sobre mis cicatrices", decía al New York Times el pasado diciembre, "nuestras cicatrices son parte de nosotros, nos recuerdan nuestras experiencias, por lo que hemos pasado, nuestra historia". Los Clinton aprendieron de sus tropiezos a no rendirse nunca.

En 2006, su campaña por la reelección fue un preludio de su futuro asalto a la Casa Blanca. Pero los analistas ya se preocupaban. "Si Hillary se presenta la carrera será larga, brutal y cara", decía entonces un artículo de la revista Time. Y en aquel entonces el nombre de Obama sólo sonaba en Chicago. También subrayaba el complicado papel de Bill, "su mejor baza y un sutil saboteador". Las primarias habrán sido eso y mucho más.