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Lunes, 2 de Junio de 2008

Malas compañías

La co-infección por el VIH y la leishmaniasis se ha convertido en un grave problema sanitario en áreas endémicas // Los antirretrovirales alejan el peligro en los países ricos

MIGUEL LÓPEZ ·02/06/2008 - 21:48h

Al sida no le gusta actuar solo. El bajón de defensas que caracteriza a esta enfermedad es el caldo de cultivo perfecto para todo tipo de infecciones oportunistas.

La ayuda extra que proporciona el VIH ha cambiado el curso natural de algunas patologías, como la tuberculosis, cuyo número de afectados ha crecido exponencialmente a la sombra de la pandemia.

Esta misma sombra cobija a la leishmaniasis, una de esas enfermedades que los países ricos han olvidado porque se ceba con los países pobres, justo allí donde la infección por VIH está descontrolada.

Un estudio reciente publicado en Clinical Microbiology Reviews y coordinado por el investigador español en la Organización Mundial de la Salud (OMS) Jorge Alvar repasa la interacción de ambas patologías desde la primera co-infección –detectada hace 20 años– y concluye que es ya un grave problema sanitario en áreas endémicas, como el cuerno de África o India.

Allí, tener leishmaniasis visceral (LV), que provoca inflamaciones graves en hígado y bazo y puede ser letal sin tratamiento, llega a reducir en un tercio la esperanza de vida del enfermo de sida.

Paradójicamente, las primeras co-infecciones se detectaron en el llamado primer mundo. En la década de 1990, el sur de Europa –zona endémica del parásito Leishmania, que transmite con su picadura la mosca de la arena– vivió el primer foco de co-infectados. España destacó entre todos los países que monitorizaba la OMS.

El equipo de Alvar, entonces en el Instituto de Salud Carlos III de Madrid, descubrió una de las razones: “En aquella época, la tasa de drogadicción por vía intravenosa era siete veces superior a la media europea y el parásito se transmitía a través de las jeringuillas compartidas, igual que el sida”, explica; la otra, era la re-emergencia con el sida de infecciones previas que permanecían asintomáticas.

Esta explosión de casos cayó de forma radical con la irrupción de la terapia antirretroviral de alta eficacia (TARGA), que logró atajar el sida en los países que podían permitírsela. “Pero para entonces Etiopía ya informaba de que hasta el 30% de los enfermos de LV estaba co-infectado”, recuerda el investigador.

Lejos del mundo desarrollado –donde la costosa TARGA llega poco y mal– existen 350 millones de personas con riesgo de ser infectados por el parásito. 

En los países desarrollados la principal diferencia la marcan las recaídas. Los tratamientos con leishmaniasis no necesariamente matan al parásito, sino que reducen su presencia en el organismo para que el propio sistema inmune acabe con él y, de paso, quede inmunizado para el futuro.
Los co-infectados tienen las defensas demasiado tocadas y las recaídas por leishmaniasis son habituales, pero con la TARGA se reducen y se distancian.

En países como Etiopía la situación es muy diferente; a pesar de que las nuevas terapias comenzaron a suministrarse en 2003, todavía no llegan a las zonas más pobres.

Una población de alto riesgo

Alvar trabaja en el país africano, en un proyecto financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional . “En Humera, en el norte del país, el número de co-infectados ha subido 24 puntos en siete años”, cuenta. La región acoge a trabajadores estacionales que duermen a la intemperie, expuestos a la picadura del insecto. Coinciden con transportistas, militares que vigilan la frontera con Eritrea y prostitutas. Un cóctel perfecto para que el VIH y el parásito interaccionen.

El investigador del Centro de Investigaciones Biológicas (CSIC) y coautor del trabajo, Javier Moreno, explica cómo: “El virus hace que la infección por el parásito sea mucho más sencilla, ya que las defensas del organismo, a las que antes ha diezmado, no pueden hacerle frente. El parásito, por su parte, promueve la progresión clínica del sida, porque facilita que haya mayor cantidad de virus en sangre”.

En su opinión, conocer los mecanismos que facilitan la cooperación de ambos patógenos es clave para tratar el problema.Los tratamientos también tienen relación con esta interacción, como explica Alvar: “Se ha sugerido que los antimoniales, el tratamiento más extendido contra la leishmaniasis en el cuerno de África, favorecen la multiplicación del VIH. Hay que comprobar este extremo, al igual que es preciso analizar la combinación  de fármacos de TARGA, para determinar si alguno actúa también contra el parásito”.

Alvar incide también en la cuestión de las resistencias, muy habituales en las diferentes terapias contra la leishmaniasis. “El co-infectado, al tener recaídas de leishmaniasis, genera resistencias al propio tratamiento. Esto puede convertirse en un problema en las zonas, como India o Etiopía, donde la transmisión de parásito es humano-insecto-humano. Puedes tener el mejor programa de control o eliminación de leishmaniasis del mundo, pero los enfermos co-infectados siguen ahí, con parásitos resistentes y expuestos a las picaduras”, apunta.

Demasiadas cuestiones abiertas y una primera demanda: que se incluya a la leishmaniasis como enfermedad indicativa del sida en las listas de referencia, como la de los Centros de Control de Enfermedades (CDC) de EEUU. Para Algar este gesto permitiría el acceso de muchos co-infectados a la terapia TARGA.

La paradoja de los perros 

Los perros son el principal reservorio de la leishmaniasis en los países mediterráneos. Por esta razón, estos animales de compañía son utilizados en laboratorios de referencia internacional para la enfermedad, como el Centro de Investigaciones Biológicas, en Madrid, o el Instituto de Parasitología y Biomedicina López Neyra , en Granada (ambos del CSIC).

Encontrar tratamientos efectivos para la versión canina de la dolencia o, incluso, una vacuna que otorgara mayor tranquilidad a los dueños de los perros, ayudaría también a paliar el impacto de la enfermedad en los países en vías de desarrollo. El hallazgo de nuevas terapias es fundamental en la lucha contra esta patología.

La OMS sitúa a la leishmaniasis en la lista de las 14 enfermedades tropicales más desatendidas que persisten en zonas pobres y marginadas del planeta. La falta de preocupación de Occidente por estas patologías se traduce en poca investigación y aún menor inversión en fármacos innovadores. Sólo el 1% de los nuevos medicamentos registrados entre 1975 y 1999 estaban dirigidos a paliar los efectos de estas dolencias.

Según el investigador Jorge Alvar, en la actualidad no existe ningún fármaco contra la leishmaniasis en una fase de ensayo clínico avanzada, por lo que hay pocas expectativas de hacer frente a las resistencias que generen los fármacos actuales.