Archivo de Público
Domingo, 1 de Junio de 2008

"Nos hemos convertido en aspiradoras vivientes"

La clase media china se moviliza ante la contaminación que sufre el país, a dos meses de la inauguración de los Juegos Olímpicos

ANDREA RODÉS ·01/06/2008 - 21:24h

ENRIQUE MARÍN - Una mañana en la ciudad de Pekín, en el pasado mes de abril.

Al señor Yang, un pekinés retirado de 80 años, le gusta pasar las mañanas de primavera en el parque Ritan, el Parque del Sol, de Pekín. “La calidad del aire ha mejorado mucho en los últimos tres años. Ahora vengo más a menudo”, dice el señor Yang, protegiéndose del sol en una pagoda del parque, donde un grupo de amas de casa canta ópera china. Los pekineses son los que más se benefician de las medidas tomadas por el Gobierno chino para reducir la contaminación en la capital antes de los Juegos Olímpicos, que se inauguran el 8 de agosto: muchas fábricas de la ciudad se han cerrado o trasladado al extrarradio, se ha mejorado el transporte público y se ha prohibido el tráfico de camiones durante el día. Sin embargo, la contaminación, tras dos décadas de industrialización desenfrenada, sigue siendo uno de los principales problemas de China. Y la nueva clase media, más preocupada por la salud y el valor de sus propiedades inmobiliarias, empieza a ser consciente de ello.

“Desde que vivo en Pekín me encuentro mucho mejor”, reconoce Zhou Min Sen, un hombre corpulento, con un bigote oscuro, que llegó a la capital hace diez años para ganarse la vida como entrenador de Kung Fu. Cada mañana viene al parque Ritan para hacer ejercicio físico, algo que en su pueblo natal, en la provincia interior de Gansu, no podía hacer. “Allí el aire está demasiado contaminado por el humo de las minas de carbón”, dice Zhou, mirando al radiante cielo azul de una mañana de mayo en Pekín.

Ese mismo día, en la capital de Gansu, Lanzhou, considerada la ciudad más contaminada de China, el nivel de contaminación en el aire alcanzó el grado 3 de un máximo de 5, según la clasificación que publica a diario la web del Departamento de Medio Ambiente chino. La página permite consultar la concentración de CO2 en el aire en las principales ciudades chinas. A pesar de que en Pekín es donde más se han notado los esfuerzos por reducir la polución antes de que empiecen a llegar los visitantes y los atletas que participarán en los Juegos Olímpicos, en los dos últimos dos días se alcanzó el nivel máximo, 5. Según las autoridades chinas, esto se debe a las tormentas de arena que azotan la capital
en primavera.

Población preocupada

China, que rivaliza con Estados Unidos por convertirse en el mayor productor mundial de emisiones de carbono, no sólo debe hacer frente a la presión internacional, que exige su mayor implicación para combatir el cambio climático y la degradación global del medio ambiente. Además, debe satisfacer a una población cada vez más preocupada por las repercusiones de la polución en la vida diaria. “Nos hemos convertido en aspiradoras vivientes: cada ciudadano chino filtra partículas tóxicas procedentes de 15 metros cúbicos de aire al día”, observa Tang Hao, periodista especializado en temas de medio ambiente, en un artículo publicado en abril en el portal ecologista Chinadialog.net.

La industrialización desenfrenada y la falta de mecanismos de control adecuados han agravado los problemas de contaminación, que ya afectan las vidas de 1,3 millones de habitantes. “En otros países, los tribunales independientes supervisan los problemas medioambientales, pero en China el Gobierno central asume todo el control. Por eso es tan ineficiente”, añade Tang.

En las zonas rurales son frecuentes las protestas –casi siempre reprimidas por la policía– protagonizadas por campesinos que sufren expropiaciones de terrenos para construir fábricas, o que ven sus cultivos dañados por los vertidos tóxicos. Pero las movilizaciones de la clase media urbana, más preocupada por su salud y por el valor de sus propiedades inmobiliarias que por la degradación medioambiental, son un fenómeno reciente.

Protesta ciudadana

En diciembre del año pasado, los ciudadanos de la ciudad portuaria de Xiamen, capital de la provincia de Fujian, en el sur, salieron a protestar en contra de la construcción de una planta petroquímica, propiedad de una empresa taiwanesa, y consiguieron detener el proyecto. Este invierno, centenares de vecinos de Shanghai salieron a manifestarse para que el nuevo tren magnético, Maglev, no pase por el centro de la ciudad, por miedo a que perjudique su salud y ponga en peligro el valor futuro de sus apartamentos. El recorrido del tren Maglev, así, ha sido suspendido temporalmente.

El pasado 4 mayo, más de 200 personas desfilaron por las calles de Chengdu, la capital de la provincia de Sichuan, con mascarillas puestas, para protestar contra la construcción de una refinería en Pengzhou, en los alrededores. “Sabemos que ha habido protestas como ésta en otros lugares de China y que han tenido éxito”, dice Fu, un estudiante de postgrado que tomó parte en la marcha popular, convocada por medio de mensajes de texto a móviles y también por Internet.

Fu está convencido de que el proyecto sólo traerá beneficios a los bolsillos de las corruptas autoridades locales y no se cree las declaraciones de los expertos, que aseguran que la petroquímica será respetuosa con el medio ambiente. Pero no han hecho falta nuevas protestas: el proyecto de construcción de la refinería –capaz de producir 800.000 toneladas de etileno y refinar 10 millones de toneladas de crudo al año– ha sido suspendido tras el devastador terremoto del pasado 12 de marzo, que dejó Pengzhou bajo los escombros.