Archivo de Público
Viernes, 23 de Mayo de 2008

¿Volverá a ganar algún país de Europa Occidental?

Desde las últimas ediciones se ha acentuado el fenómeno del bloc voting: yo voto a mis vecinos y ellos me votan a mi

J. S. ·23/05/2008 - 23:00h

REuters - La ganadora del año pasado, Marija Serifovic.

Un fantasma recorre Europa. Y no es tan serio como el comunismo, pero casi. Se llama bloc voting y desde hace años ha convertido en un imposible que un país situado al oeste del Elba gane en Eurovisión. El año pasado, un parlamentario liberal británico alzó la voz tras la victoria de la Serbia Marija Serifovic. Es perjudicial para las relaciones de los pueblos en Europa, dijo Richard Younger-Ross, el último político preocupado por el bien común.

El polémico asunto preocupa especialmente en el Reino Unido, donde el festival es toda una institución. Puede que no volvamos a ganar nunca, dijo el martes Terry Wogan, el Uribarri inglés, que retransmite el certamen para la BBC desde el año 1973.

La lectura es sencilla: yo voto a mis vecinos y ellos me votan a mí. De este modo, se garantiza que el que tenga mejor candidato de mi grupo y logre llamar la atención del votante medio de otros países se acerce con sencillez a la victoria.

Un eurovirus

ampliación

 

El Nuevo talon de acero

El fenómeno, habitual desde el comienzo del concurso, se ha multiplicado exponencialmente en las últimas ediciones. Especialmente tras la entrada de las repúblicas ex soviéticas y la desmembración de Yugoslavia.

Los pioneros, razones geopolíticas evidentes, fueron Grecia y Chipre, que desde el principio de los tiempos se otorgan sin pudor 12 puntos. Por el diplomático principio de reciprocidad.

En los años ochenta, unos pocos países actuaban así, el llamado Benelux sobre todo. Pero llegaron los noventa, tras la caída del telón de acero... y se comenzó a alzar otro.

Entre 1993 y 1994 se sumaron al certamen diez países. En 1998, ya eran doce los países solidarios. ¿Y ahora? Según el experto Derek Gatherer, en la actualidad hay 31 países implicados en los trapicheos. La gente observa cómo ocurre en cada edición de Eurovisión y cada año deciden hacer ellos lo mismo, explica.

La entrada del sistema de votación por medio de llamadas telefónicas y envío de SMS, el voto popular frente al de jurados, ha facilitado el culito veo, culito deseo. Desde que ganara Estonia en 2001, la gala, que se celebra en el país del vencedor, no ha llegado más acá de los Alpes: Letonia, Turquía, Ucrania, Grecia, Finlandia y Serbia. Este año, entre los principales favoritos están Ucrania, Rusia, Serbia, Armenia... De hecho, España es el único país que no pertenece a ningún bloque de votaciones situado entre los diez primeros en las casas de apuestas.

En realidad, sí pertenece a uno: el eje pirenaico. Andorra y España suelen cruzarse las más altas puntuaciones en cuanto tienen ocasión. Algo que también hacen Bélgica y Países Bajos. Pero los bloques realmente sólidos y competitivos son el Imperio Vikingo (países nórdicos y bálticos), el Bloque de los Balcanes (donde países como Grecia, Serbia, Albania o Bosnia siempre resultan especialmente favorecidas) y el Pacto de Varsovia (que engloba a las antiguas repúblicas de la Unión Soviética junto a Polonia).

El problema, si es que lo es, crece porque los nuevos países aceptados en la organización aprenden rápido: Armenia entró a concurso en 2006 y en los dos años se ha intercambiado 12 puntos con Rusia.

Al menos a nosotros nos sigue votando Grecia, por la reina Sofía, obviamente.

 

El príncipe destronado

Por Juan J. Gómez

No todo va a ser follar. A los españoles también les gusta reír. Aunque si bien todos follan igual (por favor, lectora, no se descojone), la risa les divide en dos. A los de carcajada quevedesca les gustan chistes como el título de Javier Krahe que abre esta columna. A los de sonrisa cervantina, les hubiera bastado que empezara por la segunda oración. Isaac Rosa comparaba en estas páginas semanas atrás a Rodolfo Chikilicuatre con el Quijote. Acertaba entonces, pero el eurovisivo personaje está mutando. Como casi siempre, Quevedo está a punto de imponerse a Cervantes.

Chikilicuatre es una de las mayores genialidades de la televisión reciente, porque su creación debe tanto al talento de los guionistas de Buenafuente y del actor que le da vida, David Fernández, como al impagable sentido del humor y ganas de cachondeo del público. Rodolfo es el gran príncipe de la televisión 2.0. Pero como sucede con los niños (esos otros príncipes), cuyas ocurrencias hacen gracia a todo el mundo, con la única excepción de quienes no son ni sus padres ni sus tías, la broma del Chiki chiki, en principio inteligente, fresca e imprevisible, está a punto de hacerse pesada.

A medida que El Terrat y TVE hacen caja con la publicidad, las entrevistas o la promoción de los artistas que antes parodiaba –ahora producen múltiples versiones de la absurda canción, ¿serán capaces de hacer así el disco que con un solo tema no llenarían?–, el fenómeno se precipita hacia el reverso tenebroso de la fuerza. Es previsible que David Fernández esté hasta el tupé de su personaje y después del homenaje de esta noche en Belgrado no alimente mucho más el monstruo, pero del Chiki chiki Verano Mix ya no se libra ni Obama.

Lo peor es que cuanto más se mosquean los cervantinos espectadores que le concedieron el 80% de los votos en las primarias locales de Eurovisión, más sentido le van encontrando –aunque sea ya otro sentido– quienes antes le acusaban de abortar cualquier futuro para la canción popular española. ¿Acaso alguien duda de que Massiel hará este verano el crusaíto en sus fiestas (quién sabe si con las bragas en la mano)? Entonces será tarde y muchos se preguntarán qué gracia tenía esto. Pero qué asco da todo, oye. Es que ya ni el humor se toma en serio.