Lunes, 5 de Mayo de 2008

El levantamiento del pueblo

Tras la revuelta de Madrid el resto del país se alzó contra el dominio francés en una escalada de tensión

ANTONIO J. MARTÍNEZ ·05/05/2008 - 17:55h

"Como españoles, es necesario que muramos por el Rey y por la Patria". Así comenzaba el bando dictado el 2 de Mayo de 1808 por los alcaldes de Móstoles Andrés Torrejón (representante de los hidalgos) y Simón Hernández (representante de los pecheros) tras conocer los sucesos que se desarrollaban en la capital. Como un reguero de pólvora, su contenido fue recorriendo todo el país, convirtiéndose en el símbolo del pueblo en armas y en la auténtica declaración de guerra contra el invasor francés.

Ante el vacío de poder existente, la respuesta nacional se canalizó a través de la formación de Juntas Locales. El 22 de mayo Cartagena comenzó la sublevación y el 25 se levantaron en guerra Gijón y Oviedo. Hasta septiembre las proclamas se sucedieron continuamente en las zonas no ocupadas por el ejército francés y el ejemplo de Asturias caló en La Coruña, Badajoz, Sevilla o Valencia.

Al igual que en el levantamiento de Madrid, sin negar la espontaneidad del proceso, sí pareció existir un ambiente propenso a la guerra que se venía gestando en todo el territorio nacional. Así, en Oviedo habían ido acudiendo un buen número de campesinos a la espera de nuevos acontecimientos. En La Coruña, el ejército español trasladó los regimientos a Ferrol ante la existencia de reuniones secretas con la población civil para preparar el levantamiento.

Sublevación en masa

El movimiento local dio pasó a la creación de Juntas Provinciales con distinta suerte. En la mayoría de los casos, los responsables del Estado decidieron optar por la oficialidad política y por mantener el orden, en un intento por frenar la sublevación. Pero ya no había marcha atrás. En aquellos lugares donde la Junta Provincial no recogió el testigo éste fue tomado por Juntas Supremas que asumían la autoridad en ausencia del rey considerado legítimo para declarar la guerra al invasor. Para dar un sentido unitario a la guerra, se agrupan todas desde septiembre en la Junta Central.

Con el fin de recabar apoyos, las Juntas mandaron emisarios a Inglaterra, que consiguieron el fin de las hostilidades con los británicos desde el 4 de julio y el apoyo necesario para enfrentarse a Francia.Pese al enorme poderío militar que habían demostrado las tropas napoleónicas, el ejército francés era aún joven y en fase de formación. La Grande Armée se encontraba ocupada en el control de Europa central y Napoleón tuvo que recurrir a ella para controlar la situación.

El sitio de Zaragoza

Después del primer traspié sufrido en Medina del Rioseco, donde las tropas españolas intentaron infructuosamente cortar las comunicaciones entre Madrid e Irún, la primera etapa de la contienda favorecerá a España. Un ejemplo de heroicidad se vivió en Zaragoza, donde el general José de Palafox aguantó al ejército francés con la ayuda de un pueblo que -de la mano de Agustina Saragossa y Doménech, conocida como Agustina de Aragón-, se ganaron un lugar en la conciencia mítica de la guerra. La misma resistencia se dio en Girona, donde el general Álvarez de Castro controló la ofensiva francesa.

Pero el punto de inflexión lo marcó la derrota francesa en Bailén. Tras ella, la salida de José I de Madrid y el repliegue hacia el valle del Ebro demostraron a Napoleón que el "avispero español" le iba a presentar muchos problemas, lo que le llevó a intervenir directamente comandando a sus mejores hombres.

El viraje en la situación internacional que comenzó a ser desfavorable a los intereses franceses y el apoyo británico en la fase final de la guerra supondrían su declive definitivo. El hombre que logró doblegar a Europa no pudo obtener el control definitivo de España.



La legitimidad soberana de las Juntas en defensa del país


El acto de constitución de las Juntas fue un hecho revolucionario en sí mismo, ya que se justificó su creación en la ausencia de un poder político al que se consideró legítimo (pese a su renuncia al trono) y por el cual se asumieron sus funciones en defensa del país. Esta situación provocó dudas en el establecimiento de Juntas Provinciales en algunas capitanías generales. El general Gregorio de la Cuesta se mostró contrario a la guerra contra Francia en las instrucciones dadas al Ayuntamiento de León ya que “no corresponde a los particulares deliberar sobre los negocios del Estado”.

Otro bando que deja clara la posición inicial del ejército es el del capitán general de Cádiz, que deja ver una taimada crítica a las abdicaciones reales en Bayona: “Nuestros soberanos que tenían su legítimo derecho y autoridad para convocarnos y conducirnos a sus enemigos, lejos de hacerlo, han declarado repetidas veces que los que se tomaban por tales son sus amigos íntimos, y en su consecuencia se han ido espontáneamente y sin violencia con ellos. ¿Quién reclama, pues, nuestros sacrificios?”. Fue acusado de afrancesado y acuchillado por los sublevados.

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