Viernes, 2 de Mayo de 2008

El éxito del guaraná cambió la vida de la tribu santeré-mawé

Frente a las multinacionales, los miembros de esta tribu luchan por preservar sus raíces.

BERNARDO GUTIÉRREZ ·02/05/2008 - 19:58h

En la celebración del Día del Indio, los niños visten sus tradicionales ropajes y se colocan plumas para agradar a los políticos. Foto: Bernardo Gutiérrez.

El fin del mundo está cerca. Satanás acecha. Apocalipsis. Pero te salvarás del infierno, amigo. Porque Jesús te ama. Amén". Las frases se enroscan en los oídos de un silencioso Wanderley, un indígena santeré-mawé. Anderson Freitas y Davi Marcos, dos jóvenes predicadores evangelistas, atornillan las palabras en su cerebro. Amén.

Ambos forman el dueto Biblia y recorren la Amazonía en un barco del Centro para el Perfeccionamiento de la Propagación Evangelista (CEPE). "Los indígenas necesitan la palabra de Dios", asegura Davi. Anderson lleva a Wanderley a la orilla del río. Quiere bautizarle. Wanderley calla. Anderson grita: "Amigo, acepta a Dios. Basta de pecados. ¡Amén!".

Maués, Amazonía profunda. 16.00 horas. Calor estruendoso. Cigarras. La tarde se arrastra polvorienta/soñolienta. Húmeda. Manaos, la cultura urbana, quedó atrás: 18 horas de navegación nocturna. El próximo destino: la reserva indígena Andirá-Marau, una de las 343 de Brasil con titulación reconocida -sin papeles hay 849-. El supuesto paraíso de los santeré-mawé me espera a 7 horas de barco.

"¡Cuidado con las flechas!".

Jafé Pereira, un indígena de 24 años, me recibió con ironía en el barco de la Consejo General de la Tierra Santeré-Mawé (CGTSM): "Cuidado con las flechas de los santeré. Los indios se comen a los blancos". Superada la desconfianza, Jafé me habla de los problemas de su pueblo: pérdida de raíces, desnutrición, abandono...

De repente, un televisor XXL comienza a escupir un riff de una de las novedades de la selva: Scorpions. Desde que la banda tocó en Manaos, el top canoa introduce heavy metal pirata en el corazón de las tinieblas. "Tranquilo, en Vila Nova II los indios son modernos", me confesaba Jafé. La aldea, con el día clareando, me despierta con un desfile de rostros sucios. Jafé, uno de los pocos que estudia en la Universidad en Maués, es el cicerone perfecto de Vila Nova II, una comunidad de unos 5.000 habitantes. Aquí, el escritor Mário de Andrade, uno de los padres del modernismo brasileño, creó a Macunaíma en 1928, todo un héroe/antihéroe indígena. Macunaíma, que cambió su aldea por São Paulo, popularizó una frase-eslogan que hasta hoy cuelga como un san benito-cliché de los indígenas: "ay, qué pereza...".

Jafer, enviado mawé a la urbe, es en realidad todo un anti Macunaíma: dinámico, tenaz, luchador... Jafé me conduce a una desmantelada iglesia católica. "Hay evangelistas, espiritistas, adventistas... Las creencias tradicionales tienen menos fuerza", matiza Jafé. Caminamos hacia el Puesto de Salud sobre un suelo forrado de bolsas de plástico. Unos adolescentes -crestas, piercings, camisetas con la bandera de Estados Unidos- me miran con recelo. Los santeré mawé esperan al alcalde. De vez en cuando resuenan cohetes de bienvenida. Unos niños se visten con ropas tradicionales y plumas en la cabeza. "Todo para agradar a los políticos. Hay poco que celebrar en el Día del Indio. Parece el día del alcalde...", dice Jafé.

João Batista, el enfermero de un ambulatorio raquítico, afirma que "hay que trabajar más en la prevención que en la medicina curativa". Afirma que la cultura de los pagés (curanderos indígenas) es "cada día menos importante". João, con marcados rasgos indígenas, habla de los indios excluyéndose.

En Brasil hay unas 220 tribus y 170 lenguas indígenas. Sin embargo, en el censo del Instituto Brasileño de Geoestadística (IBGE), donde la persona escoge su raza, el número de indígenas apenas es de 734.000. En 1991, sin embargo, sólo eran 294.000. "Hay racismo, prejuicios y vergüenza. Poco a poco aumenta el orgullo y los indígenas asumen su condición", matiza Jafé.

La guerra del guaraná

Los santeré-mawé viven del "paullinia sorbilis", el guaraná, un arbusto usado como estimulante desde hace milenios. Desde que las multinacionales de bebidas descubrieron su efecto excitante, el guaraná se ha convertido en todo un oro amazónico. Coca Cola planta guaraná en 107 hectáreas cerca de Manaos. La compañía brasileña Ambev tiene 1020 hectáreas en Maués. La poderosa Ambev (que no quiso hablar con Público) pretende exportar su guaraná Antartica con ayuda de Pepsi Cola a 175 países.

Más guaraná, Groucho dixit, que es la guerra. "Nos seducen con semillas clonadas, mejoradas genéticamente. Preferimos el artesanal", afirma Wilson Alves. Y es que los santeré-mawé producen guaraná con certificado de comercio justo. "Si aceptas las semillas de la Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuária (EMBRAPA), dependes de fertilizantes, de productos químicos", afirma Pedro Patacho, de 66 años, uno de los 130 productores de la región. Cada uno de ellos produce media tonelada por año. Y exportan todo a Europa con sello FLO (Organización Internacional de Etiquetado Justo). Pero la guerra de los clones (250.000 semillas en 2004) está cerca. "El propio alcalde regala semillas clonadas. Quiere que las multinacionales lleguen a nuestra tierra", asegura Wilson.

Explotación, expolio y mejora genética. La civilización. La empresa estadounidense Coriel Cell vendió en 2004 ADN de indios karitiana y suruí y la japonesa Asahi Foods que tras registrar el cupuaçu, una refrescante fruta amazónica, quiso cobrar royalties a las tribus. Coca Cola lanzó en Europa sus refinadas latas de guaraná Kuat. Y el alcalde, que se ha convertido en el rey del guaraná clonado, prometiendo progreso a los santeré-mawé: "no os abandonaré". El único que le quita un poco de protoganismo es el fútbol. Y menos mal. En el campo de Vila Nova II, varias aldeas luchan por ganar un trofeo de 120 euros con equipos de nombres globales: Flamengo, Corintians, Barcelona... "Entrenamos duro. El fútbol es mi gran motivación", afirma Garwate Santana, entrenador del equipo femenino Arco Iris.

¿Cómo era el mundo santeré mawé, antes del fútbol, de los predicadores evangelistas y del guaraná globalizado? Werner Herzog, en un corto/documental incluido en "Ten minuts older the trumpet", recrea la evolución de la tribu uru eus wau waus. Primero, en 1981, con sus raíces culturales casi intactas. Dos décadas después, bajo la realidad creada tras entrar en contacto con el hombre blanco. El paisaje que grabó Herzog en Rondonia podría ser el de Vila Nova II. Polvo, abandono, camisetas urbanas, bolsas de plástico. El barco de la basura -como conocen aquí al buque de la CGTSM por llevarse los restos a la ciudad- va a partir. Su aforo está lleno de chicas futbolistas. Me esperan diez horas de noche cerrada, lluvia y viento. Y de Scorpions y ritmo techno compitiendo estruendosamente con el canto del Urutal, un pájaro conocido como madre de la luna que anuncia la llegada de la noche en la Amazonía.

La violencia contra los indígenas no cesa 

Asesinatos a quemarropa, violencia, amenazas, usurpación de recursos. El informe "Violencia contra los Pueblos Indígenas de Brasil 2006-2007", presentado por el prestigioso Consejo Misionero Indígena (CIMI) es demoledor. Presidido en su introducción por una frase de Pere Casaldáliga (el obispo catalán que ayudó a fundar el Cimi), el informe dibuja una situación dramática: "La dictadura militar está siendo sustituida por la dictadura económica".

En 2007, 92 indígenas fueron asesinados, 30 más que en 2006. La era Lula, de momento, se está saldando con 170 muertes indígenas. Los suicidios -inexistentes antes de la colonización- llegaron a 28 el pasado año. Y la desnutrición se ha convertido en una nueva peste.

El informe cita el caso de Bororó, una aldea del Matto Grosso del sur, donde en 2006 15 niños murieron desnutridos. Por si fuera poco, el estudio no olvida a los 1.011 indígenas rescatados en condiciones de semiesclavitud en Debrasa.

Pero el conflicto del momento es el de Raposa Serra do Sol, en Roraima. Lula otorgó en 2005 1,7 millones de hectáreas a los índios yanomani, pero hasta el día de hoy los empresarios arroceros de la región no han abandonado la reserva. Organizados con tácticas de guerrilla y fuertemente armados, hacen oídos sordos al decreto de Lula. Y la Policía Federal, como denuncian el CIMI, la ONU y Amnistía Internacional, no toma ninguna medida para expulsar a la población blanca.

Una frase recogida en el informe, del mítico obispo Helder Cámara, resume el desencanto indígena: "Esperábamos que con Lula los derechos constitucionales en papel llegarían a la vida".

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