Viernes, 2 de Mayo de 2008

África da el salto al cine de animación

GUILLAUME FOURMONT ·02/05/2008 - 10:25h

Fotograma de 'Tiga, El Curandero', de Rasmané Tiendrebeogo

Todo el mundo ya ha visto algún dibujo animado japonés, desde los más pequeños en la televisión, hasta los más grandes en el cine. Conocer a Hayao Miyazaki, autor de El viaje de Chihiro y de La princesa Mononoke, ya no está reservado a supuestos especialistas en cine. ¿Alguna película africana? Quizá Kirikú, más bien ninguna. Nadie se imaginaría seguir las aventuras de un pequeño maliense en búsqueda de un tesoro escondido. Nadie, salvo Zouhaier Mahjoub, tunecino y uno de los pioneros del cine de animación en África. La quinta edición del Festival de Cine Africano de Tarifa , que cierra sus puertas el próximo domingo, le rinde homenaje.

África dio el gran salto al cine de animación en 2006-2007. Tierra de cuentos y leyendas, el continente africano nunca careció de dibujos animados, aunque eran muy escasos. En 1993, 100 directores se repartían la autoría de 163 películas de animación; es decir, menos de dos por realizador. “Se entendía como una formación”, explica Monica Blanc Gomez, directora artística del Festival Toiles Animées de Uagadugu. En 2006, el mismo número de directores ya hacían más de 1.000 películas. Una revolución.

“Cuando empecé en los años sesenta, nadie creía en el cine de animación”, recuerda Zouhaier Mahjoub. “Hasta las televisiones se negaban a difundir este tipo de películas”. En África, no se habla de dibujos sino de títeres animados. Una de las mayores dificultades para el desarrollo de la animación era el polvo. Así que muchos directores decidieron pintarlo directamente sobre el fotograma. Más tarde, las técnicas se diversificaron muy rápido. El senegalés Piniang hizo Siglo XXI con recortes, pintura y collages. Lo más común es la plastilina, como en Tiga, El Curandero, de Rasmané Tiendrebeogo, que narra la historia de un joven que intenta vender sus pociones mágicas.


Temas sociales y políticos
Quizá sea una razón de su débil éxito en Occidente, aunque también sea una de sus fuerzas. Los principales temas de los títeres animados son políticos, ecológicos y sociales. Mahjoub denunció en El aguador los excesos del colionalismo francés de los años cincuenta, mientras que el congoleño Jean-Michel Kibushi utilizó en Kinshasa Septiembre negro dibujos de niños para recordar el saqueo de la ciudad por los soldados del dictador Mobutu.


Muchos se dieron cuenta de que el cine de animación puede ser “una fantástica herramienta pedagógica”, según Blanc Gomez. Es una de las razones del salto de muchos africanos a la animación. En Agaïssa, el nigerino Moustapha Alassane retrata cómo se transmiten las tradiciones orales en los cuentos. Las escuelas de cine crearon secciones de animación en los últimos años, como en la NAFTI de Accra, en Nigeria.


Nunca hubo tantos títeres animados como ahora, aunque tanto Mahjoub como Blanc Gomez reconocen que el problema sigue siendo el aislamiento de un cine que muy pocos ven y conocen.