Jueves, 1 de Mayo de 2008

En el país de los sótanos

Austria teme por su imagen, pero los vieneses se lo toman a broma

GUILLEM SANS MORA ·01/05/2008 - 17:33h

Cuando logró escapar en agosto de 2006 de manos de un depravado, la joven Natasha Kampusch había sobrevivido ocho años de su adolescencia en un zulo minúsculo a 2,5 metros bajo tierra. Elisabeth Fritzl pasó 24 años en una mazmorra secreta en Amstetten, violada y preñada repetidamente por su propio padre. ¿Qué está pasando en los sótanos de este país?

"No hay duda: es Austria". Éste es el eslogan publicitario de una república de montañas y cabritas, de emperatrices y valses, que se alegraba ya de recibir este mes de junio a miles de visitantes de todo el mundo para la Eurocopa de fútbol. Los austríacos esperaban un subidón de imagen parecido al que experimentó Alemania con el Mundial de 2006. Y justo en este momento les sale un monstruo del sótano. Ahora, hasta el jefe del gobierno, Alfred Gusenbauer, está preocupado por la imagen del país. "No vamos a permitir que el país entero se convierta en rehén de un solo hombre", dijo el canciller a la agencia austríaca APA.

Los casos Kampush y Fritzl sucedieron en Baja Austria, el Estado federado que rodea Viena. Allí, los vecinos tuercen el gesto cuando se les pregunta por el monstruo de Amstetten. "Horrible, horrible", comenta entre grandes aspavientos la madura propietaria del kiosco de la estación de St. Pölten. "Horrible, horrible", alcanza a repetir, porque no encuentra otra palabra, a la pregunta de cómo cree que Josef Fritzl pudo mantener durante décadas semejante existencia de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En Viena, en cambio, se lo toman todo mucho más a la ligera. Por los cafés de la ciudad circula ya una nueva versión del himno nacional, en la que el Land der Berge ("el país de las montañas") del primer verso ha mutado en Land der Keller, el país de los sótanos.

Esconder cosas bajo la alfombra

Y no es para menos. Aunque todo depende, por supuesto, del uso que se haga de los mismos. La Asociación de Protección Civil calcula que hay en Austria alrededor de dos millones de sótanos en casas particulares. Estos refugios subterráneos estaban pensados para proteger de apocalipsis atómicos a los habitantes de un país gravemente aquejado de paranoia durante la Guerra Fría. No existe un registro del número exacto y ubicación de estos búnkers caseros, que el Estado subvencionó sobre todo en la década de los setenta.

Por otro lado, es muy tentador recurrir al mito del subconsciente para explicar sucesos macabros en el país de Sigmund Freud. El contraste entre la cara amable del pequeño burgués y una vida privada llena de monstruosidades es un motivo clásico de la literatura austríaca. Pero si hay en este país una tendencia más acusada que en otros a mirar para otro lado, seguramente no tenga que ver con la época del cocainómano padre del psicoanálisis, sino más bien con la posguerra.

En Austria hay una "fatal tradición de esconder las cosas debajo de la alfombra", señaló ayer a la emisora alemana Deutschlandradio el novelista Josef Haslinger, nacido en Baja Austria. "No podemos hacer como si esto no tuviera nada que ver con Austria, como si hubiera podido suceder en cualquier otro país", advirtió este autor, que en 1995 retrató a la sociedad de su país en un best-seller sobre un atentado en el baile de la ópera de Viena.

No hubo testigos, ya veremos

Haslinger basa su explicación en el "deficiente proceso de desnazificación" de Austria. A diferencia de los alemanes, los austríacos no vivieron un debate público sobre el papel de sus abuelos en la Segunda Guerra Mundial hasta 1986, cuando estalló el "caso Waldheim". El semanario vienés Profil destapó entonces que Kurt Waldheim, secretario general de la ONU (1972-1981) y presidente de Austria (1986-1992), había "maquillado" su pasado en su autobiografía. Asociaciones judías le acusaron de criminal de guerra, y de haber deportado a 40.000 judíos de Salónica. Sólo después de ese caso empezó Austria a pagar indemnizaciones a trabajadores forzados del nazismo. Nadie había querido ver el pasado de Waldheim a pesar del escándalo. Prueba de ello es que este candidato del Partido Popular Austríaco ganó la elección a la jefatura del Estado.

Las autoridades que investigan el caso Fritzl insisten en que ningún familiar o vecino, como tampoco ninguno de los 100 inquilinos que ocuparon habitaciones de la casa a lo largo de 24 años, se dio cuenta de nada. ¿Seguro? La Policía hablará con todos ellos. Ya veremos, pero la mentalidad del país permite albergar dudas.