Martes, 29 de Abril de 2008

La singularidad austriaca

GUILLEM SANS MORA ·29/04/2008 - 21:19h

Con 23.000 habitantes, Amstetten es demasiado grande para que todo el mundo se conozca, contaba ayer Michael Köttritsch, periodista del diario vienés Die Presse que vivió durante veinte años a cien metros de lo que el mundo entero conoce hoy como "la casa del horror". Pero en la calle donde uno vive, la gente se saluda. Köttritsch conocía de vista a Josef Fritzl y se acuerda "muy vagamente" de la historia de los bebés abandonados a la puerta de la casa por una hija desaparecida que habría caído en manos de una secta en el extranjero.

La calle Ybbsstrasse es uno de los principales accesos al centro de Amstetten, y lleva mucho tráfico. Por eso, los vecinos no hacen vida en la calle, sino en los jardines interiores. El de la casa gris del número 40 está rodeado por tuyas de dos metros. Nadie sospechó que a pocos pasos de ese jardín una escalera descendía al sótano donde Elisabeth Fritzl sufrió un martirio de 24 años.

Este búnker de 60 metros cuadrados estaba ya en los planos originales del edificio, y se amplió en varias ocasiones. Durante la Guerra Fría, sobre todo en los años sesenta y setenta, el Gobierno austríaco subvencionaba la construcción de estos sótanos en un país situado en el límite del telón de acero. También, de paso, por si algún día explotaba la central nuclear de Temelín, en la vecina República Checa.

Ahora, una vez descubierto el pastel, se multiplican los rumores y las teorías. El inicial "cómo pudo pasar" va dando paso a acusaciones de sobremesa. Amina, una joven que trabaja en una tienda de ropa próxima a la estación, ve imposible que la esposa de Fritzl no se diera cuenta de nada. "¿Quién daba de comer a los del sótano cuando Fritzl estaba enfermo?", se pregunta. El director de las investigaciones, Franz Polzer, ofrecía una respuesta pocas horas más tarde en la rueda de prensa más concurrida de la historia del pueblo. "Fritzl adoptó todas las medidas necesarias", incluso para irse dos semanas de vacaciones a Tailandia, explicó. Algunos vecinos recuerdan ahora haber visto al viejo Fritzl transportando grandes cantidades de víveres en un carrito.

Demasiado ajetreo 

Baja Austria vive de la agricultura, pero en los últimos años, gracias a la mejora de la infraestructura viaria, se ha desarrollado en la región un pequeño tejido industrial que ha agrandado Amstetten. Muchas tiendas nuevas han abierto en la Ybbsstrasse. A la carnicería, la peluquería y el pequeño supermercado se han sumado establecimientos que al principio causaron cierto recelo entre la vecindad, como una discoteca para adolescentes, un local de piercings y tatuajes y una asociación islámica donde los turcos toman café y juegan al dominó detrás de los visillos.

Los vecinos no ven el final del ajetreo que sufre la Ybbsstrasse desde el domingo. La constante lluvia alejó ayer a muchos curiosos, pero periodistas de todo el mundo siguieron apostados frente a la casa. Superaban la veintena las unidades móviles de retransmisión, listas para informar en directo sobre "el mayor caso de la historia criminal de Austria", como escribió un diario tan serio y comedido como el suizo Neue Zürcher Zeitung.

El domingo pasado, cuando el caso salió a la luz, Amstetten celebraba la "fiesta del mosto". Los árboles frutales lucen a finales de abril en todo su esplendor, y el evento atrae a numerosos turistas ansiosos por probar bebidas tradicionales de la región, como un cava de pera que tiene entre 6 y 7 grados de graduación. La circunstancia de que Baja Austria sólo aparezca en la prensa internacional por macabros sucesos ocurridos en sus sótanos, como el secuestro de Natascha Kampush, tiene hartos e incluso preocupados a sus habitantes. Pero Renate Brandstetter, una enfermera que trabaja frente al hospital donde yace en coma Kerstin Fritzl, se lo toma con humor. "En el fondo, cualquier titular es bueno", comenta.

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