Jueves, 24 de Abril de 2008

Aznalcóllar: la lección no está aprendida

Un vertido, pequeño pero constante, de una escombrera de la antigua mina de Aznalcóllar en un arroyo que desemboca finalmente en el río Guadiamar

OLIVIA CARBALLAR ·24/04/2008 - 21:30h

 

La antigua mina de Aznalcóllar se ve distinta desde un Suzuki de la Junta de Andalucía que desde una caravana Mercedes Benz de un miembro de Ecologistas en Acción. Público se subió al primer vehículo por la mañana, y al segundo, por la tarde. El traqueteo fue el mismo; el recorrido, no. El Suzuki aparcó sobre las once junto a la balsa minera. Donde antes había lodo, ahora hay placas solares con capacidad para abastecer electricidad verde a casi 7.200 familias. En los alrededores, el Parque de Actividades Medioambientales incentiva la industria y el empleo en la comarca.

A las cinco de la tarde, la caravana Mercedes Benz atravesó ese mismo parque, pero estacionó en una escombrera. Un vertido de metales pesados, pequeño pero constante, tiñe de color azafrán un arroyo cuyas aguas llegan finalmente al Guadiamar, el río arrasado hace justo diez años por uno de los mayores desastres ecológicos de Europa.

Desde el Suzuki, el Corredor Verde del río está lleno de vegetación, aves y agua limpia, bajo el puente de Las Doblas. Desde la caravana, y sobre el puente, se divisa una instalación destrozada, llenas de cristales y tejas rotas. También hay un colchón y un somier oxidado. Al fondo, un sofá casi carbonizado. La visita en el Suzuki duró dos horas. En la caravana, cuatro. En la primera, los accesos estaban abiertos. Hubo que sortear alambradas, barro y pasto en la segunda.

La Junta de Andalucía reprocha las críticas de los ecologistas

La Junta admite que hay que mejorar la zona pero reprocha a los ecologistas que no tienen todos los datos. Las ONG, por su parte, reconocen el trabajo realizado por la Junta pero critican la dejadez de la administración. Y en mitad de un marasmo judicial y tras descartarse la vía penal, Boliden, la empresa que gestionaba la mina, sigue sin pagar un euro por el daño del vertido. Llega la pregunta: ¿ha servido Aznalcóllar para aprender la lección? Científicos y ecologistas lo tienen muy claro: no.

La mina de Las Cruces

“La contaminación que sufren los ríos Agrio y Guadiamar, aparte de ser evidente, si no se clausuran las presas, corre el riesgo de provocar un desastre natural de incalculables consecuencias, ya que el Guadiamar es uno de los afluentes que atraviesa el Parque Nacional de Doñana”. La advertencia que el ingeniero de minas Aguilar Campos hizo a la administración pública en 1995 se cumplió tres años después. Nadie le hizo caso. La tragedia estaba escrita.

El 25 de abril de 1998, la balsa de la mina de Aznalcóllar se rompió y vomitó lo necesario para llenar 630 veces el volumen de la Giralda o 4.600 campos de fútbol. Hoy, diez años después, los ecologistas vuelven a lanzar otra advertencia: a sólo diez kilómetros, en Gerena, la mina de Las Cruces pondrá en riesgo un acuífero y comenzará a expulsar en pocos meses un vertido tóxico al Guadalquivir. Nadie les está haciendo caso. Y puede que la tragedia, en esta ocasión, también esté escrita. Conclusión: la lección no está aprendida.

“Viendo cómo se ha llevado el proyecto de la mina de Las Cruces, cuyos desechos contaminantes también van al Guadalquivir, pienso que la lección no se ha aprendido. No es que el proyecto no cumpla la ley, bueno estaría, es que creo que era necesario un debate mucho más intenso y pensando en el largo plazo”, afirma el director de la Estación Biológica de Doñana (CSIC), Fernando Hiraldo. Ecologistas en Acción ya ha presentado siete denuncias contra el proyecto, la última hace un mes.

La Junta, sin embargo, opina lo contrario: “Las Cruces cuenta con avales jamás vistos en Europa; además, no hay balsa; tenemos la experiencia de Aznalcóllar y no vamos a equivocarnos”, insiste el delegado de Innovación en Sevilla, Francisco Álvaro, desde el corazón del vertido.

Los científicos reclaman un protocolo específico para cada proyecto

Los científicos creen que hay que ir más allá y reclaman un protocolo para cada proyecto. “La prevención nos haría fuertes y para ello es necesario contar con la opinión vinculante de los científicos”, asevera Héctor Garrido, comisario de la exposición del décimo aniversario de la catástrofe.

“Si pasa algo parecido, la resolución va a depender de las personas a las que les toque tomar decisiones, no de la respuesta que hayan planificado las instituciones. Entonces decidimos las personas a las que nos tocó y acertamos, pero nos podíamos haber equivocado”, lamenta el ex director de Doñana, Miguel Ferrer, testigo directo de la tragedia. 

El Guadiamar ya respira

Pese a todo, la zona se encuentra hoy incluso mejor que antes del vertido gracias a la labor de las administraciones. Junta y Gobierno han invertido casi 200 millones en limpiar y regenerar el Guadiamar y convertirlo en un corredor verde. Es la mayor restauración hidrológica en Europa.

Los primeros días fueron recogidas más de 37 toneladas de peces muertos. Hoy, el número de especies censadas es mayor que antes del desastre. “De las 19 especies de peces, nueve de ellas se están reproduciendo en los últimos tres años”, explica la directora de la Red de Espacios Naturales y Protegidos de la Junta, Rosario Pintos. Aznalcóllar ha vuelto a respirar, sí, y mucho. Pero la misión no estará finalizada hasta que dé igual subirse a un Suzuki que a una caravana. 

Entre El Jugador y las minas siberianas 

El hogar del pensionista de Aznalcóllar huele a Dostoievski. Más de 30 hombres pasan la tarde como El Jugador, con cartas y apuestas sobre la mesa. Casi todos guardan bajo la manga su trabajo en la mina, menos fría que las de Siberia, pero igual de dura y traicionera. “El momento más malo que yo viví fue cuando casi me voy por el pozo, se me fue el vagón y yo detrás; y más duro fue cuando se hundieron las galerías, el 11 de diciembre de 1968; no murió nadie, pero todo el pueblo estaba llorando”, recuerda Joaquín Barrera, de 73 años.

Pepe Fernández, de 90, también ha pasado su vida entre minerales, pero su vida estuvo más en peligro por ser comunista que por las galerías subterráneas. Juan José Fernández se acerca al hogar. Viene de la sede de CCOO. “Yo soy el último minero de Boliden”, dice orgulloso. Es uno de los 75 que quedan por recolocar de los 600 trabajadores de la mina antes del desastre. Él tenía entonces 30 años. Ya ha hecho una entrevista para trabajar en la mina de al lado.

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