Miércoles, 23 de Abril de 2008

Sant Jordi, chocolate aguado

Desde que Mas y los suyos están en el banquillo no hay jornada significada que no tenga regusto crispado

FERRAN CASAS ·23/04/2008 - 21:35h

El segundo Sant Jordi de Montilla como president de la Generalitat tiene aire rutinario porque la polémica ya se conlleva con normalidad en la Catalunya del tripartito. Desde que Mas y los suyos están en el banquillo no hay jornada significada que no tenga regusto crispado. CiU, a quien alguien acusó en su día, provocando muchos escozores, de "madrileñizar la política catalana", no desaprovecha ninguna ocasión y el tripartito, para qué nos vamos a engañar, lo pone fácil. Todo ello se pudo comprobar en la recepción que el Govern organizó en el Palau de Pebralbes.

Con la llegada de Pasqual Maragall quedaron atrás las estrecheces del Palau de la Generalitat y se llevó la recepción (con el chocolate a la taza incluido) a la zona alta. El pantagruélico cátering del país no ha perdido la esencia y mantiene el chocolate pero no los bizcochos. El cacao estaba ayer, aseguraba un veterano periodista conocedor de los entresijos más íntimos del pujolismo, aguado. Y el clima político también, porque el agua (en este caso su escasez en los pantanos catalanes) seguía copando la actualidad política.

¿‘Diada' despolitizada?

Y eso pese a que cuando llegó Montilla suprimió la declaración institucional para no "politizar" el día, que para los libreros es como la fiesta mayor para un bar de pueblo y que los catalanes dedican a las rosas, la letra impresa y a pasear por la radiante Barcelona. La decisión de Esquerra de manifestarse el 18 de mayo contra la prolongación del minitrasvase del Ebro levantaba los ánimos pese a que el Govern se fotografió unido y brindó con cava en un nuevo intento de exhibir cohesión.

Los republicanos (Joan Puigcercós se esmeró mucho) afirmaban que la decisión era coherente con su política en las Terres de l'Ebre. Pero nadie lo veía así. Artur Mas, anclado en el quítate tú que me pongo yo, les animaba a salir del Govern. El PSC les afeaba su incoherencia e ICV veía "inoportuna" la manifestación ecologista. Montilla pidió al delegado de la Generalitat en las Terres de l'Ebre, de Esquerra, que dimita si no asume el trasvase.

Extramuros de la normalidad política, el PP -que arde como una falla en Catalunya- y Ciutadans optaban por la extravagancia reivindicando que la Diada del 11 de septiembre, la fiesta nacional de Catalunya, se cambie por Sant Jordi.

Lo que no se esperaba era que el nuevo ministro del PSC, el de Trabajo e Inmigración Celestino Corbacho, empezara a "marcar perfil" tan rápido. Él, que siempre fue gestor, demostró que Chacón no tendrá el monopolio de la voz del socialismo catalán en Madrid. Para no desentonar, sacó el látigo con los independentistas. Tildó de "poco riguroso" manifestarse el sábado y "estar en el despacho" el lunes.

Peticiones al ministro

Lejos de Madrid, los ministros aparentan más poder del que tienen. Más cuando son observados con ojos provincianos. Quizás por eso Daniel Sirera, aún líder del PP catalán, le imploró, medio en broma, medio en serio, que le eche "un cable" en Madrid para que Génova le apoye y los Fernández Díaz no le muevan la silla.

Quien no criticó a Esquerra ni pidió auxilio a Corbacho fue Maragall, que no perdió el buen tono pero evidenció su distanciamiento del PSC. Al ministro le echó en cara que no quiera un grupo propio para los socialistas catalanes en el Congreso y con Montilla no pasó de una conversación sobre los hijos de uno y otro y alguna broma. Como en un ascensor.
En la multitudinaria recepción faltaron Pujol, Laporta y poco más. A diferencia de los vinos españoles de Madrid, en la chocolatada catalana no había miembros del Consejo de Estado, cúpula judicial, diplomáticos o mucho uniforme. Lo más pintoresco eran los representantes de las religiones. Donde no hay armazón burocrático, hay sociedad civil y chocolate, aunque esté aguado y removido.