Martes, 15 de Abril de 2008

La ciudad de la utopía

Auroville, en el sureste de la India, se alzó en 1968 con un sólo obetivo: ser un modelo para la Humanidad

GUILLAUME FOURMONT ·15/04/2008 - 19:54h

Tras torear entre camiones y coches al volante de una moto en el caótico tráfico de la ciudad de Pondicherry, en el sureste de la India, no hay que olvidar de doblar a la izquierda. Un discreto cartel indica: “Auroville, 8 kilómetros”. Dicen que, al final de aquella polvorienta pista roja, está la ciudad perfecta, la utopía, tal como la describió el humanista Tomás Moro.

Mientras se adentra en la selva y se deja atrás esculturas de diosas hindúes acostadas en el suelo, las primeras señales de vida son extraños carteles: “Nueva Creación”, “Auromódelo”, “Certeza”. Se adivinan cabañas en los árboles y, a lo lejos, se vislumbra una especie de gigantesca pelota de golfo de oro o algún proyecto de la NASA. Algunas personas rezan a su alrededor. Es el Matrimandir, el alma de Auroville, según sus habitantes.

Reconciliarse con lo divino

La primera sensación es, aunque un viaje a la India siempre se acompaña de un toque de espiritualidad, que Auroville está llena de viejos hippies que convirtieron sus sueños en realidad. La ciudad es el fruto del pensamiento del filósofo indio Sri Aurobindo, quien se encerró 25 años en una habitación para pensar el “yoga integral” y reconciliar así el ser humano con lo divino.

Su esposa, una francesa de madre egipcia y padre turco, Mirra Alfassa, escogió un abandonado trozo de tierra para llevar a la práctica el pensamiento de Aurobindo, “realizar la unidad humana” y edificar un lugar “donde todos los seres humanos con aspiración sincera y de buena voluntad pudieran vivir libres como ciudadanos del mundo”. Alfassa es desde entonces La Madre.

Imposible perderse el Matrimandir, el centro de una ciudad dividida en cuatro zonas: Cultura, Internacional, Industría y Residencias. Su interior es una inmensa sala color rojo naranjado que protege el “santo de los santos”, una torre blanca, atravesada por un rayo de sol y dominada por un globo de cristal, supuestamente el más grande del mundo.

En una ciudad perfecta, no hay ni vehículos –sólo bicicletas– ni consumismo. Los habitantes y los paseantes lo comparten todo. Se come de las explotaciones biológicas y existen incluso alcantarillas ecológicas. Claro: todo funciona con energía solar, como la “Solar Kitchen”. Todos los días, unas 1.000 personas comparten mesa ante lasañas biológicas, un plato muy popular.

Obra sin fin

Inaugurada con el aval de la Unesco el 28 de febrero de 1968 con la presencia de 124 dignitarios extranjeros, quienes dejaron tierra de sus países como “símbolo de universalidad”, Auroville se convirtió, sin embargo, en una obra sin fin y la utopía dejó de atraer.

Con la foto de La Madre en cada esquina, Auroville fue acusada de ser una secta y tuvo que enfrentarse a problemas con las autoridades políticas y religiosas indias. Por eso, cada viajero es el bienvenido, aunque siempre se agradece una mano para cuidar de los dos millones de árboles y terminar las construcciones. Los que buscan espiritualidad la encontrarán en una de las salas de cine o de clases de yoga. Dos euros la hora.

Sólo 2.000 personas viven todo el año de manera utópica, según los preceptos del filósofo Aurobindo. Muchos son jubilados occidentales, que viven en cabañas cuidadas por gente del pueblo. Qué los soñadores no se despierten demasiado rápido. Un viaje en utopía puede llevar bien a ninguna parte, bien a una extraña selva del sureste de la India.