Lunes, 14 de Abril de 2008

"Él es uno de los nuestros"

En el aniversario de la II República, resuena el recuerdo de la pasión y el compromiso del Albert Camus por España

JESÚS CENTENO ·14/04/2008 - 09:39h

Camus, en un viaje a Londres en enero de 1952. GETTY IMAGES

Algunos le recordarán porque ganó el Premio Nobel (1957). Otros, por libros de cabecera como El Extranjero o La Peste. Hay quien destaca la concisión de su lenguaje, o que se opuso simultáneamente al existencialismo, al marxismo y al cristianismo y otros ismos que, como él mismo decía, alejan al hombre de lo humano. El resto, subrayan su filosofía del absurdo y el encanto mediterráneo de los planteamientos de este francés de sangre española que nació en Argelia y que murió en un accidente de coche cuando tenía tan sólo 46 años.

Además de todo eso, Albert Camus (1913-1960) fue, desde su condición de eterno extranjero, un revolucionario que llevaba a España en la sangre y que intentó dejarlo todo para defender la malograda II República.

Joven, rebelde y solidario

Abril de 1946. El joven Camus, junto a Siscard, Bourgois y Pognat crea una pieza de teatro titulada Rebelión en Asturias. En ella, denuncian la violencia con que la derecha reprimió la revolución minera de 1934 en nuestro país. Por entonces, Camus, de 22 años y madre española, acababa de ingresar en el Partido Comunista Francés –años después aclaró que “más que las ideas, es la vida la que te lleva al comunismo”–. Luego estalló la guerra y Camus se convenció de que el alzamiento franquista fracasaría. Para él, España encarnaba “la grandeza y la desmesura” y la República el antifascismo, el anticolonialismo y el antiimperialismo que él ya entonces defendía.

De pronto la República necesitaba ayuda, pero el débil Camus, que padecía tuberculosis desde los 17 años, no era un hombre de armas, ni siquiera un aventurero como el modelo de su juventud, André Malraux. No en vano, hacia el año 1939, leyó La esperanza unas ocho veces. Comprometido con la causa, hizo desde Francia todo lo que estuvo en su mano aunque no fuera desde una trinchera: participó en el Comité Mundial contra la Guerra y el Fascismo patrocinado por la Casa de Cultura y Argel, recaudó fondos y escribió a favor de los republicanos desde Alger Républicain, un diario de izquierdas con sede en París creado y dirigido por Pascal Pia.

Por entonces, a Camus el periodismo le pareció “decepcionante”, aunque le daba cierta impresión de libertad. “El amor a la verdad no me impide tomar partido”, escribió al denunciar las masacres de Badajoz, los fusilamientos indiscriminados, el bombardeo de Gernika y la pasividad del Gobierno francés dirigido por Léon Blum.

Un alma en el exilio

Tras la Guerra Civil, Camus residió en Orán, donde escribió El Extranjero, que no es sino el espejo de su alma. En lo político se volcó con la emigración republicana, relacionándose con escritores e intelectuales exiliados, como Michel del Castillo o Max Aub. Este último dijo de Camus que “fue el que fue por la guerra española”, aunque el acontecimiento le dejase “cicatrices sólo perecederas en su alma”.

Ignorado durante el franquismo a pesar del premio Nobel y del reconocimiento de crítica y público, Albert Camus se mudó a París, donde amó y sufrió con las heridas y secuelas de la guerra junto a su compañera de entonces, la actriz María Casares. Desde allí promovió la edición de obras de Federico García Lorca.

Para él, el único gobierno legítimo tras la guerra era el republicano en el exilio. “Yo no os abandonaré jamás y siempre seré fiel a vuestra causa”, pregonó a los exiliados en una reunión en enero de 1958. “Es uno de los nuestros”, contestaron los refugiados. Para el escritor francés, nombrado comendador en la Orden de la Liberación de España a manos de Diego Martínez, el presidente de la República en el exilio, Europa nunca sería nada sin España. Así, se declaró enemigo del militarismo que esclavizó al país y de “la Iglesia que

lo santificó”.

En palabras de Salvador de Madariaga, Camus –que adaptó al teatro obras de Lope de Vega y Calderón– fue “un Quijote siempre dispuesto a ayudar, sin regateos” cuyo compromiso con España se sabía eterno y no tenía precedente.

Luchó por publicar obras en revistas de Joan Maragall y apoyó a los sindicalistas condenados a muerte por Franco. “No se debe supeditar la vida a un gesto heroico. Se debe morir, simplemente, por la verdad”, decía su personaje Mersault en El Extranjero. Al igual que él, Albert Camus llevó el peso de la culpa sobre los hombres. Pero también sentía que los totalitarismos acababan con esperanza. Sólo les quedaba esperar.