Lunes, 14 de Abril de 2008

"La guitarra es una hija de puta, la detesto"

El artista reconoce que la tensión del flamenco le "machaca"

JUAN JOSÉ TÉLLEZ ·14/04/2008 - 07:26h

Francisco Sánchez Gómez mira de reojo a Paco de Lucía. Ambos cumplieron 60 años el pasado 21 de diciembre y sus amigos mutuos, con el respaldo de la Agencia Andaluza del Flamenco, les acaban de rendir homenaje en Algeciras, su ciudad natal: “El día que los cumplí, me fui con mi perrilla al campo, tres o cuatro horas. Si me hubiera quedado en el sofá, me habría dado una depresión. Volví hecho un león, pero hecho polvo. Con 20 años no me lastimaba; ahora, si”, argumenta Paco. Y su otro yo remata: “¿Pero cuándo dejará Paco de Lucía que yo sea simplemente Francisco?”. Conviven juntos bajo el mismo cuerpo. Ahora, suelen residir en Mallorca, pero vivirían en Andalucía si no les reconocieran en todo momento: “Dejé Toledo porque necesitaba el mar”. Cansado de su nombre, Francisco Sánchez Gomes, con Gabriela Canseco, su actual compañera, suele poner rumbo a México con sus dos incansables hijos de corta edad para buscar el paraíso y el anonimato.

Usted espera reponerse de una tendinitis para grabar un nuevo disco. ¿Se ha reconciliado ya con la guitarra o, cuando le ocurren estos percances desea que fueran más serios para dejar de ser Paco de Lucía?

Yo no he estado nunca reconciliado con la guitarra. La guitarra es una hija de puta, la detesto. Es como una relación de amor y odio, que a mí me hace polvo. ¡Cómo me gustaría encontrar algo que me permitiera no tocar más! O tocar, al menos, como los brasileños, tan relajados; o como tocan la guitarra clásica. Pero la tensión del flamenco te machaca. Pero sin pretexto, no hay manera. No me veo sentándome a ver el fútbol sin tocarla.

No tengo conciencia de la repercusión de lo que hago

Acaba de terminar la gira con su nuevo grupo. ¿Lo prefiere a su antiguo sexteto?

Yo no tengo conciencia de lo que hago, de mi discografía, ni de la repercusión que he podido tener en la guitarra. Y ocurre así por esa manía que tengo de perfeccionismo. Yo nunca oigo lo que hago. Dicho esto, creo que aquel primer grupo fue más importante y que ese es una consecuencia suya. Aquello fue partir de una guitarra, para descubrir el cajón, meter una flauta, un saxo, montar un grupo totalmente original. No había precedentes. Creó la base para todos los conciertos de guitarra que se hacen hoy en día.

Los guitarristas temen cada disco suyo, pero usted sigue tocando sobre todo para ellos.

Ahora mismo, ya están volando, hay una savia nueva. Aunque estén influenciados tienen todo el bagaje que a mi me ha costado sangre sudor y lágrimas y años conseguir. Ellos lo tienen en video, en disco, ya empiezan a tocar con todo eso a la espalda. Con la energía, las ganas, los estímulos que suponen el reconocimiento y el hambre de éxito. Con toda esa información, el resultado es explosivo.

¿Se reconoce usted en aquel niño prodigio de Los Chiquitos, en el joven arrollador del Teatro Real?

No tengo conciencia de que todo eso me ha pasado a mí. Cuando me pongo el chándal, me desconecto tanto que soy otro. Mi amigo Carlos, me dice que soy el doctor Jeckyll. Ni yo mismo tengo conciencia de la fuerza y de la energía que a veces me vienen cuando agarro la guitarra y me subo a escena. No se de donde viene y por qué sucede.

Hay gente que parece desear que a Superman le falle la kriptonita

Hay críticos que parecen desear que llegue el otoño de Paco de Lucía.

La crítica que más hizo mella en mi vida fue una del New York Times que me hicieron cuando yo tenía unos 18 o 19 años. Me ponía como los trapos, pero me encantó porque aquella crítica me enseñó. Y creo que es la más mala que he recibido en mi vida. De pronto, uno lee críticas sin sentido que parece que quien la escribe se quiere hacer notar. Porque da la sensación de que estuvieran deseando machacar a alguien para intentar hundir a quien parecía incombustible, un superman. Hay gente que parece estar deseando que a Superman le falle la kriptonita. No se si para sentirlo, tal vez, más cercano, más humano. En Estados Unidos, cuando un artista se hace viejo, lo dejan en un altar.

Camarón sigue siendo número uno 16 años después de su muerte.

Cuando más se va mitificando el nombre de Camarón, más vende. Creo que lo último que grabó en vida, el póstumo, Potro de rabia y miel, vendió cerca de cien mil discos, una cantidad que la vendían Los Chanclas o los Pingüinos en el Ascensor en los dos primeros días. Lo que realmente vende es el mito. Cuando yo conocí a Camarón, me decía: “¡Cómo canta este hombre, este viene de Marte, de la estratosfera!”. Y también me decía: “¿Cómo es que no le gusta a la gente a los mismos flamencos, a los gitanos?”. Yo no lo podía entender. Pasan las generaciones y ya lo entienden. Los niños de aquellos empezaron a entenderlo. Los mitos no tienen que ver con la realidad.

A usted le gusta un tipo de cantaores que recuerdan remotamente a Camarón.

No voy buscando alguien que se parezca a Camarón. Al contrario, si cantara diferente y me gustara, lo llevaría antes que a los camaroneros. Para Camarón, ya estaba Camarón. Su influencia ha sido tal que los cantaores no se pueden escapar de su sombra, a no ser que imiten a otros que me gustan menos. Todos los que están dentro del flamenco, todos son camaroneros. No hay otros que suenen bien. El Capullo, me gusta. Es alguien que tiene su propia personalidad aunque tenga la voz como una burra. La voz más fea del flamenco la tenía El Chaqueta y cantaba maravillosamente bien. El Capullo es un loco que de pronto se mete en unos sitios cantando que a mi me encanta. Lo veo muy original. Claro que esto que digo a muchos flamencos les parecerá una barbaridad.

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