Domingo, 13 de Abril de 2008

De polizón de barco a modisto

Un taller de inserción laboral ayuda a personas sin recursos, como el marroquí Tarek, a aprender un oficio

SUSANA HIDALGO ·13/04/2008 - 18:32h

El marroquí Tarek llegó a España como polizón y ahora aprende un oficio. REYES SEDANO.

Estuvo horas esperando sentado al sol en el puerto de Tánger hasta que vio su oportunidad. Tarek, marroquí de 19 años, se escondió en un autocar que iba dentro de uno de los barcos y partió, como polizón, a España. "Cuando el barco llegó a Málaga, salí del autobús y me coloqué en sus bajos para que cuando bajasen el vehículo del barco, estar ya escondido", recuerda ahora. Así, "entre tubos, humo, ruedas y con mucho susto", Tarek salió de Málaga debajo del autobús. Este chico recuerda ahora su historia en un local del barrio de Tetuán (Madrid) regentado por Cáritas, Taller 99, en el que aprende un oficio.

Junto a Tarek, una docena de personas (inmigrantes, ex drogadictos o con asuntos penitenciarios pendientes) dan sus primeros pasos en confección industrial o marroquinería. Eso sí, mientras aprenden un oficio cobran un sueldo (unos 600 euros al mes) y elaboran distintos productos por encargo de clientes, diseñadores en su mayoría.

Voluntario y responsable

La organización del trabajo está en manos de Francisco Penela, voluntario de 79 años, y Eva Contreras, la responsable del taller. Esta empresa de inserción laboral empezó su andadura en 1995 "para formar en el aspecto laboral y humano a personas con problemas de integración", explican ambos.

Durante tres años, los participantes reciben una formación y perciben un salario, alta en la Seguridad Social, vacaciones y abono transporte gratuito. "Cuando han pasado los tres años el taller termina, pero nos preocupamos de colocarles en empresas. Del centenar de personas que han pasado por aquí en 12 años, hemos conseguido trabajo a la mitad", explica Penela.

Este hombre, un economista que se jubiló en 1994, "echa una mano en todo". "Me encargo de captar clientes, de enseñar a los chicos la disciplina del trabajo, de prepararles para cuando salgan a trabajar a una empresa externa...", enumera.

Cerca de él, Elías, marroquí, y Solu, de Guinea Conakry, cortan y cosen unas telas. "Llegué a España en 2005 en patera, a Almería. De allí me fui a Tenerife, un mes, pero me detuvieron y me mandaron al centro de internamiento de Hoya Fría. Luego, la policía me trasladó a Madrid", explica Solu, que lleva en la capital cuatro meses y al que las cosas, dice, le van "regular".

Ellos quieren montar su propia empresa, y los responsables de Taller 99 creen que esa es la salida ideal. "Tenemos un caso de un chico senegalés que estuvo con nosotros y luego se ha casado con una española y ha montado su propia empresa", explica Francisco Penela.

Además de inmigrantes, también hay españoles. María de la Fuente, de 35 años, empezó como aprendiz y es de las pocas que ha conseguido quedarse en el taller con un contrato indefinido. "Cuando llegué aquí no tenía trabajo ni tampoco sabía un oficio", explica mientras cose unas fundas en un rincón decorado con fotos de su hija Alba. Luis José, otro español de 43 años, también está fijo en el taller. "Hago bolsos, corto forros y marroquinería", cuenta este hombre, al que le gustaría trabajar "de manipulador en alguna empresa". "Aunque aquí no me puedo quejar, trabajo todos los días...", agrega Luis José, que vive con su madre.

Recortes y diseños

Hay más personas que han salido adelante gracias a este proyecto. Como Marta, de 33 años, y que llegó hace dos años y medio procedente de una escuela de artes. Dentro de poco terminará el periodo de formación y tendrá que buscar un trabajo. "Ella es muy buena, ya se la están rifando entre varias empresas", cuentan los que están a su alrededor. Hay muchos que, una vez terminado el proceso, no se quieren marchar. En el taller hay buen ambiente, están a gusto y protegidos. "Pero es algo a lo que tienen que enfrentarse, el salir al mundo real", insisten los responsables del proyecto.

Rápidos y buenos

Carmen Lasquetty, diseñadora, esa mañana se ha pasado por el taller y habla con los aprendices. "Yo diseño, por ejemplo, almohadones. Les traigo el material y ellos los cosen. Suelen ser rápidos y lo hacen bien. Luego vengo a buscar el producto ya terminado para poder venderlo en tienda", explica rodeada de fieltros y de bolsas impermeables de dos colores.
Además de los encargos, los aprendices hacen sus propios productos que venden en una tienda que Cáritas tiene en Madrid. Los diseña Jiovanna, que es peruana. Los alumnos se esmeran en preparar fundas para el mando a distancia o alfombrillas para el ratón del ordenador. "Tenemos mucho éxito. Las pasadas Navidades vendimos 400 bolsas para guardar libros a un congreso de trabajadores sociales", concluye el grupo.