Domingo, 13 de Abril de 2008

Chatarreros: el peligro de un oficio sin formación

En España hay unas 5.000 empresas dedicadas a la chatarra, incluidos los vendedores ambulantes que se dedican a recogerla y venderla

SUSANA HIDALGO ·13/04/2008 - 16:12h

En medio de un solar perdido en un desvío de la carretera de Andalucía (Madrid), Daniel Serrano y Juan Fernández luchan con sus manos y un martillo contra una nevera que pretenden convertir en chatarra. El fuerte viento abre y cierra a golpes las puertas de sus dos furgonetas y levanta todo lo que encuentra en el suelo. Ellos casi no pueden abrir los ojos.

Daniel y Juan, veinteañeros, son chatarreros y gitanos. Como lo fueron sus padres y como quieren que lo sean sus hijos. Ninguno ha recibido formación ni tampoco toman precauciones como vacunarse del tétano, y eso que constantemente están en contacto con objetos de hierro punzantes. "Nosotros no cogemos infecciones porque ¡Dios está con nosotros!", justifica Juan su despreocupación. Ese día, se ha hecho un rajón en su pantalón azul con un objeto que casi le atraviesa la pierna. Pero ni por esas. "Poquitos gitanos llevan la vacuna del tétano esa...", argumenta.

Con la venta de la chatarra estos gitanos ganan muy poco, "un día comes y otro no". Después de llenar las furgonetas, ambos se dirigen a vender la chatarra a sendos centros de recuperación.

En España hay unas 5.000 empresas dedicadas a la chatarra, incluidos los vendedores ambulantes que se dedican a recogerla y venderla, según la Federación Española para la Recuperación (FER). La mayoría de las empresas son familiares y no tienen más de cinco o diez empleados. Algunas, incluso, son ya centenarias. José Ramón de la Fuente regenta una empresa que empezó a funcionar en el siglo XIX y es la más antigua de Madrid. "La heredé de mi abuela, todos los chatarreros que conozco siguen el mismo patrón: un negocio familiar y pequeño", cuenta.


Vicios a corregir

Julio Llorente, miembro de la patronal del reciclaje, cree que hay muchos trabajadores que tienen vicios laborales que hay que corregir. "Algunos llevan toda la vida en esto y piensan, ¿a mí quién me va a enseñar, si yo soy chatarrero desde que nací? Están acostumbrados a hacer las cosas a su manera y a veces ésta no es la correcta", señala Lorente.
Una cuarta parte de los chatarreros españoles necesita mejorar su formación, según datos de la patronal. Para ayudarles, la federación ha creado unos cursos gratuitos a los que ya están apuntadas unas 500 personas.

Estos trabajadores tienen que seguir la normativa general en prevención de riesgos laborales, además de unas recomendaciones específicas en el manejo de la maquinaria. Pero en una jornada con un grupo de chatarreros, hay pocos que utilicen guantes y ropa gruesa para evitar cortes. El último accidente laboral mortal ocurrió en Madrid el pasado 25 de marzo. Un hombre gitano murió al estallarle un extractor que había recogido y guardado en su furgoneta.

El retrato robot de los gestores de residuos escasamente cualificados se corresponde con empleados autónomos que han aprendido la mecánica de su trabajo de forma autodidacta, a través de la práctica, o bien adoptando la rutina de generaciones anteriores, según la patronal.

Juan Fernández es uno de estos chatarreros sin formación y después de recoger todo lo que ha encontrado en su furgoneta blanca se dirige a un polígono industrial de Leganés (Madrid) para venderla. A media mañana hay una larga cola de gitanos esperando su turno al aire libre. Carlos Vidal, argentino, regenta el negocio junto a su hijo y paga la chatarra por kilo. "14 céntimos de euro", dice. En su empresa se separan los metales y se llevan a la fundición. ¿Y a usted cuánto le paga la fundición el kilo de chatarra? El empresario se sale por la tangente. "A ti te lo voy a decir...".

A su lado, un hombre descarga el material que ha estado recogiendo entre los restos del polígono de Cobo Calleja (Fuenlabrada, Madrid), donde la mayoría de las naves están regentadas por comercios chinos. "Baterias, radios, bombillas... No sé por qué lo tiran, está todo nuevo", cuanta mientras sus manos, sin guantes, desmenuzan con la ayuda todo lo que ha recogido. Está contento, ha encontrado bastantes cosas y de mucho peso. "Hoy me ha ido bien. Me puedo ir a comer tranquilo... Mi mujer no va a echarme la bronca", concluye.