Sábado, 12 de Abril de 2008

Cómo llevar al museo a un gigante de 20 toneladas

La ballena varada en la malagueña playa de San Andrés se expondrá en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, en Madrid

MARÍA MORGADO ·12/04/2008 - 21:00h

El traslado de la ballena, de 20 metros de longitud, se realizó en un gran camión. PÚBLICO

El 5 de febrero apareció una ballena varada y moribunda en la malagueña playa de San Andrés, cerca de Puerto Banús. Con 20 metros de longitud, es la más grande que ha varado en los últimos años en la costa de Andalucía. Se calcula que tenía unos 50 años edad. Primero se intentó devolverla al mar, pero, con su muerte, se puso en marcha un complejo operativo que llevará al cetáceo a ser expuesto en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), en Madrid. 

Para subir el ejemplar al camión que la trasladó fue necesaria una grúa de 95 toneladas. La ballena acumula grosso modo una tonelada de peso por cada metro de longitud. El ejemplar, casi anciano, estaba delgado y, según la necropsia, pudo morir por la edad. El biólogo José Luis Mons, del Centro de Recuperación de Especies Marinas Amenazadas (CREMA), añade otra hipótesis: "Quizás influyeron causas como la contaminación o la escasez de alimento". El CREMA atendió a la ballena cuando llegó a la costa y avisó a la Estación Biológica de Doñana (CSIC) por ser un animal "de interés científico".

Los huesos tendrán que ensamblarse por partes y armarse dentro del museo 

Ahí apareció María Ángeles Prieto. La pasión de Prieto son los huesos. Y hay montones de ellos en su lugar de trabajo. De ballena, pelícano, tortuga... Desde octubre dirige a un equipo de cinco personas en Valencina de la Concepción (Sevilla) que se encarga de la taxidermia, la elaboración de réplicas y la limpieza y montaje de esqueletos. Para este trabajo contó con los atuneros de Barbate. "Son los mejores para descarnar la presa", asegura.

La ballena está ahora en Doñana, una zona protegida, donde pasará la primera fase de putrefacción. Luego irá a un taller al aire libre, "por los olores", matiza Prieto. El lugar huele a rancio. "Es el olor de la grasa cuando se oxida", justifica, mientras remueve uno de los huesos que macera dentro de un barreño. El proceso de maceración es muy lento y se hace sólo con agua. Todo el cartílago, la carne, debe desaparecer; si no, con el calor, el hueso exudará el sebo y tornará amarillo el blanco óseo.

«Ahí me he traído el corazón de la ballena, de 300 kilogramos» 

Cuando los huesos estén preparados, se procederá a reunirlos. Al ser tan grandes, se ensamblarán por partes. Así se trasladarán al Museo, para armarla completamente una vez dentro. Los huesos se unen con acero inoxidable, y con poliuretano se imitan los cartílagos que faltan. Una labor que llevará a cabo, probablemente, Francisco Íñiguez.

Al equipo se le echa el día encima y no se da cuenta de cuándo termina la jornada. "Eso es porque nos gusta nuestro trabajo", confiesa Prieto. Y es cierto, no para de mostrar cadáveres a medio descongelar de lagartos y camaleones, de un flamenco recién descarnado e incluso de un pelícano disecado ya casi revestido con su plumaje.

El trabajo se acumula y Prieto prosigue. Ahora saca enormes corazones que flotan en tarros de cristal. "Con las indicaciones de otros taxidermistas y la ayuda de los biólogos de Doñana estoy probando para conservar las partes blandas", aclara y señala un contenedor opaco, de unos dos metros de alto. "Ahí me he traído el corazón de la ballena, de 300 kilogramos", cuenta con naturalidad.

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