Viernes, 4 de Abril de 2008

Encarcelados

En Marruecos la frustración y la falta de futuro son razones tan poderosas como las económicas para emigrar

TRINIDAD DEIROS ·04/04/2008 - 22:15h

Desde la orilla marroquí, España se ve muy cerca en Tánger. FOTO: LAURA LEÓN

Tánger, hermosa y canalla. Feudo islamista y nido de putas; por sus calles aún pasea la sombra de su pasado esplendor, cuando era una ciudad cosmopolita en la que recalaban intelectuales y escritores de medio mundo.

Una época que es sólo un recuerdo. Ciudad frontera, Tánger se asoma ahora al Estrecho de Gibraltar como última etapa de una frustración: la de tantos jóvenes marroquíes que sienten que su país no les ofrece un futuro, mientras el extranjero les está vedado por las políticas de inmigración de los países occidentales.Yusef es uno de ellos. Risueño y divertido, con él la carcajada es inevitable. Su discurso está lleno de bromas, pero destila una profunda desesperanza.

A sus 24 años, como tantos de sus coetáneos marroquíes, se quiere marchar. Y no es porque le haga falta un trabajo -que tiene, aunque gana poco dinero- ni porque esté desesperado, sino porque se siente "encarcelado". Tiene un deseo que entre los jóvenes es tan viejo como el mundo: viajar, conocer gente de otros países, aprender otros idiomas. No puede; con sus ingresos -un poco menos de 200 euros al mes- ningún consulado europeo le concedería un visado. Sin él, los marroquíes apenas pueden viajar a unos pocos países en el mundo.

Injusticia y desigualdades

Pero las motivaciones de este joven carpintero van mucho más allá de esta legítima aspiración. En un castellano que ya quisieran para sí muchos jóvenes españoles y que aprendió viendo la televisión española -que se capta en toda la ciudad-, Yusef desmonta el retrato de la emigración como un fenómeno que se remite únicamente a los factores económicos.

"¿Te acuerdas de esa coreografía de Michael Jackson en la que parece que camina pero en realidad no se mueve del sitio?", pregunta. "Pues así es Marruecos", sonríe. Y prosigue: "En este país, el principal problema es la falta de democracia; yo siempre pienso que, en Marruecos, si eres una persona normal, o montas una revolución o te largas".

Dice que "no puede con tanta injusticia" como ve en su país. Y a ver quién le quita la razón. En las calles marroquíes, conviven la ostentación en forma de Porsche Cayenne con las decenas de jóvenes que a duras penas pueden pagar los veinte dirhams (menos de dos euros) que cuesta la entrada de un cine.

La estampa podría parecer anecdótica: en muchos países la juventud pena para integrarse en unos mercados laborales cada vez más competitivos y unas sociedades en las que a veces no tiene voz. A veces. El problema en Marruecos es la amplitud del fenómeno. Para empezar, porque la mayoría de los marroquíes son jóvenes. Cuesta imaginar que el 60% de los ciudadanos de este país tiene menos de 30 años.

Esta población difícilmente puede identificarse con un sistema político fosilizado cuyos líderes políticos son los mismos desde hace 40 años. Ése es el caso de Abás el Fassi, primer ministro de Marruecos, que con sus 67 años poco tiene en común con la mayor parte de sus conciudadanos, que aún no había nacido cuando él inició su carrera política.

Inmersos en una sociedad decadente, sin trabajo o con trabajos precarios, que no les permiten prosperar, y mal representados por unos dirigentes septuagenarios que no han sabido sacar a su país del subdesarrollo ni traer la democracia, muchos jóvenes marroquíes vuelven sus ojos hacia el extranjero.

Numerosos expertos y diferentes estudios llevan años advirtiendo de lo que ha venido en llamarse la "obsesión migratoria" entre los adolescentes marroquíes. Yusef, a su manera, lo resume diciendo que, si se abrieran las puertas de Europa, "la cola de marroquíes empezaría en Tarifa y llegaría hasta Johannesburgo".

Aunque él no forma parte del 63% de electores que se abstuvieron en las pasadas elecciones -flagrante demostración del desapego de los marroquíes hacia su sistema político- Yusef incurrió en una aparente contradicción: siendo como es una persona evidentemente progresista y tolerante dio su voto a los islamistas.

La razón se remite de nuevo a las "ansias de que algo cambie". Los islamistas, que participan en las elecciones desde hace sólo una década, no están aún desgastados y obtienen réditos de sus llamamientos de moralización de la vida pública. Es sólo un discurso, pero en un país en el que la corrupción es la norma a muchos jóvenes les llega. El voto islamista es, muchas veces, el de la protesta.

Otros muchos jóvenes ni siquiera se molestaron en ir a votar. Fadel y Zineb, nombres ficticios de un matrimonio de 28 y 21 años, respectivamente, dicen que no fueron a votar porque ellos "no pintan nada para los políticos". También ellos quieren emigrar. Su caso no es como el de Yusef. La primera razón de la que hablan es económica, quieren comprarse su propia casa, pero a medida que empiezan a describir su vida relatan un panorama de desesperanza similar. Un país que no les ofrece un futuro a ellos ni a los hijos que puedan tener. Ése es otro de los problemas: dar una buena educación a los hijos cuando la educación pública es un auténtico desastre.

Fadel describe su realidad como "amarga". Y tampoco es un desesperado ni se le pasa por la imaginación montarse en una patera. Trabaja en el call center de Telefónica en Tánger, pero dice que en su país "se siente muerto", que a veces le entran ganas de "mandarlo todo al carajo" y que, por momentos, "se avergüenza de ser marroquí". También él ansía la democracia. Cuando se les pregunta si los jóvenes tienen voz en Marruecos, Zineb encoge los hombros y se ríe.

El ‘efecto salida'

La psiquiatra Amina Bargach lleva años trabajando sobre el fenómeno migratorio, en especial en lo que atañe a los niños y adolescentes. Esta especialista defiende la idea de que la emigración es un fenómeno complejo que no puede "reducirse a la cuestión económica". Para empezar, como demuestra el caso de Yusef, la doctora Bargach pone de relieve la repercusión que tiene el hecho de que a los jóvenes de su país "se les prive de forma precoz de un sueño: el de coger la mochila e irse a conocer Europa". Esta prohibición genera "rabia interior", pues son conscientes de que "otros (los jóvenes de países ricos) sí pueden hacerlo".

La globalización permite además que estos jóvenes sepan lo que pasa en el resto del mundo, por lo que el interrogante que se plantean es "¿por qué ellos sí y yo no?". La psiquiatra marroquí no habla de efecto llamada; dice que es más correcta la denominación efecto salida. Este efecto salida es una de las manifestaciones, explica, "del divorcio patológico entre la comunidad y la clase política, de la que los ciudadanos desconfían porque no responde a sus necesidades".

La elevadísima tasa de abstención en las elecciones -a la que hay que añadir los más de 4,5 millones de marroquíes que ni siquiera se inscribieron en las listas electorales- es para la doctora Bargach la demostración de la falta de adhesión, corolario de la "ausencia de una auténtica democracia que nos permita identificarnos con el país y tener un proyecto digno en el que creer".

Ese aspecto es "responsabilidad de los marroquíes", pero el efecto salida lo es "tanto de la sociedad emisora como de las receptoras de emigración". "Debería haber una corresponsabilidad en torno a este problema"."La emigración, tal y como está ahora, deja mal a España y a Marruecos", deplora esta especialista. "El ser humano no debería ser una moneda de cambio", concluye.

En cuanto a la complejidad del fenómeno migratorio, la psiquiatra marroquí pone como ejemplo la emigración femenina. La mujer "no emigra por causas económicas", sino que su decisión "pone de manifiesto la incoherencia de las leyes sobre la condición femenina" en Marruecos.

Aunque en el caso de las chicas, sometidas a leyes y prácticas sociales claramente discriminatorias, este factor es más evidente, el rígido control que la familia y la comunidad ejerce sobre los jóvenes es otro de los motores del deseo de partir. La falta de libertad y la frustración personal y, muchas veces, sexual, explican también las ansias de buscar nuevos horizontes.

Yusef no evoca esta razón; al principio se muestra reticente a hablar de ello, pero después aborda el tema con su habitual ironía."Ahora las cosas han cambiado. Pasear con una chica es normal y no pasa nada".

Se queda pensativo y tras un segundo de silencio precisa, "siempre que no te encuentres con su padre o sus hermanos". Hasta él suelta la carcajada.

 "Estamos haciendo todo lo necesario para que nos odien" 

El palacio de las instituciones italianas de Tánger es uno de los edificios más bellos de la ciudad. Pocas veces se abre el público y una de esas ocasiones ha sido este año la Feria del Libro. Entre los volúmenes se paseaba en esta edición el catedrático Bernabé López, el intelectual que ha impulsado los estudios sobre el Marruecos moderno en España en las últimas tres décadas.

Este profesor sostiene que la política de puerta cerrada que practica Europa "creará resentimiento". Y se pregunta en voz alta: "¿Cómo pretendemos que los marroquíes nos quieran cuando estamos trabajando para que nos odien? Nos querrán cuando puedan venir libremente y ver lo bueno de nuestra civilización; cuando puedan visitar el Coliseo, la mezquita de Córdoba, la Torre Eiffel".

Bernabé López cree que si los marroquíes pudiesen venir a España sin visado "habría una quinta parte de la emigración que hay ahora", y expresa sus dudas sobre si algún día "los españoles seremos capaces de defender de una vez un auténtico internacionalismo". Critica que España siga los dictados de Europa en materia de inmigración y propone que las becas Erasmus se extiendan a estudiantes de universidades marroquíes.

La antropóloga Mercedes Jiménez, que desde hace más de ocho años trabaja con menores expulsados por España, cree que la "clave está en poder elegir". Y cita el caso de un amigo marroquí que también posee la nacionalidad española. "Como puede elegir", este joven ha preferido quedarse en Marruecos

 

 

 

 

 

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